Después de un rato soy la primera en subir al dormitorio y, como aún no ha llegado nadie, reservo cuatro camas, una para cada uno porque Michele ha ido al encuentro de sus amigos italianos. El albergue es pequeño y nuestra habitación está fresca, limpia y bien ventilada. Todo tiene dimensiones reducidas en este pequeño pueblo de calles empinadas y, desde la ventana, puedo ver otra singular iglesia, el Santo Sepulcro, de planta octogonal, también de origen templario, como Eunate. Me parece un auténtico lujo dormir delante de una obra de arte tan excepcional. Estas cosas son algo común en el Camino pero yo no dejo de asombrarme al sentirme rodeada de tanta belleza, de convivir día a día con lo que mi mirada halla de extraordinario en lugares y gentes. Llega Laura, se tumba boca abajo en la cama y cae fulminada de sueño. Con botas y todo. Dudo si descalzarla pero no quiero interrumpir su descanso. La etapa ha sido un palizón y no me extraña que esté extenuada. Abandono la estancia de puntillas, dejando entornada la puerta de la habitación.
Cuando despierta está verdaderamente radiante, la veo feliz a distancia, departiendo con los otros peregrinos. Hoy es su cumpleaños y se ha corrido la voz. Cécilia, con su poco castellano y yo, con mi poco francés, coincidimos en darle una pequeña sorpresa, teniendo en cuenta nuestros limitados medios. Es domingo y no se puede comprar nada así que intento averiguar dónde puedo conseguir un pastel y unas velas. Lo único que encuentro, en un restaurante cercano es una tarta individual pero tenemos que conformarnos con una vela de esas grandes y blancas que se usan cuando se va la luz. Cécilia, con unos lápices de colores que lleva en su mochila pinta una concha y una flecha amarilla con un simple "Feliz Cumpleaños, Laura".
Cuando despierta está verdaderamente radiante, la veo feliz a distancia, departiendo con los otros peregrinos. Hoy es su cumpleaños y se ha corrido la voz. Cécilia, con su poco castellano y yo, con mi poco francés, coincidimos en darle una pequeña sorpresa, teniendo en cuenta nuestros limitados medios. Es domingo y no se puede comprar nada así que intento averiguar dónde puedo conseguir un pastel y unas velas. Lo único que encuentro, en un restaurante cercano es una tarta individual pero tenemos que conformarnos con una vela de esas grandes y blancas que se usan cuando se va la luz. Cécilia, con unos lápices de colores que lleva en su mochila pinta una concha y una flecha amarilla con un simple "Feliz Cumpleaños, Laura".
Como hay celebración especial, cenamos en el restaurante en compañía de unos peregrinos franceses, una mujer de mediana edad que viene caminando desde Suiza y los italianos Enrico y Michele. Cécilia y yo hemos decidido que, cuando lleguen los postres, el camarero le sirva a Laura nuestro regalo. Como no podemos pedirle a ella que nos haga de intérprete, es el día que Cécilia y yo hemos invertido más interés con tal de entendernos. Nos hemos pasado la tarde cuchicheando, dándonos instrucciones. Creo que es una mujer muy transparente, me lo dicen sus ojos claros. Lástima que nuestra comunicación esté tan limitada por el idioma pero...no es del todo cierto, no hemos tenido dificultad para ponernos de acuerdo en lo esencial.
En el restaurante, Laura, si cabe, es aún más el centro de atención. Los comensales saben lo que estamos celebrando porque la mayoría son peregrinos. Se muestra encantada con su tarta de chocolate y dice que guardará la vela para acordarse de este día. Me gusta su forma de recibir. Su elegancia cuando, correspondiendo a nuestro obsequio y sin desmerecer a los demás, nos ofrece una sonrisa preñada de gratitud y afecto. Y como es una mujer muy extrovertida y popular, el comedor en pleno acaba cantándole el cumpleaños feliz en varios idiomas a la vez.
La fiesta continuó en la puerta del albergue, con vino tinto, tan del gusto de mis amigas francesas. No había copas pero todo el mundo encontró la forma de beber, aunque fuera compartiendo vaso. El caldo rojo hizo su efecto y cuando llegó la hora de cerrar las puertas e irse a dormir, a ellas más que a mí - yo bebí por acompañar, todo hay que decirlo-, les entró una risa contagiosa que se apoderó de los despiertos y de algún sobrio también, excepto de un francés estirado que con un " S'il vous plaît" dio por finalizados los festejos. Llovía y teníamos que apresurarnos en recoger la ropa del tendedero, las mochilas estaban sin preparar y el resto de pertenencias en el mismo orden en el que las dejamos al llegar, es decir, ninguno. Hizo mucho aire ese día y algunas piezas habían volado, incluso una señora del pueblo había venido con un calcetín. No pudimos averiguar a quién pertenecían las prendas que salían despedidas de la ventana, desorientadas por la oscuridad y enmudecidas por el obligado silencio. Lo dejamos todo junto y nos dormimos entre esfuerzo y esfuerzo por ahogar las risas que brotaban de una alegría incontrolable.

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