viernes, 10 de junio de 2016

Camino de Santiago (XXII)


Nunca caminarás solo

Tengo el sueño adaptado a la costumbre de levantarme pronto pero esta mañana he querido quedarme en la cama un rato más. Hoy es mi último día en el Camino y una parte de mí no quiere despertar. Pronto me doy cuenta de que voy a ser arrollada por un vendaval de sentimientos encontrados. Me encantaría poder seguir pero también tengo ganas de volver a casa y ver a mi familia, compartir lo vivido. Preparo la mochila como todos los días, con la misma ilusión, con las mismas ganas de pisar tierra y hierba, piedras y monte. Pero hoy no es un día como los demás, hoy todo va a estar teñido de un color diferente, el de las cosas que se acaban, de lo que sabemos irrepetible, aquello que no se podrá olvidar. Hoy es un día precioso pero difícil. Porque difícil es manejar penas y alegrías a la vez cuando ambas crecen con la misma fuerza pero en direcciones opuestas.

Nada más poner un pie en el suelo, las emociones que este viaje me ha ido sembrando han empezado a florecer y siento que hoy tengo dos caminos por recorrer. El de fuera es sencillo, sólo hay que mover un pie después del otro. El de dentro me va a costar algo más. Callada y pensativa, observo a los peregrinos sentada en la terraza del albergue, las conversaciones triviales de cada mañana hoy no son tan triviales. Cada vez que miro a Laura se me hace un nudo en la garganta.
Salimos de Torres del Río al amanecer. Michele nos acompaña y nos filma mientras dejamos atrás las últimas casas. Mejor no pensar, me repito. No pienses porque pararse a pensar es dejar de vivir y aún queda mucho. Porque un día es mucho en este asombroso Camino donde todo encaja; donde, del mismo modo que a la noche sigue el día, al esfuerzo sigue la recompensa y al dar el tomar. Donde, lo que parece acabarse en el fin, es sólo el principio de un nuevo comenzar.
Camino junto a mis compañeros Roger, Cécilia y Laura y percibo, en pequeños detalles, que hoy me prestan una atención especial. Están más pendientes de mí, me esperan si me paro, me siento cuidada. A veces me asalta un pensamiento y los ojos se me llenan de lágrimas. Quiero y no quiero llorar pero es algo que no está bajo mi control. Intento, inútilmente, que no me vean. Ellos lo ven todo y, aunque no me gusta, tengo que aceptar que estén tristes por mi tristeza. Roger canta como en otras ocasiones, pero nosotras no le seguimos. Laura va muy concentrada en sus pasos, pensativa, muda. Sé lo que le pasa y me duele verla así y al suyo sumo mi propio dolor. Hoy nos pesa la mochila, hoy la mochila pesa como nunca, el pensamiento pesa, pesa como nunca. Una de las veces que se pone a mi lado le pregunto si quiere contarme algo para practicar un poco más de castellano. No resulto convincente con la excusa, mis palabras son poco creíbles porque en su expresión veo un "Gracias pero no cuela, Cati, ¿No ves que si hablamos me voy a poner a llorar?". Eso es lo que escucha mi corazón aunque de sus labios sólo brota una simple y no forzada negativa. Yo no me rindo y le enseño mis piedras recogidas del Perdón. Parece salir de su ensimismamiento y, encantada con la idea, toma dos piedras del suelo y se las guarda en el bolsillo para volver e meterse dentro de sí misma, sin compartir conmigo sus pensamientos. Lleva buen ritmo. Me gustaría ir más lenta porque yo no quiero llegar pero sacrifico mi interés por estar a su lado un poco más. A cada paso quisiera hundir mis pies en la tierra para alejar el destino, alargar, estirar, prolongar lo que no quiero que llegue. Quiero quedarme siempre en el Camino, siempre peregrina, siempre aquí.
Llegamos a Logroño concientes de estar dando nuestros últimos pasos juntas y ya en el albergue disfrutamos de nuestro último rato de charla. El escenario, un estrecho balcón y la escena, una declaración entre amigas del alma. De su silencio durante la etapa surgen las palabras más hermosas que le haya podido escuchar y, del mío, la torpe traducción a letras de todo el afecto y el cariño que puedo, emocionada, recopilar. Me abre la mano y coloca las dos piedras que recogió hace un rato. Una para separarnos -me dice-. Otra para unirnos. Nos miramos. Nos abrazamos. Nos besamos. Reímos. Lloramos. No nos separamos en toda la tarde, vamos a dar una vuelta por Logroño y volvemos a decirnos una y otra vez las mismas cosas, a recordar las mismas anécdotas, a mirarnos de la misma forma. Cuando llega la hora de decirnos adiós, Laura y yo nos fundimos en un abrazo interminable en el rellano de la escalera bajo la atónita y dulce mirada de Cécilia.

Ella fue testigo de lo que ocurrió y podrá contarlo mejor. Mi querida amiga y yo íbamos a separarnos quizás para siempre y no puedo decir más, porque las lágrimas inundan mi voz cada vez que recuerdo su mirada en el instante mismo en que empecé a descender cada uno de aquellos peldaños.

CONTINUARÁ...

jueves, 19 de mayo de 2016

Camino de Santiago (XXI)


24 de Julio
Después de dieciocho kilómetros nos adentramos en Los Arcos por un laberinto de calles extrañamente vacías, teniendo en cuenta que muchos peregrinos finalizan etapa. Las callejuelas de la localidad desembocan en una plaza amplia y abierta y nos detenemos en un parque delante de la iglesia para descansar y reponer fuerzas. Antes de afrontar el día de hoy, había que elegir entre hacer la etapa larga o la corta, porque entre este punto y el siguiente no hay poblaciones intermedias. Nosotros hemos optado por continuar hasta Torres del Río, a diez kilómetros de aquí. Seguiremos porque mañana quiero llegar pronto a Logroño para tomar el tren a mi casa y ellas han quedado con unas amigas para seguir el camino hasta Burgos. Desperdigados por el césped, compartimos chocolatinas y fruta pero en silencio. Es media mañana pero tenemos hambre como si no hubiéramos comido en muchas horas. Se nos une Michele y todos juntos recorremos caminos polvorientos a pleno sol, sin rastro de árboles, sin sombras, sin nada. Una etapa dura, larga, calurosa, que parece no acabarse nunca pero que nosotros aceptamos como si lo hubiéramos elegido así. Al llegar al albergue nos tiramos en las sillas de la terraza, sin poder mover ni un dedo, callados, agotados.

Después de un rato soy la primera en subir al dormitorio y, como aún no ha llegado nadie, reservo cuatro camas, una para cada uno porque Michele ha ido al encuentro de sus amigos italianos. El albergue es pequeño y nuestra habitación está fresca, limpia y bien ventilada. Todo tiene dimensiones reducidas en este pequeño pueblo de calles empinadas y, desde la ventana, puedo ver otra singular iglesia, el Santo Sepulcro, de planta octogonal, también de origen templario, como Eunate. Me parece un auténtico lujo dormir delante de una obra de arte tan excepcional. Estas cosas son algo común en el Camino pero yo no dejo de asombrarme al sentirme rodeada de tanta belleza, de convivir día a día con lo que mi mirada halla de extraordinario en lugares y gentes. Llega Laura, se tumba boca abajo en la cama y cae fulminada de sueño. Con botas y todo. Dudo si descalzarla pero no quiero interrumpir su descanso. La etapa ha sido un palizón y no me extraña que esté extenuada. Abandono la estancia de puntillas, dejando entornada la puerta de la habitación

Cuando despierta está verdaderamente radiante, la veo feliz a distancia, departiendo con los otros peregrinos. Hoy es su cumpleaños y se ha corrido la voz. Cécilia, con su poco castellano y yo, con mi poco francés, coincidimos en darle una pequeña sorpresa, teniendo en cuenta nuestros limitados medios. Es domingo y no se puede comprar nada así que intento averiguar dónde puedo conseguir un pastel y unas velas. Lo único que encuentro, en un restaurante cercano es una tarta individual pero tenemos que conformarnos con una vela de esas grandes y blancas que se usan cuando se va la luz. Cécilia, con unos lápices de colores que lleva en su mochila pinta una concha y una flecha amarilla con un simple "Feliz Cumpleaños, Laura".

