sábado, 30 de enero de 2016

La lista de Schindler

LA LISTA DE SCHINDLER (1998), de Steven Spielberg

Una vela que se apaga y un humo blanco, sinuoso, que asciende lentamente, disolviéndose en el aire junto a una plegaria para, en una maravillosa elipsis, transformarse en humo negro que surge violenta y abruptamente de una chimenea, pero no de la que suponemos, sino de la locomotora de un tren que anuncia su llegada a destino con un pitido ensordecedor. Spielberg nos ha contado la película en dos planos y de paso, el Holocausto.

El resto es un tratado de cómo la barbarie no es una línea fronteriza sólo traspasada por la locura. De cómo la irracionalidad más brutal puede instalarse en este mundo sin apenas darnos cuenta. Que algunos infiernos son caminos que empiezan por un simple paso en la dirección equivocada. Y de cómo, en medio del horror más irremediable, es posible seguir teniendo fe y confianza en la razón e inteligencia humanas, el más poderoso antídoto para luchar en la eterna guerra contra el veneno de la ignorancia y la sinrazón, humanas también.

Rodada en una preciosa fotografía en blanco y negro, no nos permite distracción cromática alguna, salvo en una única y deliberada ocasión, el abrigo rojo de una perdida y asustada niña que, en su inocencia, permanece absolutamente ajena al despropósito que se cierne a su alrededor, atravesando sin rumbo una realidad que no comprende y de la que intenta, inútilmente, refugiarse, arrojándonos a la cara un interrogante sobre el futuro, desde un presente de pesadilla. 


Y esa banda sonora que acuna, emociona, sobrecoge o invita a la esperanza. A la extraordinaria partitura de John Williams se une el emotivo y desgarrado llanto del violín de Itzahk Perlman que, además, es judío. 

Algunos se niegan a verla. Argumentan que es dura, cruda, y sí, lo es, te encoge el corazón como sólo la verdad puede golpearlo, pero a su vez se desprende de ella una exquisita y profunda delicadeza y una inmensa ternura por todo ser humano. Otros la tildan de infantil o la aborrecen por la supuesta facilidad de su final feliz ¿Es la muerte, el asesinato de seis millones de personas un final feliz? 

Hay películas que deberían ser asignaturas en la escuela. Esta es una de ellas. Como un recordatorio constante de lo fácil que es traspasar los límites en la defensa de ideas, credos, himnos y banderas. El Holocausto se ha contado mil veces y de mil maneras distintas pero nadie como el maestro Spielberg para mostrar el proceso de cómo se fue gestando una atrocidad para la que ya se han gastado todos los sinónimos de la palabra terror. A un grupo de personas, a un colectivo, un pueblo, les fueron recortados y erosionados sus derechos más elementales sólo porque a alguien se le ocurrió, y porque a los demás les pareció bien o no les pareció mal, hasta el punto de ser desposeídos de su condición humana. No se despertaron, de golpe, un día, en el campo de concentración. No. Primero les hicieron abandonar sus lugares de origen y los registraron, poniéndoles en una lista. Después los arrancaron de su forma de vida, obligados a ponerse una estrella. Luego les echaron de sus casas y les pusieron en un guetto. Y finalmente, les sacaron del barro para ponerles en un horno. Si, directamente, de su hogar hubieran pasado al crematorio, todos se hubieran escandalizado, hasta ellos mismos. Pero al hacerlo paulatinamente, un poco hoy y un poco mañana, los cambios se fueron normalizando, hasta que se aceptó su destino y  aniquilación como algo irremediable, inevitable, como una consecuencia natural. 

¿Cómo empezó todo? Nadie lo sabe. Se podría decir, incluso, que no ha terminado. Además de los ejecutores directos, culpables fueron los ideólogos, o aquellos a los que convencieron, o los que miraron para otro lado. Es toda una tentación dividir el mundo entre buenos y malos. Para ser honestos, habría que preguntarse por el origen del mal pero sólo somos humanos. Sea cual sea, está en nuestro interior y ahí seguirá. Sólo es necesario que algo o alguien lo despierte y le ponga un nombre o un rostro para dar comienzo al extravío de ideas, la deriva del sentido común y un incierto final, porque la maldad se alimenta del miedo y el miedo siempre necesita enemigos para sobrevivir.  Y el enemigo, el otro, el distinto, tiene que ser erradicado. El argumento es lo de menos si consigue diferenciar, separar, enfrentar a los seres humanos. Como si hubiese credo más poderoso que los sentimientos, himnos más útiles que el lenguaje con el que nos comunicamos y mejores banderas que la razón. Como si nada contara lo que nos une. Lo que nos asemeja. Lo mucho de sublime, mediocre o despreciable que tenemos en común.

