Girando
Cizur Menor consiste en tres calles y media que atravieso de un resoplido porque voy algo torcida, se ha hecho de día y hoy toca afrontar el Alto del Perdón, que ya sólo por el nombre merece tomarse en serio. Durante un buen rato voy apresurada, con la idea fija de que cuánto más tarde me acerque a la pendiente, más alto estará el sol y también el listón de hoy.
Mi ánimo y mis piernas agradecen pisar de nuevo caminos de tierra, después de muchos pasos sobre el asfalto y las aceras de Pamplona y sus alrededores. El terreno empieza a inclinarse entre campos de girasoles aún adormecidos y a lo lejos ya se divisan las laderas que tendré que subir y a las que llego casi sin darme cuenta. Hay muchos peregrinos concentrados en el ascenso porque el sendero es muy estrecho y eso dificulta el tránsito en algunos tramos. Remonto con calma, intentando ahorrar fuerzas por lo que pueda pasar, con la mirada en el suelo, del que recojo dos vulgares piedras que, al ser manoseadas, destapan un brillante rojo oscuro que ni se sabe el tiempo que debe llevar cubierto de polvo. Una para perdonar -me digo-. Otra para perdonarse. Y sigo progresando toqueteándolas, rodeándolas con mis manos, dándole vueltas al pensamiento, hasta que acabo guardándolas en los bolsillos, una vez llego a las últimas rampas.
Había oído alguna historia sobre los repechos de El Perdón. En Zubiri, un experto peregrino contaba relatos de gente a la que había visto postrarse al llegar a la cima. Doblegados. Yo no veo nada de eso. Sólo respiraciones agitadas y rostros a los que el sudor no ha borrado la sonrisa por la satisfacción del esfuerzo realizado. Es un lugar electrizante en el que domina la inquietud, porque una hilera de gigantescos molinos de viento provoca que ondas de una extraña vibración remuevan hasta la última partícula de aire o de lo que sea que nos envuelve. Una vez en la explanada y ya suelta la mochila escucho, en el intervalo que dejan los zumbidos de las aspas y el murmullo del viento, voces animando a Roger, que viene por la cuesta arriba. Detrás, Cécilia y Laura.
Me alegra tanto verla que casi le grito lo despacito que secretamente he caminado para no alejarme demasiado de ellos. Y es entonces cuando me doy cuenta de que he estado rodando en círculos. De cada tres pasos, uno era mirando atrás, desandando lo andado. El tiempo de más, el que tanto me costó regatear, lo he ido regalando. He remoloneado en arroyos y rincones; dejándome envolver por el revoloteo de los pájaros, escrutando pétalos de flores, rodeando la sombra de los árboles. Y todo para no dejarme atrapar por el pesar de un precipitado y quejumbroso adiós, pues en el Camino nunca se sabe si una despedida va a ser definitiva.
Pero como no hay trazados que lleven recto a esa certeza, un rato después no dudé en separarme para seguir con mi propósito y en Muruzábal tomé el desvío a la izquierda en dirección a la Ermita de Santa María de Eunate.