Como hay celebración especial, cenamos en el restaurante en compañía de unos peregrinos franceses, una mujer de mediana edad que viene caminando desde Suiza y los italianos Enrico y Michele. Cécilia y yo hemos decidido que, cuando lleguen los postres, el camarero le sirva a Laura nuestro regalo. Como no podemos pedirle a ella que nos haga de intérprete, es el día que Cécilia y yo hemos invertido más interés con tal de entendernos. Nos hemos pasado la tarde cuchicheando, dándonos instrucciones. Creo que es una mujer muy transparente, me lo dicen sus ojos claros. Lástima que nuestra comunicación esté tan limitada por el idioma pero...no es del todo cierto, no hemos tenido dificultad para ponernos de acuerdo en lo esencial.
En el restaurante, Laura, si cabe, es aún más el centro de atención. Los comensales saben lo que estamos celebrando porque la mayoría son peregrinos. Se muestra encantada con su tarta de chocolate y dice que guardará la vela para acordarse de este día. Me gusta su forma de recibir. Su elegancia cuando, correspondiendo a nuestro obsequio y sin desmerecer a los demás, nos ofrece una sonrisa preñada de gratitud y afecto. Y como es una mujer muy extrovertida y popular, el comedor en pleno acaba cantándole el cumpleaños feliz en varios idiomas a la vez.

La fiesta continuó en la puerta del albergue, con vino tinto, tan del gusto de mis amigas francesas. No había copas pero todo el mundo encontró la forma de beber, aunque fuera compartiendo vaso. El caldo rojo hizo su efecto y cuando llegó la hora de cerrar las puertas e irse a dormir, a ellas más que a mí - yo bebí por acompañar, todo hay que decirlo-, les entró una risa contagiosa que se apoderó de los despiertos y de algún sobrio también, excepto de un francés estirado que con un " S'il vous plaît" dio por finalizados los festejos. Llovía y teníamos que apresurarnos en recoger la ropa del tendedero, las mochilas estaban sin preparar y el resto de pertenencias en el mismo orden en el que las dejamos al llegar, es decir, ninguno. Hizo mucho aire ese día y algunas piezas habían volado, incluso una señora del pueblo había venido con un calcetín. No pudimos averiguar a quién pertenecían las prendas que salían despedidas de la ventana, desorientadas por la oscuridad y enmudecidas por el obligado silencio. Lo dejamos todo junto y nos dormimos entre esfuerzo y esfuerzo por ahogar las risas que brotaban de una alegría incontrolable.


sábado, 7 de mayo de 2016

Camino de Santiago (XX)



No pesa

Cuánto sabe este camino, yo ni siquiera había pensado que un bastón era lo que necesitaba. Qué simple, ha bastado un apoyo para cambiar mi estado de ánimo. Sé que me llevará de la mano hasta donde necesite unas dosis de protección extra. Lo sé pero me lo vuelvo a repetir, nunca será suficiente, hay que confiar, confiar siempre. Mis preocupaciones se desvanecen al tiempo que se hace de día en las inmediaciones de Irache y nos vamos acercando a su celebrada fuente de vino. Coincidimos con Fernando y Alexander y entre risas nos hacemos fotos delante del grifo cerrado. De la fuente no brota nada porque son las siete y hasta las ocho no hay vino para nadie. No me siento decepcionada, en el caso de que hubiera salido el vino lo hubiera probado, desde luego, pero no es algo que me entusiasme demasiado. A mi alrededor se extiende la frustración. Algunos tenían sus cantimploras vacías para rellenarlas de Rioja. Antes de retomar la marcha, Laura me pide que le haga una foto delante de una puerta, dice que le encantan porque nunca se sabe lo que hay detrás.
En Villamayor de Monjardín paramos al primer café. Como no tengo esa costumbre me quedo fuera, en la calle. Laura y Cécilia aparecen extrañadas porque Roger, cuando aún no son las nueve de la mañana, se ha pedido una cerveza. Coincidimos al pensar que este hombre tiene cosas raras, a veces. Sus despistes son objeto de comentario entre los peregrinos; va perdiendo calcetines, nunca encuentra su pipa, se deja el bastón en cualquier parte...pero ahí están sus dos ángeles de la guarda, atentas a todo. "Roger ¿Tu as pris tes medicaments?", "Roger, tu as ta pipe", "Roger, ton baton". Ellas le llaman "abuelito", le tratan con una ternura inmensa y pocas veces le pierden de vista. La señora del bar sale a fumarse un cigarrillo con nosotras y nos cuenta que le han desaparecido dos mantas, prestadas a dos peregrinos que han pasado la noche por aquí. Lo único que le preocupa es que no podrá dejárselas a otros que llegarán después y que podrán necesitarlas. No concibe que nadie cargue con ese peso extra. Dice que buscará mejor, igual las han dejado en otra parte.
Una vez pasado el aljibe medieval de la Fuente de los Moros, el camino transcurre por largas pistas forestales de gravilla, polvo gris y campos sin cultivar, un paisaje muy poco atractivo que Laura y yo miramos de vez en cuando, pero que no vemos. Por ser el primer día que recorremos juntas toda la etapa, nos sumergimos en una conversación larga e intensa. Hoy, por ser su aniversario y porque a mí ya me queda poco camino, me hubiera costado separarme de ella. Quiero aprovechar todo el tiempo que me queda para disfrutar de su compañía y sé que ella también. No nos lo hemos dicho, no hace falta. Aunque hablamos con palabras nos entendemos sin ellas. Las dos sentimos lo mismo. No sé cómo pero sé que las dos lo sabemos. El rato se nos pasa sin darnos cuenta de si andamos, si llevamos mochila o si hace calor. El tiempo fluye y sólo estamos nosotras dos. Me cuenta muchas cosas, cosas que guardo para mí, recuerdos de su infancia, sus deseos, sus desvelos, sus proyectos...su vida. Y yo la escucho y me dejo llevar a un lugar que ha vestido de colores su corazón y que veo brillar en sus ojos. La veo dormida sobre la tierra roja de una humilde cabaña en un país lejano, cuya diminuta cocina está llena de mujeres que todo lo que tienen que decir lo muestran en sus manos. En una lengua que desconozco, me enseña palabras que he olvidado pero no el recuerdo de su dulce sonido. Junto a ella viajo rumbo al país donde el pasado, cualquier pasado, lleva a un presente en el que no puedo más que convencerme de que el futuro nos aguarda siempre con alguna inesperada y maravillosa sorpresa.

lunes, 25 de abril de 2016

Camino de Santiago (XIX)


Ton batôn

De vuelta al albergue, lo primero que hago es ir al encuentro con Laura para enseñarle mi vasito azul. Y las dos con nuestros vasitos nos vamos al patio a tomar el sol junto al resto de peregrinos. Hay mucho movimiento durante la tarde y, al llegar la hora de la cena, nos disponemos en la mesa larga del comedor. Laura es un encanto y no pasa desapercibida para el género masculino, guapa por fuera y por dentro, su simpatía y desenvoltura tiene cautivados a todos. Cécilia y yo nos lanzamos miradas cómplices mientras Laura ríe restándole importancia a un hecho constatado. Al ir junto a ella, lo hemos podido comprobar y confirmar: no hay remedio, ella es la peregrina más fascinante. Pero antes de llegar la noche, Laura, sin encomendarse a nadie, decide irse a dormir y abandona el corro en el que estábamos bebiendo y cantando. Hace rato que la veo apagarse, no ha estado cómoda con la competición que se ha organizado para llamar su atención. Ajena al despliegue de músculo y cortejo me hace un guiño y se va. Y el patio, aún agitado, se queda vacío de repente.

Una vez en la litera, un estruendo de tambores me sobresalta, es la banda local en su pasacalles nocturno pero creo que muchos en el dormitorio ni se han enterado. Cuando despierto, mi primer pensamiento es para Laura, que dos camas más allá ya empieza a ponerse en movimiento. Hoy es su cumpleaños y me lanzo a abrazarla, he querido ser la primera en darle dos besos. Mi segundo pensamiento es para mi cadera que parece estar bien pero mi rodilla...no mucho. Es una ligera sensación de inestabilidad que me tiene más inflamada la cabeza que la propia articulación pero aun así no puedo evitar andar preocupada. En cuanto se han encendido las luces ha sonado Bob Marley como despertador. Su pegadiza música nos acompaña durante el desayuno y a su cansino ritmo hacemos los últimos preparativos. Aún de noche, las mochilas se amontonan en los aledaños del comedor, la recepción, las escaleras, la puerta de entrada. Yo estoy lista y espero ya con la mochila a cuestas, estoy impaciente por comprobar de una vez el alcance de los daños. Lo que tenga que ser que sea ya, lo que me mata es la espera. Tenemos que dirigirnos a otro albergue, allí la compañía de transporte recogerá la mochila de Roger y la de una coreana que sólo habla coreano y que se ha traído mucho más equipo del que puede cargar. No sabemos dónde se ha metido la dichosa coreana, Roger también anda rezagado y Laura y Cécilia están charlando con otros peregrinos. Todos los días es así, la gente se toma su tiempo pero yo tengo prisa por empezar. Por fin salimos. Casi voy contando los pasos, expectante, atenta al más mínimo signo de dolor o incomodidad cuando en el suelo veo un palo de madera, un palo de peregrino tirado en la acera y nada ni nadie alrededor. Lo tomo sin pensar porque tengo claro que estaba esperando al siguiente usuario porque mío no es, yo sólo voy a utilizarlo durante un tiempo asignado porque pertenece a este Camino que, del mismo modo que aprieta en la dificultad, afloja en el remedio.