Los animales no son crueles, es su naturaleza. La naturaleza no es cruel, es su única opción. El ser humano sí lo es pero en su naturaleza está el trascenderlo. Tiene la capacidad de hacer daño y también la capacidad de elegir no hacerlo. Se trata de decidir. De responsabilidad. De poder. De poder servirse de aquello que nos hace iguales. Que nos hace humanos. No para ser perfectos, ni siquiera para ser mejores, sino para ser libres.

jueves, 21 de enero de 2016

Camino de Santiago (XI)


Girando 

Cizur Menor consiste en tres calles y media que atravieso de un resoplido porque voy algo torcida, se ha hecho de día y hoy toca afrontar el Alto del Perdón, que ya sólo por el nombre merece tomarse en serio. Durante un buen rato voy apresurada, con la idea fija de que cuánto más tarde me acerque a la pendiente, más alto estará el sol y también el listón de hoy. 

Mi ánimo y mis piernas agradecen pisar de nuevo caminos de tierra, después de muchos pasos sobre el asfalto y las aceras de Pamplona y sus alrededores. El terreno empieza a inclinarse entre campos de girasoles aún adormecidos y a lo lejos ya se divisan las laderas que tendré que subir y a las que llego casi sin darme cuenta. Hay muchos peregrinos concentrados en el ascenso porque el sendero es muy estrecho y eso dificulta el tránsito en algunos tramos. Remonto con calma, intentando ahorrar fuerzas por lo que pueda pasar, con la mirada en el suelo, del que recojo dos vulgares piedras que, al ser manoseadas, destapan un brillante rojo oscuro que ni se sabe el tiempo que debe llevar cubierto de polvo. Una para perdonar -me digo-. Otra para perdonarse. Y sigo progresando toqueteándolas, rodeándolas con mis manos, dándole vueltas al pensamiento, hasta que acabo guardándolas en los bolsillos, una vez llego a las últimas rampas. 

Había oído alguna historia sobre los repechos de El Perdón. En Zubiri, un experto peregrino contaba relatos de gente a la que había visto postrarse al llegar a la cima. Doblegados. Yo no veo nada de eso. Sólo respiraciones agitadas y rostros a los que el sudor no ha borrado la sonrisa por la satisfacción del esfuerzo realizado. Es un lugar electrizante en el que domina la inquietud, porque una hilera de gigantescos molinos de viento provoca que ondas de una extraña vibración remuevan hasta la última partícula de aire o de lo que sea que nos envuelve. Una vez en la explanada y ya suelta la mochila escucho, en el intervalo  que dejan los zumbidos de las aspas y el murmullo del viento, voces animando a Roger, que viene por la cuesta arriba. Detrás, Cécilia y Laura.

Me alegra tanto verla que casi le grito lo despacito que secretamente he caminado para no alejarme demasiado de ellos. Y es entonces cuando me doy cuenta de que he estado rodando en círculos. De cada tres pasos, uno era mirando atrás, desandando lo andado. El tiempo de más, el que tanto me costó regatear, lo he ido regalando. He remoloneado en arroyos y rincones; dejándome envolver por el revoloteo de los pájaros, escrutando pétalos de flores, rodeando la sombra de los árboles. Y todo para no dejarme atrapar por el pesar de un precipitado y quejumbroso adiós, pues en el Camino nunca se sabe si una despedida va a ser definitiva.

Pero como no hay trazados que lleven recto a esa certeza,  un rato después no dudé en separarme para seguir con mi propósito y en Muruzábal tomé el desvío a la izquierda en dirección a la Ermita de Santa María de Eunate. 

