sábado, 2 de abril de 2016

Camino de Santiago (XVII)


Mil años

Muros de sillar y un pequeño campanario. Un merendero acondicionado recientemente. Piedras por el suelo. Y nada más. La ermita no ofrece nada más. Al acercarme no se ve ninguna apertura, ni siquiera un agujero en la pared. Es toda robusta y parece cerrada a cal y canto, herméticamente cerrada, lo que acrecienta mi curiosidad. Al girar por su cabecera hacia la parte de atrás encuentro un acceso lateral. El hueco de lo que pareció albergar una puerta. El lugar se me antoja aún más solitario que cuando llegué, está fuera del alcance de las miradas de los caminantes, incluso podría ser hasta peligroso pero esas cosas no se piensan en el Camino, si no confiara no estaría aquí. 

Es descorazonador, todo es abandono. No está dedicada al culto ni a la visita turística. El tiempo ha ido pasando por ella y así se encuentra, completamente descuidada. Sólo un minúsculo altar con pequeñas piedras encima y, apoyado en uno de los muros, en una especie de contrafuerte horizontal, una repisa que los peregrinos han convertido en una modesta y singular capilla. Hay notas manuscritas, velas, palos atados con cordeles. Y a excepción del polvo que todo lo cubre, todo permanece intacto. Observo sin atreverme a tocar nada, absorbida por la imagen y por lo que representa, objetos muy simples pero de gran valor para quien los ha depositado ahí. Me invade un sentimiento de comunión, sobrecogida al encontrar huellas de gente que ha pasado por aquí antes que yo y que hizo lo mismo que yo estoy haciendo ahora. Y que probablemente sintieron lo mismo, y quisieron dejar su huella, uno tras otro. Desolación por fuera. Dentro y por dentro, me recorre una sensación de fusión con la esperanza que desprende ese aparente abandono. Y entonces ya no veo destrucción ni desidia ni soledad. Sólo una fe sin tiempo en forma de ruego y plegaria, de anhelo y pasión. De miles de voces que han respirado el mismo y suplicante aliento.


Y aquel lugar, de pronto, adquirió otro significado para adentrarse en una dimensión más allá de lo sagrado. Y las piedras ya no eran piedras sino reliquias impregnadas de una energía rebosante de certeza, de seguridad, de consuelo. Tomé una del suelo que me pareció la apropiada para una amiga. Una piedra lisa y llana, en la que yo vislumbré la impronta de un hondo agradecimiento. A cambio, deje algo mío también. Sobre un pequeño papel escribí unas sencillas palabras con lo que me nació en aquel momento aunque sentí que daba igual lo que dijeran. Todas aquellas notas roídas no eran muy diferentes unas de otras. Todos queremos y tememos lo mismo.

Allí seguirá.