Y mientras las campanas de la torre dan las seis y tomamos la salida de Estella por su calle principal, Laura y yo repetimos la frase en la que nos apoyamos siempre que la magia acude en nuestro auxilio y que nuestra doblegada razón no admite como fruto del azar. Todo lo que necesitas el Camino te lo da.

miércoles, 13 de abril de 2016

Camino de Santiago (XVIII)


Nuevo sobre viejo

En Estella se rodó "Bajo las estrellas", una película que me encanta, y los últimos pasos hasta entrar en la población se me hacen ligeros porque voy tarareando uno de los temas de su banda sonora. La localidad presenta un inesperado bullicio en sus calles. Es sábado y el ambiente es ruidoso y festivo; un mercadillo medieval está instalado delante mismo del albergue. En la recepción ya no me cuesta preguntar si están registrados mis amigos. Mientras la hospitalera lee la lista entre nombres que no le dicen nada, yo, por encima del mostrador y del revés, los veo mucho antes que ella. Seguidos, uno detrás de otro, inseparables, Roger, Cécilia y mi querida Laura. Me pongo contenta, eso significa que estaré cerca de mi amiga y podremos charlar, como todas las tardes. Pago la cuota convenida y me entrega una funda de celulosa para el colchón y otra para la almohada, envueltas en su bolsa de plástico, a estrenar. Se agradece pero a estas alturas de recorrido ya da lo mismo, tengo muy claro que dormiré donde sea y como sea. Me dirijo al dormitorio, a tomar posesión de la que será mi casa por unas horas. Las buenas impresiones del principio se difuminan cuando reparo en la horrible acústica del establecimiento; es un espacio abierto y muy luminoso pero todo resuena una barbaridad, los sonidos rebotan incómodamente en mis oídos después de conducirse torpemente sobre paredes y techos.

Llegar a los albergues siempre me produce un ligero desconcierto y aunque se ha ido atenuando, en esta ocasión me siento un poco descolocada; tengo que preguntarlo todo, no sé dónde está el dormitorio, no encuentro la ducha, no sé qué cama elegir. Observo de reojo a mis vecinos, intentando adivinar, adelantarme a conocer algunas de sus costumbres pero enseguida acepto que es inútil tanto control, cuando no he venido sino a desprenderme de él. Con el transcurso de los días, me he ido acostumbrando a convivir con la novedad y la necesidad de adaptación rápida. Es el día a día, un hábito que te persigue minuto a minuto. Yo, que siempre he necesitado un margen de acomodación, celebro asombrada cómo se va acortando hasta quedar reducido a un mero ajuste.

Me encuentro a Laura y lo primero que hace es enseñarme un vaso de cristal verde con dibujos, de esos en los que se suele tomar té. Lo ha comprado en el mercadillo, en un puesto árabe. Vaso de té y un dulce, tres euros, me cuenta entusiasmada. Para caminar es indispensable ir escaso y que hay que pensar muy mucho cualquier adquisición porque será una carga extra. Los objetos que nos acompañan son siempre los mismos; la misma mochila, la misma ropa y los mismos enseres. Ver algo nuevo en sus manos me produce un refrescante efecto de renovación y, como hacen los niños cuando ven algo que les gusta, me voy a dar una vuelta yo sola con la idea de hacer y tener exactamente lo mismo que ella. 

Desplazarse por las abarrotadas calles se hace complicado, y mucho más porque me siento agotada, sin fuerzas. Hoy estoy realmente cansada. Camino arrastrando pies y piernas y me pesan los hombros, pero es una sensación de debilidad tan dulce como la pastita de miel y almendras con la que acompaño el té de menta. Es el regalo que me hago, el premio que me he concedido. Me entretengo en los tenderetes. Mi mente está tan despejada, tan vacía y aclarada que parece necesitar llenarse de cualquier cosa, y busca entre pequeños detalles. Me asaltan un montón de impresiones a la vez; el olor proveniente de los puestos de comida, la música de antiguos instrumentos, alguien que te pisa, el sol en la cara. Todo lo percibido es como una delicada tela en la que distingo, entre la seda y el algodón, el hilo de oro con el que se ha entretejido. Huele a guirlache, a flores, a vino. Los niños corretean y los padres saludan a sus amigos. Se prueban anillos las mujeres. La gente se sienta en el viejo puente a charlar. Mis sentidos se han agudizado a pesar de la fatiga física, o quizá por eso mismo, porque no hay rastro de tensión en mi cuerpo y, como un espíritu en mudanza que busca conocer nuevos placeres, recibo cualquier estímulo como si fuera la primera vez.

sábado, 2 de abril de 2016

Camino de Santiago (XVII)


Mil años

Muros de sillar y un pequeño campanario. Un merendero acondicionado recientemente. Piedras por el suelo. Y nada más. La ermita no ofrece nada más. Al acercarme no se ve ninguna apertura, ni siquiera un agujero en la pared. Es toda robusta y parece cerrada a cal y canto, herméticamente cerrada, lo que acrecienta mi curiosidad. Al girar por su cabecera hacia la parte de atrás encuentro un acceso lateral. El hueco de lo que pareció albergar una puerta. El lugar se me antoja aún más solitario que cuando llegué, está fuera del alcance de las miradas de los caminantes, incluso podría ser hasta peligroso pero esas cosas no se piensan en el Camino, si no confiara no estaría aquí. 

Es descorazonador, todo es abandono. No está dedicada al culto ni a la visita turística. El tiempo ha ido pasando por ella y así se encuentra, completamente descuidada. Sólo un minúsculo altar con pequeñas piedras encima y, apoyado en uno de los muros, en una especie de contrafuerte horizontal, una repisa que los peregrinos han convertido en una modesta y singular capilla. Hay notas manuscritas, velas, palos atados con cordeles. Y a excepción del polvo que todo lo cubre, todo permanece intacto. Observo sin atreverme a tocar nada, absorbida por la imagen y por lo que representa, objetos muy simples pero de gran valor para quien los ha depositado ahí. Me invade un sentimiento de comunión, sobrecogida al encontrar huellas de gente que ha pasado por aquí antes que yo y que hizo lo mismo que yo estoy haciendo ahora. Y que probablemente sintieron lo mismo, y quisieron dejar su huella, uno tras otro. Desolación por fuera. Dentro y por dentro, me recorre una sensación de fusión con la esperanza que desprende ese aparente abandono. Y entonces ya no veo destrucción ni desidia ni soledad. Sólo una fe sin tiempo en forma de ruego y plegaria, de anhelo y pasión. De miles de voces que han respirado el mismo y suplicante aliento.


Y aquel lugar, de pronto, adquirió otro significado para adentrarse en una dimensión más allá de lo sagrado. Y las piedras ya no eran piedras sino reliquias impregnadas de una energía rebosante de certeza, de seguridad, de consuelo. Tomé una del suelo que me pareció la apropiada para una amiga. Una piedra lisa y llana, en la que yo vislumbré la impronta de un hondo agradecimiento. A cambio, deje algo mío también. Sobre un pequeño papel escribí unas sencillas palabras con lo que me nació en aquel momento aunque sentí que daba igual lo que dijeran. Todas aquellas notas roídas no eran muy diferentes unas de otras. Todos queremos y tememos lo mismo.

