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| LA LISTA DE SCHINDLER (1998), de Steven Spielberg |
Una vela que se apaga y un humo blanco, sinuoso, que asciende lentamente, disolviéndose en el aire junto a una plegaria para, en una maravillosa elipsis, transformarse en humo negro que surge violenta y abruptamente de una chimenea, pero no de la que suponemos, sino de la locomotora de un tren que anuncia su llegada a destino con un pitido ensordecedor. Spielberg nos ha contado la película en dos planos y de paso, el Holocausto.
El resto es un tratado de cómo la barbarie no es una línea fronteriza sólo traspasada por la locura. De cómo la irracionalidad más brutal puede instalarse en este mundo sin apenas darnos cuenta. Que algunos infiernos son caminos que empiezan por un simple paso en la dirección equivocada. Y de cómo, en medio del horror más irremediable, es posible seguir teniendo fe y confianza en la razón e inteligencia humanas, el más poderoso antídoto para luchar en la eterna guerra contra el veneno de la ignorancia y la sinrazón, humanas también.
Rodada en una preciosa fotografía en blanco y negro, no nos permite distracción cromática alguna, salvo en una única y deliberada ocasión, el abrigo rojo de una perdida y asustada niña que, en su inocencia, permanece absolutamente ajena al despropósito que se cierne a su alrededor, atravesando sin rumbo una realidad que no comprende y de la que intenta, inútilmente, refugiarse, arrojándonos a la cara un interrogante sobre el futuro, desde un presente de pesadilla.
Y esa banda sonora que acuna, emociona, sobrecoge o invita a la esperanza. A la extraordinaria partitura de John Williams se une el emotivo y desgarrado llanto del violín de Itzahk Perlman que, además, es judío.
Algunos se niegan a verla. Argumentan que es dura, cruda, y sí, lo es, te encoge el corazón como sólo la verdad puede golpearlo, pero a su vez se desprende de ella una exquisita y profunda delicadeza y una inmensa ternura por todo ser humano. Otros la tildan de infantil o la aborrecen por la supuesta facilidad de su final feliz ¿Es la muerte, el asesinato de seis millones de personas un final feliz?
Algunos se niegan a verla. Argumentan que es dura, cruda, y sí, lo es, te encoge el corazón como sólo la verdad puede golpearlo, pero a su vez se desprende de ella una exquisita y profunda delicadeza y una inmensa ternura por todo ser humano. Otros la tildan de infantil o la aborrecen por la supuesta facilidad de su final feliz ¿Es la muerte, el asesinato de seis millones de personas un final feliz?
Hay películas que deberían ser asignaturas en la escuela. Esta es una de ellas. Como un recordatorio constante de lo fácil que es traspasar los límites en la defensa de ideas, credos, himnos y banderas. El Holocausto se ha contado mil veces y de mil maneras distintas pero nadie como el maestro Spielberg para mostrar el proceso de cómo se fue gestando una atrocidad para la que ya se han gastado todos los sinónimos de la palabra terror. A un grupo de personas, a un colectivo, un pueblo, les fueron recortados y erosionados sus derechos más elementales sólo porque a alguien se le ocurrió, y porque a los demás les pareció bien o no les pareció mal, hasta el punto de ser desposeídos de su condición humana. No se despertaron, de golpe, un día, en el campo de concentración. No. Primero les hicieron abandonar sus lugares de origen y los registraron, poniéndoles en una lista. Después los arrancaron de su forma de vida, obligados a ponerse una estrella. Luego les echaron de sus casas y les pusieron en un guetto. Y finalmente, les sacaron del barro para ponerles en un horno. Si, directamente, de su hogar hubieran pasado al crematorio, todos se hubieran escandalizado, hasta ellos mismos. Pero al hacerlo paulatinamente, un poco hoy y un poco mañana, los cambios se fueron normalizando, hasta que se aceptó su destino y aniquilación como algo irremediable, inevitable, como una consecuencia natural.
¿Cómo empezó todo? Nadie lo sabe. Se podría decir, incluso, que no ha terminado. Además de los ejecutores directos, culpables fueron los ideólogos, o aquellos a los que convencieron, o los que miraron para otro lado. Es toda una tentación dividir el mundo entre buenos y malos. Para ser honestos, habría que preguntarse por el origen del mal pero sólo somos humanos. Sea cual sea, está en nuestro interior y ahí seguirá. Sólo es necesario que algo o alguien lo despierte y le ponga un nombre o un rostro para dar comienzo al extravío de ideas, la deriva del sentido común y un incierto final, porque la maldad se alimenta del miedo y el miedo siempre necesita enemigos para sobrevivir. Y el enemigo, el otro, el distinto, tiene que ser erradicado. El argumento es lo de menos si consigue diferenciar, separar, enfrentar a los seres humanos. Como si hubiese credo más poderoso que los sentimientos, himnos más útiles que el lenguaje con el que nos comunicamos y mejores banderas que la razón. Como si nada contara lo que nos une. Lo que nos asemeja. Lo mucho de sublime, mediocre o despreciable que tenemos en común.
Los animales no son crueles, es su naturaleza. La naturaleza no es cruel, es su única opción. El ser humano sí lo es pero en su naturaleza está el trascenderlo. Tiene la capacidad de hacer daño y también la capacidad de elegir no hacerlo. Se trata de decidir. De responsabilidad. De poder. De poder servirse de aquello que nos hace iguales. Que nos hace humanos. No para ser perfectos, ni siquiera para ser mejores, sino para ser libres.
