domingo, 10 de enero de 2016

Otra mañana



          Salió a pasear su soledad de forastera. El día, lánguido y temprano, se despedía de la noche deslizando su luz tenue por las calles vacías. Hasta las flores de papel, ayer relucientes, yacían inertes y marchitas. Los pétalos de rosa seguían en el suelo y el eco del tamboril en el aire, al que se lanzaron tantos besos. Y todavía resonaba el filo de la espada rasgando la noche. La última noche. Otra vez una última noche.

          Y otra vez, como el que espera cobrar una deuda pendiente, la tristeza, callada, paciente, acechando al doblar la cal de las esquinas. De sombra en sombra y de reja en reja. Persiguiendo los pasos que por cuestas y callejas podría recorrer con los ojos cerrados. Sin compadecerse, como si hubiese dejado una promesa incumplida. Mansa tristeza en su balcón celeste y blanco. Guardián de  puertas cerradas. De ojos que quisieron, una vez más, mirar lo que no se vio mil veces. Tan perdido como los perdidos momentos. Como los sueños perdidos. Como otras despedidas. Otras noches. Otros besos.