Allí seguirá.

jueves, 24 de marzo de 2016

Camino de Santiago (XVI)


Sólo una vez

En una cuesta arriba he visto como Laura se alejaba y, aunque mis piernas querían seguirla, mi cabeza no ha podido aguantar el ritmo. Ella ni ha mirado hacia atrás, respeta tanto mi espacio que, aunque quizá sabe que me voy descolgando, hace como que no lo ve. Y me voy quedando frenada por la única dificultad que se me ha presentado hasta ahora; no me siento cansada, no es cuestión de ganas ni de resistencia. Es mucho más simple, anda rezagada mi confianza. En mis días de camino, abandonar es una posibilidad que no he considerado pero su amenazante sombra siempre está ahí; al revolver una esquina de cualquier calle anónima, entre inoportunas piedras o tras un mal paso. Estoy sumergida de tal modo en esta andadura que no contemplo volver a casa sin alcanzar mi objetivo y a la misma vez estoy dispuesta a aceptar cualquier desenlace, incluso el menos deseado. Me impulsa una fuerza extraordinaria porque sé que estoy donde quiero estar y el compromiso es firme. Si tengo que rendirme será porque es bueno para mí. De hecho, ya sólo entrar a valorarlo me ha liberado de la presión impuesta por mi asustado orgullo.
Me encuentro a pocos kilómetros de Estella y camino por un sendero de tierra y hierba. A la derecha, los arbustos han invadido un vallado a lo largo de una carretera que no se ve. A mi izquierda, campos segados de cereal sobre cuyos rastrojos merodean, en un majestuoso vuelo, un grupo de aves. Nubes henchidas de un blanco voluptuoso contrastan con los trigales dorados y el verde de las laderas de pequeñas lomas, diseminadas a lo largo y ancho de lo que alcanza la vista. A ambos lados del camino, el azul de las achicorias me lleva distraída y suavemente hasta el puente románico de Villatuerta. Antes de cruzar el río me tumbo sobre un banco de piedra cerca de la orilla y veo pasar al grupo de Miguel, Cris y las madrileñas Rosa y Marisa. Me uno a ellos hasta que llegamos a las inmediaciones de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Llevan buen ritmo y yo decido parar.
Me gusta meterme en las iglesias. No sé si alguna vez volveré a pasar por ellas y, aunque todas prometen algo parecido, cada una ofrece algo distinto. Me gusta sentir la diferencia de temperatura con respecto al exterior, mojarme los dedos con agua bendita, tocar el mármol frío de la pila. Y además, porque es el único lugar que tiene ese olor característico mezcla de cirio encendido, humedad y madera vieja. Y, por supuesto, admirarlas como obra de arte que son. Por fuera da la impresión de ser un espacio lúgubre pero nada de eso. Sus muros tienen un color cobrizo y por los ventanales entra la luz filtrada por cristaleras de colores. Unas amables señoras que parecen estar pasando el rato, me explican que la sencilla portada románica fue trasladada desde una pequeña ermita ya desaparecida. Son vecinas del pueblo y expertas en ese templo. Se quedan sorprendidas de que vaya sola y más me sorprende a mí su comentario, ellas, que habrán visto de todo desde su privilegiada posición de observadoras. Al salir, doy la vuelta al recinto, está muy cuidado y me gustaría prolongar la visita pero voy algo apresurada ya, quiero llegar pronto porque temo que mi cadera esté peor mañana, así que cuanto más pueda descansar, mejor.
Entre calles urbanizadas dejo atrás las últimas casas y continúo por un camino de tierra y pasto seco. Es ya mediodía y hace muchísimo calor, me pesan las ganas de llegar pero una vieja y sencilla ermita a lo lejos roba la atención de mi mirada fatigada. Me acerco al cartel explicativo, se trata de la Ermita de San Miguel, del siglo X o XI. Es necesario alejarse del camino unos centenares de metros que luego habrá que desandar y durante unos instantes vacilo, a estas alturas de etapa un centímetro cuenta, hasta que me asalta la impresión de que no volveré a este lugar. Y es tan rotunda, tan clara y tan definitiva que entonces ya no tengo elección.

martes, 15 de marzo de 2016

En las entrañas

LA HABITACION (2015), de Lenny Abrahamson


One evening as the sun went down,
And the jungle fire was burning.
Down the track came a hobo hikin
And he said boys I'm not turning.
I'm headed for a land that's far away
Beside the crystal fountains.
So come with me,
We'll go and see
The Big Rock Candy Mountains.
 


Como cualquier niño, Jack se duerme con la voz de su madre. No importa si, como todas las noches, ella está ausente y pensativa. Si él se lo pide, le cantará su canción favorita. Y entonces, al cerrar los ojos, se dirigirá a una tierra luminosa y alegre, con serpientes de cáscaras de huevo y fuentes de cristal, en las lejanas montañas de caramelo de Big Rock, donde el sol brilla todos los días. Todo el mundo cabe en los sueños de Jack, un gigante que algún día romperá el tragaluz, ese cuadrado azul que cuelga del techo de la habitación.

Pero el mundo de una habitación es demasiado pequeño para la curiosidad de Jack y demasiado grande para la desesperación de su madre. Cobijados en una ratonera que es refugio y prisión, se pudrirán en ese hoyo profundo, si no consiguen escapar. No queda ya fantasía que acuda al rescate de Jack, ni más inocencia en la que permanecer. Pronto no habrá armarios donde esconderle de la locura. Ella sabe muy bien que, ahí fuera, entre el cuarto infecto que tienen por hogar y el espacio exterior, el mal es completamente real y la magia, ni siquiera la mitad. Pero Jack sólo tiene cinco años y para él, todo lo que vive en su imaginación es tan real como lo que ve, toca y siente, como la televisión, aunque no sea completamente real, o como los cuentos, donde todo puede ocurrir. Lo que desconoce, no existe. Y lo que no existe, es una mentira.  

La verdad es demasiado turbia para ser cierta, y el engaño, demasiado apestoso para su candidez. Para una madre, real es el desgarro de arrancar a un hijo del paraíso, aunque sea inventado. El mundo va a ser siempre demasiado grande para su pequeño. Sin más mapas que la única voz que Jack conoce y sin más horizonte que lo que nunca conoció, estar en el mundo es pelear hacia fuera, en todas direcciones. Y aunque todo pasa a la misma vez, engañar no es tan fácil, ni confiar. Y es aburrido porque mamá ya no está en él.

Y volver a la cama, a casa, ya no es posible, porque este laberinto desconocido es un planeta demasiado apresurado para alguien que necesita detenerse a mirar por primera vez. Detrás de cada cerradura hay una puerta abierta, detrás de cada rostro una duda. Y detrás de su madre, su otro lado, porque todo tiene dos lados.

Como cualquier madre, Joey supo que su sitio no estaba en otro lugar, sólo junto a Jack. Podía faltarle todo, pero la tenía a ella. No se preguntó qué era lo mejor porque una madre es siempre lo mejor para su hijo. Y también es hija de una madre. También tenía su voz en la cabeza hablándole todo el tiempo, pero fue arrojada a un mundo que dejó de necesitarla. Y tal vez, su madre, se olvidó de ella. De su vida truncada. De lo que a nadie más le pasó. Con Jack a salvo, el cordón que le une él no podrá sostenerla, ni hacerle olvidar cómo lo consiguió.

Está el espacio y los planetas. Está el mundo. Y luego está Jack, el dragón de piel dura, el héroe forzudo que elegirá una historia diferente. 
Aunque no tenga la clave de la puerta cerrada que es su mamá, es su mamá. Y la salvará una y otra vez porque no hay otra mejor, aunque esté triste o apurada. Para eso llegó. Para no permitir que se rompa allí donde los hijos duelen. En esa parte del mundo donde fueron alojados y donde siempre queda una cicatriz. El dolor es real. Tú y yo somos reales pero el cielo nadie sabe dónde está.


A Paqui, Mercedes y Leticia
A mi madre

domingo, 6 de marzo de 2016

Camino de Santiago (XV)




El perdón

Hay un espacio de tiempo del que no tengo información, y me cuesta precisar lo que ocurrió. Veo un cuadro sin forma donde los recuerdos se difuminan como pintura en el agua. En un contexto que permanece oculto confundo los días, las etapas, el orden en el que se sucedieron los acontecimientos. Como si mi memoria hubiese dejado de registrar datos insignificantes entre parámetros tan poco útiles como el espacio y el tiempo.De todas las secuencias que guardo, desperdigadas y fuera de marco, una me remite a Laura caminando a mi lado, sobre los restos de un tramo de la antigua calzada romana y el puente que cruza el río Salado.