domingo, 17 de enero de 2016

El picahielos

INSTINTO BASICO (1992), de Paul Verhoeven

Una escritora de éxito, brillante, rica, bella...y libre. Alguien que sin pretenderlo y ante la indiferencia por sostener certeza alguna, plantea una paradoja a la mente racional de aquellos que la implican en un crimen por probar. Sin la angustia ni la necesidad de reivindicar su inocencia les empuja a revisar su propio concepto del bien y del mal, guiados por el timón de quien no se deja conducir sino que sigue su propio rumbo. Y no siente desasosiego al levantar sospechas, al contrario, parece encantada con ello. No muestra la más mínima inquietud  ni le intimida el interrogatorio al que es sometida, porque lo único que Catherine Tramell desea confesar es que acepta su propia singularidad, negándose a repetir un modelo de mujer ya conocido en el que instalarse cómodamente. No le importa ser señalada con dedo acusador, no siente malestar, sino que disfruta de ser observada. Y cuando más siente la mirada reprobadora fija en ella, es cuando más se atreve a mostrar la entrepierna de sus pensamientos, huyendo del refugio de la mediocridad, del no diferenciarse, del pasar desapercibida en su condición de mujer que no siente el peso de la conveniencia de ser políticamente correcta. No hay forma de impulsarla a hacer y decir lo que no siempre coincide con lo que piensa y siente y no admite lo adecuado, lo apropiado, cuando es planteado con el único objetivo de no despertar desconfianza. Porque la mujer que no es complaciente, condescendiente, que no muestra signos de debilidad, que no espera ni necesita la protección del hombre, que no depende afectivamente de nadie, la mujer que es arrogante, se convierte automáticamente en sospechosa.

Transgresora. Provocadora. Su conducta no se corresponde al estereotipo de mujer convencional. No se acomoda. No se esconde en la semejanza. No encaja en patrón conocido. Ella es como es. Encuentra placer en hacer justamente lo contrario de lo que se espera de ella. No da el perfil de mujer que no planteará problemas, ni siquiera pretende disimularlo, es más, se recrea en la idea de ser el detonante de conflictos que adivina latentes en todos aquellos que se cruzan en su camino.

Ambigua. Con una belleza que no reside únicamente en un físico espectacular, sino que tiene su punto de partida en el convencimiento, en la seguridad de su indudable atractivo. Se sabe deseada por hombres y mujeres y ello no le confiere una actitud pasiva, de recepción, sino decidida, y actúa proyectando su voluntad para explorar los límites de su ilimitado erotismo. No necesita agradar a los otros sólo para obtener su aprobación. Ni teme, ni se avergüenza de sentir placer.

Audaz. No se le adivinan límites a su deseo de vivir intensamente cualquier situación. Fuma, bebe, consume drogas, colecciona amantes, conduce a gran velocidad, se entrega a sus caprichos. Parece no ocultar nada, actúa con indolente descaro y no esconde una actitud desafiante. A todos los que se acercan les exige atrevimiento para responder al reto de enfrentarse al oscuro abismo de lo desconocido, porque primero hay que saber muy bien quién es uno y qué quiere, para después poder descifrar el interior de una mujer que no busca ser amada, ni siquiera ser temida, de una mujer que no busca nada, que simplemente, es.

Seductora. Transmite una sensación de serenidad y frío cálculo. Persuade. Convence. Cualquiera estaría dispuesto a seguirla tras la ciega promesa de descubrir el origen de su carisma. Intuitiva. Enérgica. Vital. Maneja habilmente sus emociones. Conoce y adivina las motivaciones más íntimas de los demás, penetra en su interior con temeridad. Sus palabras proceden como preciso bisturí de cirujano, abriendo el tejido de los sentimientos ajenos para dejarlos al descubierto y en carne viva, hasta hallar la causa del dolor inconfesado. No coquetea sumisamente, su capacidad de seducción tiene un aire amenazante que tiene su origen en una total ausencia de miedo al rechazo y al fracaso.

Hábil. Tan hábil como para confundir y desviar la evidencia de su supuesta maldad, porque en todo momento se muestra convencida de su poder de comunicación, manifestando su conocimiento, arrastrando a los demás por su capacidad de resolución. No oculta su pensamiento, pero no es explícita. No es retorcida, pero sí manipuladora. No facilita la accesibilidad, más bien la complica. Porque desentrañar el misterio de la identidad de Catherine Tramell no está al alcance de cualquiera y ella lo sabe. Todos aquellos que lo intentan se verán sometidos a la obligación previa de admitir la propia incapacidad para acometer dicha empresa, enfrentados al dilema de reconocer que, aunque posiblemente existan motivos para condenar su conducta, no pueden hacerlo, ya que saben que en ellos mismos habita un ser susceptible de condena, un ser que aunque no se comporte de forma reprobable, a menudo sí alberga el íntimo e inalcanzable deseo de huir del compromiso de la apariencia convenida por todos. La diferencia consiste en que ella no se culpabiliza por ello, sino que disfruta de esa ambivalencia, lo que la rodea de un halo de sorprendente e iluminado magnetismo.