El singular pavimento y lugares de nombre tan evocador provocan que me desplace transportada por una corriente que surge del mismo y excepcional sendero. Casi flotando, disfruto cada paso, consciente de estar pisando un trozo de historia. El firme es bastante irregular, con el tiempo han desaparecido muchas piezas del trazado original y Laura, que va delante, decide dejar a un lado el camino empedrado para tomar una pista forestal paralela, más llana, no sé si más cómoda pero sí con menor riesgo para los tobillos. Yo la sigo por inercia, dejándome guiar sin pensar si es lo que quiero o no. La pista inicia un ligero ascenso. No acabo de incorporarme cuando unas bicicletas surgen de no se sabe dónde, abalanzándose sobre nosotras y yo, para evitar el atropello -pero no el susto- me giro bruscamente, desequilibrándome y resbalando sobre la gravilla. Me levanto maldiciendo a todo y a todos. Me he hecho daño en la cadera y eso me preocupa porque compromete la continuidad de mi viaje. No digo nada pero estoy realmente enfadada, no, muy enfadada. Mi ira se proyecta en todas direcciones; hacia Laura, por haber dejado la calzada. Contra mí, por seguirla. Hacia el ciclista, por no avisar. También la pista ¿A quién se le ocurre poner ahí una pista? Quiero cargar contra algo o contra alguien y a todos encuentro culpables. Camino ofuscada un buen rato, dándole vueltas al incidente, como si pensando pudiera volver atrás, al momento justo en que se pudo evitar, hasta que mis puños cerrados buscan cobijo en los bolsillos. De nuevo algo inesperado, porque mis manos no hallan lugar allí para la rabia y el resentimiento, siento, cuando mis dedos rozan las piedras que recogí. Sonrío al comprender que mi voluntad no quiere dejarse arrastrar también por mi enojo y sonrío aún más cuando mi corazón me dice que así es. Una para perdonar -me digo-. Otra para perdonarse.

Fue un rato después cuando hicimos una parada en un pueblo del que ignoro su nombre. Quizá no fue este día, quizá en otro punto del recorrido. No sé. Es un espacio que conservo vacío, aislado de su antes y su después, como sucede en los sueños.

Nos hemos detenido en un bar. Laura y Cécilia necesitan otro café. Roger, lo que decidan ellas y yo me alejo a descansar sobre la base de una baranda porque me duele la rodilla, que es la única que permanece resentida porque yo, cosa extraña, no le he dado más vueltas al asunto de mi caída. Lo único que me interesa son las consecuencias y cómo el golpe puede afectarme. Ando cavilando sobre ello cuando aparece delante mío un hombre de mediana edad que sale de una casa y comienza a hablar con gran naturalidad, casi como si yo no estuviera allí, como pensando en voz alta. Pronto se dirige a mí, me cuenta que está esperando a un experto en distinguir el sexo de los canarios. Es aficionado a criar pájaros y enseguida, desde el local, salta al exterior un jolgorio de cantos y un denso olor a fauna encerrada. Yo escucho interesada porque me habla como si me conociera de toda la vida. Divertida, observo la escena mientras mis amigas siguen con su café y no intervengo hasta que me pregunta si me gustan los pájaros. Le contesto que claro que me gustan pero que no han nacido para vivir enjaulados. Su rostro se contrae, de pie, quieto, su mirada fija en mí, pensativo. Pasan los segundos y cuando ya creo que no va a responder exclama:
-¡Ya sé por dónde rompes tú!
Suelto una carcajada y nos reímos los dos. Hace el intento de querer excusarse pero a mí me sobran las justificaciones porque no pretendo juzgarle. Desde el fondo de mis bolsillos, otra vez la misma voz se ha alzado pidiendo clemencia, esta vez en nombre de unas pobres aves cautivas. Y no nos decimos nada más porque no es necesario, algo me dice que ha sido escuchada.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Camino de Santiago (XIV)


Entre el antes y el después

He llegado al albergue de Puente la Reina un par de horas más tarde que mis amigas así que no vamos a compartir dormitorio. El que me han adjudicado es amplio, está bien iluminado y distingo unas doce o catorce camas, todas ocupadas excepto dos literas de arriba. Puedo quedarme con la que está junto a la ventana pero por alguna extraña razón me instalo al lado de la puerta. Cuando quiero rectificar es tarde, se me han adelantado y no me gusta nada estar en medio del paso, expuesta a las corrientes de aire y lo que es peor, a ser observada. Me recrimino haber hecho tan mala elección, hubiera estado mejor un poco más arrinconada, más escondida. El asunto queda olvidado cuando Laura aparece para llevarme al jardín de la parte de atrás del albergue, donde los peregrinos se han reunido a descansar. El calor del sol, la hierba fresca bajo los pies desnudos y el intenso sabor del chocolate adornan una tarde que transcurre deliciosamente porque, como dice Rosa, "lo tenemos todo hecho".

No me di cuenta entonces pero es asombroso descubrir cómo se dilata el tiempo cuando no reparas, cuando no adviertes su presencia, cuando no sientes sus pasos encima sino que, únicamente, te deslizas con él. En la vida ordinaria, en ocasiones, pueden pasar meses antes de encontrar un hueco para ver a una amiga, para un simple café. Las tardes en el Camino, sin embargo, es un tiempo vacío de obligaciones y no hay que hacer nada para llenarlo. Todo lo que había que hacer ya se ha hecho. Hagas lo que hagas, es un tiempo que ni sobra ni se puede malgastar, porque ya está ganado. En nada puede ocuparse, salvo en dejar que las cosas, simplemente, pasen.

Me quedo charlando en la calle hasta última hora y, al llegar al dormitorio, entiendo que me quedé esa cama porque iba a ser la última en acostarse esta noche y lo que no quiero es llamar la atención y molestar a todas esas desconocidas que duermen plácidamente, ajenas a mis desvelos. Soy también la primera en despertarse y me lanzo a abrir las ventanas porque la falta de oxígeno ha enrarecido el ambiente así que salgo zumbando con mis cosas de allí. Cuando llega Laura a despertarme yo ya estoy medio preparada pero me entretengo con el desayuno y ellos salen por delante. Voy siguiéndoles pero, justo al cruzar el río sobre el puente tengo que parar porque me roza un calcetín. Y como no pido a nadie que me espere me quedo rezagada pero no me importa. Una de las ventajas de ir solo es que caminas a tu propio ritmo y ya me viene bien. Puedes parar donde quieras y el rato que quieras así que aprovecho para hacerme una foto con el puente detrás, todo un emblema para mí. En eso que pasa por allí  Joan, peregrino catalán y se ofrece para tomarla. Acepto pero no de buen grado, me cuesta mucho pedir algo a los demás y creo que es la primera vez que permito una injerencia de ese tipo. Joan se queda porque tiene problemas musculares y yo, que no acabo de ir cómoda, vuelvo a parar por el dichoso calcetín. Pierdo un buen trecho respecto al grupo pero me lo tomo con calma porque significa que sólo les podré alcanzar cuando se detengan. Pero sigue sin importarme demasiado, con tantos kilómetros por delante es importante dosificar. Eso me permite disfrutar de pequeños detalles que pasaría por alto si marchara distraída en la conversación o fatigada por intentar no perder rueda. Durante un tramo camino junto a los italianos. Michele va grabando para un reportaje de una televisión italiana y, al entrar en Muñero por la calle de la Esperanza, tomo una foto de la placa y se la señalo para que la grabe. Me hace caso y, mientras él se mueve para tomar imágenes desde diferentes ángulos, nos miramos, y sospecho que hemos pensado lo mismo. Basta un instante para registrar la densidad de una palabra tan hermosa y media vida para llegar hasta ella.

En un aceptable castellano me fue contando su peregrinación a Jerusalén, también como reportero. Detuvimos la charla cuando, delante nuestro, a la luz de la mañana temprana, apareció la silueta de Cirauqui. Un perfil de estampa, con su torre y su homogéneo entramado de casas alrededor. Rodeado de campos verdes, de su cielo azul decorado con enormes nubes blancas que parecían dibujadas. En sus empinadas calles encontramos al grupo y abandonamos el pueblo como si de un cuento se tratase, penetrando por un arco, resto de la antigua muralla.

sábado, 13 de febrero de 2016

Camino de Santiago (XIII)


Puentes y más puentes

No sé si por efecto del ritual, pero con mis niveles de entusiasmo ajustados me encamino hacia el siguiente objetivo: el Albergue de los Padres Reparadores, en Puente la Reina. Al planear mi viaje, me convencí de que si conseguía llegar hasta esa localidad podría darme por satisfecha. Creí que iban a ser mayores las dificultades y tener ese sugerente nombre como próxima meta me alivia de cierta presión. En alguna parte de mí, la línea que separa éxito y fracaso pasa por llegar a atravesar el famoso puente medieval sobre el río Arga. Un lugar de paso obligado en el periplo de todo peregrino que, desde tiempos antiguos, quiere llegar a Santiago desde esta punta del mapa. 

Mi mente se traslada a una época de castillos y caballeros armados librando contiendas por la disputa de unas lindes que quizá anduve pisando, quizá ahora mismo bajo la planta de mis pies. Si tanto se ha combatido por estas tierras, no debo temer por la particular guerra que mantengo conmigo misma, a la que otorgo tratamiento de pugna menor. Así que voy tranquila y confiada porque estoy en vías de superar la mejor de mis previsiones. Pero, si los días de camino que he dejado atrás me han enseñado algo valioso, es que no se puede cantar victoria prematuramente. Por ello no me concedo permiso para sentirme vencedora. 

Al llegar al núcleo urbano de Óbanos, tras una pronunciada pendiente, pierdo la pista de las señales que indican el rumbo. Lo peor no es perderse, lo peor es tener que volver atrás hasta encontrar la última concha, la última flecha amarilla. Durante el recorrido no siempre se mantiene la concentración porque los pensamientos siguen su propia hoja de ruta y, en el caso de hoy, el cansancio y el calor contribuyen a aflojar mi atención. Voy algo apagada, llevada por la inercia hasta que reparo en que ignoro por dónde continuar y ni siquiera sé por dónde he venido. En condiciones normales me hubiera recriminado el despiste pero no dispongo de reservas de energía suficientes para malgastarla de ese modo absurdo. Perdida la senda, aflora el sentido común. Pruebo por una calle, otra, miro en las esquinas, busco algún signo en el suelo, algún mojón. Qué raro. Me resisto a preguntar, entre otras cosas porque son las tres de la tarde en pleno verano, es un pueblo pequeño y no hay nadie en la calle. Y ni rastro de peregrinos. Se me ha presentado un pequeño problema, es el riesgo que corre el que pretende resolverlo todo por sus propios medios. Pero así como en la vida, el Camino nunca cierra todas las puertas y me acerco a la única que encuentro abierta, un garaje particular con gente al fondo, muy al fondo. Me cuesta un infierno asomar la cabeza, hacerme notar. Parecen muy ocupados y tengo que escalar un peldaño más en la dificultad que me entraña pedir ayuda. Por fin elevo la voz y me atrevo a preguntar de lejos. Me indican, despreocupados, que hay que seguir por una pequeña plaza para desembocar en una plaza mayor y sospecho que, a pesar de no ser la primera persona ni la última que les aborda con la misma y repetitiva vacilación, esas gentes siguen y seguirán respondiendo con la misma amabilidad. Como si supieran que les corresponde tomar el relevo ante la ausencia de señales y aceptando sin más la utilidad de su función. Posiblemente hubiera encontrado la plaza de los Fueros de todos modos pero con un degaste mayor que el soportado por el extravío que mi orgullo ha tenido que atravesar.
En el parque de la plaza, me tumbo sobre la hierba a contemplar la iglesia de San Juan Bautista, su torre es de una belleza arrebatadora. Un grupo de niños juegan alborotados y ese griterío contrasta con la severidad que desprende todo el conjunto. Frustrado mi intento de reposo, reanudo la marcha después de pasar bajo un majestuoso arco apuntado coronado por almenas. Una bajada y Puente la Reina a tiro de piedra. Tropiezo con un albergue pero no es el que me interesa porque quiero encontrarme con Laura. En esto que escucho unas voces a cierta distancia. Alertada, giro la cabeza y veo a alguien que mueve sus brazos intentando llamar mi atención desde la terraza de un restaurante. Es la señora del ritual de Eunate, gritándome que sí, que era verdad, que yo tenía razón, que luego caminó mucho más cómoda... A distancia, nos saludamos con sincera alegría desplegando risas y miradas de complicidad, deseándonos buen camino.

Ella se quedó allí. Yo continué hasta mi destino con una sonrisa en los labios. Pensativa. E
ncajando las piezas de la inesperada sorpresa que acababa de recibir. Y muy contenta por haber contribuido a que se sintiera orgullosa de su hazaña. Quién sabe cuántos inconfesables puentes sobre el miedo tuvo que atravesar en su batalla contra unos inofensivos guijarros. No la volví a ver y a menudo me he preguntado si llegó a Santiago o si se acuerda de mí. Ni siquiera recuerdo su rostro. Pero tengo ese instante grabado en mi memoria, cuando compartió conmigo su pequeña conquista.

viernes, 5 de febrero de 2016

Camino de Santiago (XII)


Eunate

Primero una bajadita sobre asfalto, después una larga recta, luego una curva y a continuación un carril forestal me conducen a ese lugar de enigmático nombre que por nada quisiera dejar de visitar. Después de encontrarnos mi amiga y yo, no hemos parado de hablar hasta el desvío y ahora que vuelvo a estar sola mi pensamiento también cambia de dirección. Se dirige hacia un lugar de nombre conocido pero no menos misterioso, un cruce de caminos donde me salen al paso las mismas preguntas de siempre, con sus mismas respuestas y donde siempre tomo el atajo que lleva a la misma tristeza.
Casi he llegado al recinto pero no me doy cuenta hasta unos metros antes, donde un campo de enormes girasoles está siendo regado por unos aspersores en marcha. Me salpican la cara y mis lágrimas se funden con el agua de las entrañas de Eunate.
El edificio tiene una forma poco común que extraña a la vista. Sus muros, de roca gastada por siglos a la intemperie rebosan sobriedad y la sabiduría propia de aquellos enclaves sumergidos en lo más profundo de la historia. Sólo mirar, estremece. Pero lo más sobrecogedor es que aparece en medio de la nada. A cuestas con la pesadumbre que he arrastrado hasta aquí, mis pies -sin yo saberlo- se dirigen hacia la puerta de acceso al interior de la ermita. La hallo abierta, algo que no espero y me descubro contrariada al ver tanta gente en un espacio tan pequeño. Un grupo de peregrinos jubilados que vienen del camino aragonés han contratado los servicios de una guía de la zona para que les explique la visita. Contenta por mi buena suerte suelto la mochila e, intentando hacer el menor ruido posible, me acomodo en un viejo banquito de madera, junto a la entrada. Mi respiración, entrecortada a partes iguales por el cansancio y el esfuerzo por no molestar, se paraliza ante la quietud que reina allí y porque la sensación de recogimiento arrasa con todo. Me noto tan suavemente recibida en ese hueco, un refugio tan acogedor y de una escala tan humana que casi alcanzo a tocar la cúpula con los dedos, o eso me gustaría. No puedo dejar de mirar a las columnas, los capiteles, la talla de la Virgen. La guía, después de su explicación, nos hace indicaciones para realizar un ritual de recarga energética. Consiste en caminar descalzo sobre cantos de piedra alrededor del claustro porticado. Preferiría hacerlo sola, me da reparo compartir la actividad con otra gente pero no me lo pienso y me uno al ritual por una razón bastante más prosaica: a mis doloridos pies les irá bien oxigenarse un poco y algo de masaje. A mi lado, una señora me susurra que ella no, que eso duele. Yo la animo, le sugiero que pruebe, que seguro al ponerse luego las botas se va a sentir mucho más confortable. Después de tres vueltas al deambulatorio volvemos al interior, hasta el espacio central bajo la cúpula para, con los brazos alzados, recibir lo que sea que deba manifestarse desde más allá de los cielos.
Los peregrinos se van, dejándome sola y la ermita, más ligera, se deja sentir mejor. Atravesados por la penumbra, los sillares del muro, rugosos y opacos, destilan una vieja y hermosa imperfección. Cualquier sonido resulta ensordecedor y hay que medir todo gesto para no perturbar un sosiego construido con retazos de silencio. Entre las rendijas, luz y oscuridad parecen derramarse en un diálogo de contrastes imposibles. Lo visible es pura belleza. Bajo la cúpula enervada, un firmamento invisible habla de lo que no está al alcance del entendimiento. El aire habla. Hablan las losas de Eunate y el tiempo se detiene. Y no hay camino ni cansancio ni dolor. Ni ausencia. Todo es plenitud. Presencia.

Eunate no es un lugar corriente y me costó abandonarla. Muchas, muchas veces me detuve y me di la vuelta mientras me alejaba. Como si necesitara asegurarme de que existía, era real y seguía todavía cerca, todavía al alcance, todavía allí… hasta que me giré y ya no estaba. Ni me di cuenta cuando, en algún momento, tras algún recodo, desapareció.


sábado, 30 de enero de 2016

La lista de Schindler

LA LISTA DE SCHINDLER (1998), de Steven Spielberg

Una vela que se apaga y un humo blanco, sinuoso, que asciende lentamente, disolviéndose en el aire junto a una plegaria para, en una maravillosa elipsis, transformarse en humo negro que surge violenta y abruptamente de una chimenea, pero no de la que suponemos, sino de la locomotora de un tren que anuncia su llegada a destino con un pitido ensordecedor. Spielberg nos ha contado la película en dos planos y de paso, el Holocausto.