Todo en ella es indicio de intencionalidad, de inconformismo rebelde, de riesgo. Ahí reside su fuerza y su poder, su valor y su autenticidad. En el secreto que permanece concentrado en el misterioso uso que hace de la libertad de ser ella misma, en el sentido de servir a su propia vida en la medida deseada, sin injerencias, sin la imposición de ceñirse a un modo cuadriculado de saborear, cuando hay que saborear, y de engullir, cuando hay que engullir, el trago prohibido. Y todo ello, sin más recursos que los proporcionados por la cotidianeidad más simple al alcance de su mano, la que se maneja sabiamante y con firmeza sobre el mango de un quizá no tan inocente...quizá no tan inofensivo...pero corriente y vulgar picahielos.


domingo, 10 de enero de 2016

Otra mañana



          Salió a pasear su soledad de forastera. El día, lánguido y temprano, se despedía de la noche deslizando su luz tenue por las calles vacías. Hasta las flores de papel, ayer relucientes, yacían inertes y marchitas. Los pétalos de rosa seguían en el suelo y el eco del tamboril en el aire, al que se lanzaron tantos besos. Y todavía resonaba el filo de la espada rasgando la noche. La última noche. Otra vez una última noche.

          Y otra vez, como el que espera cobrar una deuda pendiente, la tristeza, callada, paciente, acechando al doblar la cal de las esquinas. De sombra en sombra y de reja en reja. Persiguiendo los pasos que por cuestas y callejas podría recorrer con los ojos cerrados. Sin compadecerse, como si hubiese dejado una promesa incumplida. Mansa tristeza en su balcón celeste y blanco. Guardián de  puertas cerradas. De ojos que quisieron, una vez más, mirar lo que no se vio mil veces. Tan perdido como los perdidos momentos. Como los sueños perdidos. Como otras despedidas. Otras noches. Otros besos.


viernes, 8 de enero de 2016

Camino de Santiago (X)


Y te diré quién eres

Casi nadie usa despertador en los albergues pero todos saben cuándo es la hora. Las primeras señales surgen de una oscuridad que no invita a abandonar la cama, aunque se trate de una cama extraña. El ritual de todas las mañanas da comienzo con un crujir de muelles y alguien que se remueve en su saco. La luz de pequeñas linternas apuntando al fondo de ruidosas bolsas de plástico. Alguna tos. Cuchicheos entre idas y venidas al baño y mochilas de aquí para allá. El sueño quema y los pies se lanzan al suelo desnudo. Nadie se queja. Mi despertar es alegre, lo primero que pienso es que voy a caminar y eso hace que me olvide del madrugón. Una vez lista para iniciar la marcha me quedo a esperar a mis compañeros de camino hoy. Pero Laura y Cécilia han tomado decisiones por Roger. Llaman por teléfono a un servicio de transporte para que trasladen su mochila hasta el próximo albergue, en Puente la Reina. Durante un buen rato nadie contesta al teléfono. El hospitalero busca en una libreta usada el número de otras empresas similares. Nada. Nadie descuelga al otro lado de la línea. Apostada en recepción, me entretengo en curiosear en los papeles que cuelgan del tablón de anuncios. Hay de todo: mapas de la zona, fotos, información sobre servicios varios y algunas notas ilegibles que, de tan desgastadas, ni me esfuerzo en descifrar. Una docena de libros en un estante y lo que más llama mi atención: una caja con objetos que la gente ha ido dejando y con un cartel con las palabras "Deja lo que te sobra, toma lo que necesites", presuponiendo que los peregrinos van a llevar peso extra del que poder prescindir y también que, a menudo, algo les va a faltar. Y aunque el mensaje de la caja me llega, no lo hago mío en ese momento. Porque no quiero esperar y me despido, dejándoles allí con un problema, pasajero pero problema en el que no quiero implicarme. No es mi camino
 - me digo-. Ya me alcanzarán.

Hoy sé lo que aquella caja me dijo y yo no quise oír. Tuve la ocasión de haber dejado en ella la irritación por la espera y haber tomado un poco de la paciencia que me faltó por empezar a caminar. Por esa razón no me sentí del todo satisfecha cuando decidí marcharme sola. No necesitaba correr, tenía todo el día por delante pero yo tenía mucha prisa porque una simple caja me había revelado algo sobre mí que no me gustaba y sólo quería huir de allí.