El resto es un tratado de cómo la barbarie no es una línea fronteriza sólo traspasada por la locura. De cómo la irracionalidad más brutal puede instalarse en este mundo sin apenas darnos cuenta. Que algunos infiernos son caminos que empiezan por un simple paso en la dirección equivocada. Y de cómo, en medio del horror más irremediable, es posible seguir teniendo fe y confianza en la razón e inteligencia humanas, el más poderoso antídoto para luchar en la eterna guerra contra el veneno de la ignorancia y la sinrazón, humanas también.

Rodada en una preciosa fotografía en blanco y negro, no nos permite distracción cromática alguna, salvo en una única y deliberada ocasión, el abrigo rojo de una perdida y asustada niña que, en su inocencia, permanece absolutamente ajena al despropósito que se cierne a su alrededor, atravesando sin rumbo una realidad que no comprende y de la que intenta, inútilmente, refugiarse, arrojándonos a la cara un interrogante sobre el futuro, desde un presente de pesadilla. 


Y esa banda sonora que acuna, emociona, sobrecoge o invita a la esperanza. A la extraordinaria partitura de John Williams se une el emotivo y desgarrado llanto del violín de Itzahk Perlman que, además, es judío. 

Algunos se niegan a verla. Argumentan que es dura, cruda, y sí, lo es, te encoge el corazón como sólo la verdad puede golpearlo, pero a su vez se desprende de ella una exquisita y profunda delicadeza y una inmensa ternura por todo ser humano. Otros la tildan de infantil o la aborrecen por la supuesta facilidad de su final feliz ¿Es la muerte, el asesinato de seis millones de personas un final feliz? 

Hay películas que deberían ser asignaturas en la escuela. Esta es una de ellas. Como un recordatorio constante de lo fácil que es traspasar los límites en la defensa de ideas, credos, himnos y banderas. El Holocausto se ha contado mil veces y de mil maneras distintas pero nadie como el maestro Spielberg para mostrar el proceso de cómo se fue gestando una atrocidad para la que ya se han gastado todos los sinónimos de la palabra terror. A un grupo de personas, a un colectivo, un pueblo, les fueron recortados y erosionados sus derechos más elementales sólo porque a alguien se le ocurrió, y porque a los demás les pareció bien o no les pareció mal, hasta el punto de ser desposeídos de su condición humana. No se despertaron, de golpe, un día, en el campo de concentración. No. Primero les hicieron abandonar sus lugares de origen y los registraron, poniéndoles en una lista. Después los arrancaron de su forma de vida, obligados a ponerse una estrella. Luego les echaron de sus casas y les pusieron en un guetto. Y finalmente, les sacaron del barro para ponerles en un horno. Si, directamente, de su hogar hubieran pasado al crematorio, todos se hubieran escandalizado, hasta ellos mismos. Pero al hacerlo paulatinamente, un poco hoy y un poco mañana, los cambios se fueron normalizando, hasta que se aceptó su destino y  aniquilación como algo irremediable, inevitable, como una consecuencia natural. 

¿Cómo empezó todo? Nadie lo sabe. Se podría decir, incluso, que no ha terminado. Además de los ejecutores directos, culpables fueron los ideólogos, o aquellos a los que convencieron, o los que miraron para otro lado. Es toda una tentación dividir el mundo entre buenos y malos. Para ser honestos, habría que preguntarse por el origen del mal pero sólo somos humanos. Sea cual sea, está en nuestro interior y ahí seguirá. Sólo es necesario que algo o alguien lo despierte y le ponga un nombre o un rostro para dar comienzo al extravío de ideas, la deriva del sentido común y un incierto final, porque la maldad se alimenta del miedo y el miedo siempre necesita enemigos para sobrevivir.  Y el enemigo, el otro, el distinto, tiene que ser erradicado. El argumento es lo de menos si consigue diferenciar, separar, enfrentar a los seres humanos. Como si hubiese credo más poderoso que los sentimientos, himnos más útiles que el lenguaje con el que nos comunicamos y mejores banderas que la razón. Como si nada contara lo que nos une. Lo que nos asemeja. Lo mucho de sublime, mediocre o despreciable que tenemos en común.

Los animales no son crueles, es su naturaleza. La naturaleza no es cruel, es su única opción. El ser humano sí lo es pero en su naturaleza está el trascenderlo. Tiene la capacidad de hacer daño y también la capacidad de elegir no hacerlo. Se trata de decidir. De responsabilidad. De poder. De poder servirse de aquello que nos hace iguales. Que nos hace humanos. No para ser perfectos, ni siquiera para ser mejores, sino para ser libres.

jueves, 21 de enero de 2016

Camino de Santiago (XI)


Girando 

Cizur Menor consiste en tres calles y media que atravieso de un resoplido porque voy algo torcida, se ha hecho de día y hoy toca afrontar el Alto del Perdón, que ya sólo por el nombre merece tomarse en serio. Durante un buen rato voy apresurada, con la idea fija de que cuánto más tarde me acerque a la pendiente, más alto estará el sol y también el listón de hoy. 

Mi ánimo y mis piernas agradecen pisar de nuevo caminos de tierra, después de muchos pasos sobre el asfalto y las aceras de Pamplona y sus alrededores. El terreno empieza a inclinarse entre campos de girasoles aún adormecidos y a lo lejos ya se divisan las laderas que tendré que subir y a las que llego casi sin darme cuenta. Hay muchos peregrinos concentrados en el ascenso porque el sendero es muy estrecho y eso dificulta el tránsito en algunos tramos. Remonto con calma, intentando ahorrar fuerzas por lo que pueda pasar, con la mirada en el suelo, del que recojo dos vulgares piedras que, al ser manoseadas, destapan un brillante rojo oscuro que ni se sabe el tiempo que debe llevar cubierto de polvo. Una para perdonar -me digo-. Otra para perdonarse. Y sigo progresando toqueteándolas, rodeándolas con mis manos, dándole vueltas al pensamiento, hasta que acabo guardándolas en los bolsillos, una vez llego a las últimas rampas. 

Había oído alguna historia sobre los repechos de El Perdón. En Zubiri, un experto peregrino contaba relatos de gente a la que había visto postrarse al llegar a la cima. Doblegados. Yo no veo nada de eso. Sólo respiraciones agitadas y rostros a los que el sudor no ha borrado la sonrisa por la satisfacción del esfuerzo realizado. Es un lugar electrizante en el que domina la inquietud, porque una hilera de gigantescos molinos de viento provoca que ondas de una extraña vibración remuevan hasta la última partícula de aire o de lo que sea que nos envuelve. Una vez en la explanada y ya suelta la mochila escucho, en el intervalo  que dejan los zumbidos de las aspas y el murmullo del viento, voces animando a Roger, que viene por la cuesta arriba. Detrás, Cécilia y Laura.

Me alegra tanto verla que casi le grito lo despacito que secretamente he caminado para no alejarme demasiado de ellos. Y es entonces cuando me doy cuenta de que he estado rodando en círculos. De cada tres pasos, uno era mirando atrás, desandando lo andado. El tiempo de más, el que tanto me costó regatear, lo he ido regalando. He remoloneado en arroyos y rincones; dejándome envolver por el revoloteo de los pájaros, escrutando pétalos de flores, rodeando la sombra de los árboles. Y todo para no dejarme atrapar por el pesar de un precipitado y quejumbroso adiós, pues en el Camino nunca se sabe si una despedida va a ser definitiva.

Pero como no hay trazados que lleven recto a esa certeza,  un rato después no dudé en separarme para seguir con mi propósito y en Muruzábal tomé el desvío a la izquierda en dirección a la Ermita de Santa María de Eunate. 

domingo, 17 de enero de 2016

El picahielos

INSTINTO BASICO (1992), de Paul Verhoeven

Una escritora de éxito, brillante, rica, bella...y libre. Alguien que sin pretenderlo y ante la indiferencia por sostener certeza alguna, plantea una paradoja a la mente racional de aquellos que la implican en un crimen por probar. Sin la angustia ni la necesidad de reivindicar su inocencia les empuja a revisar su propio concepto del bien y del mal, guiados por el timón de quien no se deja conducir sino que sigue su propio rumbo. Y no siente desasosiego al levantar sospechas, al contrario, parece encantada con ello. No muestra la más mínima inquietud  ni le intimida el interrogatorio al que es sometida, porque lo único que Catherine Tramell desea confesar es que acepta su propia singularidad, negándose a repetir un modelo de mujer ya conocido en el que instalarse cómodamente. No le importa ser señalada con dedo acusador, no siente malestar, sino que disfruta de ser observada. Y cuando más siente la mirada reprobadora fija en ella, es cuando más se atreve a mostrar la entrepierna de sus pensamientos, huyendo del refugio de la mediocridad, del no diferenciarse, del pasar desapercibida en su condición de mujer que no siente el peso de la conveniencia de ser políticamente correcta. No hay forma de impulsarla a hacer y decir lo que no siempre coincide con lo que piensa y siente y no admite lo adecuado, lo apropiado, cuando es planteado con el único objetivo de no despertar desconfianza. Porque la mujer que no es complaciente, condescendiente, que no muestra signos de debilidad, que no espera ni necesita la protección del hombre, que no depende afectivamente de nadie, la mujer que es arrogante, se convierte automáticamente en sospechosa.

Transgresora. Provocadora. Su conducta no se corresponde al estereotipo de mujer convencional. No se acomoda. No se esconde en la semejanza. No encaja en patrón conocido. Ella es como es. Encuentra placer en hacer justamente lo contrario de lo que se espera de ella. No da el perfil de mujer que no planteará problemas, ni siquiera pretende disimularlo, es más, se recrea en la idea de ser el detonante de conflictos que adivina latentes en todos aquellos que se cruzan en su camino.

Ambigua. Con una belleza que no reside únicamente en un físico espectacular, sino que tiene su punto de partida en el convencimiento, en la seguridad de su indudable atractivo. Se sabe deseada por hombres y mujeres y ello no le confiere una actitud pasiva, de recepción, sino decidida, y actúa proyectando su voluntad para explorar los límites de su ilimitado erotismo. No necesita agradar a los otros sólo para obtener su aprobación. Ni teme, ni se avergüenza de sentir placer.

Audaz. No se le adivinan límites a su deseo de vivir intensamente cualquier situación. Fuma, bebe, consume drogas, colecciona amantes, conduce a gran velocidad, se entrega a sus caprichos. Parece no ocultar nada, actúa con indolente descaro y no esconde una actitud desafiante. A todos los que se acercan les exige atrevimiento para responder al reto de enfrentarse al oscuro abismo de lo desconocido, porque primero hay que saber muy bien quién es uno y qué quiere, para después poder descifrar el interior de una mujer que no busca ser amada, ni siquiera ser temida, de una mujer que no busca nada, que simplemente, es.

Seductora. Transmite una sensación de serenidad y frío cálculo. Persuade. Convence. Cualquiera estaría dispuesto a seguirla tras la ciega promesa de descubrir el origen de su carisma. Intuitiva. Enérgica. Vital. Maneja habilmente sus emociones. Conoce y adivina las motivaciones más íntimas de los demás, penetra en su interior con temeridad. Sus palabras proceden como preciso bisturí de cirujano, abriendo el tejido de los sentimientos ajenos para dejarlos al descubierto y en carne viva, hasta hallar la causa del dolor inconfesado. No coquetea sumisamente, su capacidad de seducción tiene un aire amenazante que tiene su origen en una total ausencia de miedo al rechazo y al fracaso.

Hábil. Tan hábil como para confundir y desviar la evidencia de su supuesta maldad, porque en todo momento se muestra convencida de su poder de comunicación, manifestando su conocimiento, arrastrando a los demás por su capacidad de resolución. No oculta su pensamiento, pero no es explícita. No es retorcida, pero sí manipuladora. No facilita la accesibilidad, más bien la complica. Porque desentrañar el misterio de la identidad de Catherine Tramell no está al alcance de cualquiera y ella lo sabe. Todos aquellos que lo intentan se verán sometidos a la obligación previa de admitir la propia incapacidad para acometer dicha empresa, enfrentados al dilema de reconocer que, aunque posiblemente existan motivos para condenar su conducta, no pueden hacerlo, ya que saben que en ellos mismos habita un ser susceptible de condena, un ser que aunque no se comporte de forma reprobable, a menudo sí alberga el íntimo e inalcanzable deseo de huir del compromiso de la apariencia convenida por todos. La diferencia consiste en que ella no se culpabiliza por ello, sino que disfruta de esa ambivalencia, lo que la rodea de un halo de sorprendente e iluminado magnetismo.

Todo en ella es indicio de intencionalidad, de inconformismo rebelde, de riesgo. Ahí reside su fuerza y su poder, su valor y su autenticidad. En el secreto que permanece concentrado en el misterioso uso que hace de la libertad de ser ella misma, en el sentido de servir a su propia vida en la medida deseada, sin injerencias, sin la imposición de ceñirse a un modo cuadriculado de saborear, cuando hay que saborear, y de engullir, cuando hay que engullir, el trago prohibido. Y todo ello, sin más recursos que los proporcionados por la cotidianeidad más simple al alcance de su mano, la que se maneja sabiamante y con firmeza sobre el mango de un quizá no tan inocente...quizá no tan inofensivo...pero corriente y vulgar picahielos.


domingo, 10 de enero de 2016

Otra mañana



          Salió a pasear su soledad de forastera. El día, lánguido y temprano, se despedía de la noche deslizando su luz tenue por las calles vacías. Hasta las flores de papel, ayer relucientes, yacían inertes y marchitas. Los pétalos de rosa seguían en el suelo y el eco del tamboril en el aire, al que se lanzaron tantos besos. Y todavía resonaba el filo de la espada rasgando la noche. La última noche. Otra vez una última noche.

          Y otra vez, como el que espera cobrar una deuda pendiente, la tristeza, callada, paciente, acechando al doblar la cal de las esquinas. De sombra en sombra y de reja en reja. Persiguiendo los pasos que por cuestas y callejas podría recorrer con los ojos cerrados. Sin compadecerse, como si hubiese dejado una promesa incumplida. Mansa tristeza en su balcón celeste y blanco. Guardián de  puertas cerradas. De ojos que quisieron, una vez más, mirar lo que no se vio mil veces. Tan perdido como los perdidos momentos. Como los sueños perdidos. Como otras despedidas. Otras noches. Otros besos.


viernes, 8 de enero de 2016

Camino de Santiago (X)


Y te diré quién eres

Casi nadie usa despertador en los albergues pero todos saben cuándo es la hora. Las primeras señales surgen de una oscuridad que no invita a abandonar la cama, aunque se trate de una cama extraña. El ritual de todas las mañanas da comienzo con un crujir de muelles y alguien que se remueve en su saco. La luz de pequeñas linternas apuntando al fondo de ruidosas bolsas de plástico. Alguna tos. Cuchicheos entre idas y venidas al baño y mochilas de aquí para allá. El sueño quema y los pies se lanzan al suelo desnudo. Nadie se queja. Mi despertar es alegre, lo primero que pienso es que voy a caminar y eso hace que me olvide del madrugón. Una vez lista para iniciar la marcha me quedo a esperar a mis compañeros de camino hoy. Pero Laura y Cécilia han tomado decisiones por Roger. Llaman por teléfono a un servicio de transporte para que trasladen su mochila hasta el próximo albergue, en Puente la Reina. Durante un buen rato nadie contesta al teléfono. El hospitalero busca en una libreta usada el número de otras empresas similares. Nada. Nadie descuelga al otro lado de la línea. Apostada en recepción, me entretengo en curiosear en los papeles que cuelgan del tablón de anuncios. Hay de todo: mapas de la zona, fotos, información sobre servicios varios y algunas notas ilegibles que, de tan desgastadas, ni me esfuerzo en descifrar. Una docena de libros en un estante y lo que más llama mi atención: una caja con objetos que la gente ha ido dejando y con un cartel con las palabras "Deja lo que te sobra, toma lo que necesites", presuponiendo que los peregrinos van a llevar peso extra del que poder prescindir y también que, a menudo, algo les va a faltar. Y aunque el mensaje de la caja me llega, no lo hago mío en ese momento. Porque no quiero esperar y me despido, dejándoles allí con un problema, pasajero pero problema en el que no quiero implicarme. No es mi camino
 - me digo-. Ya me alcanzarán.

Hoy sé lo que aquella caja me dijo y yo no quise oír. Tuve la ocasión de haber dejado en ella la irritación por la espera y haber tomado un poco de la paciencia que me faltó por empezar a caminar. Por esa razón no me sentí del todo satisfecha cuando decidí marcharme sola. No necesitaba correr, tenía todo el día por delante pero yo tenía mucha prisa porque una simple caja me había revelado algo sobre mí que no me gustaba y sólo quería huir de allí.