Y te diré quién eres
Casi nadie usa despertador en los albergues pero todos saben cuándo es la hora. Las primeras señales surgen de una oscuridad que no invita a abandonar la cama, aunque se trate de una cama extraña. El ritual de todas las mañanas da comienzo con un crujir de muelles y alguien que se remueve en su saco. La luz de pequeñas linternas apuntando al fondo de ruidosas bolsas de plástico. Alguna tos. Cuchicheos entre idas y venidas al baño y mochilas de aquí para allá. El sueño quema y los pies se lanzan al suelo desnudo. Nadie se queja. Mi despertar es alegre, lo primero que pienso es que voy a caminar y eso hace que me olvide del madrugón. Una vez lista para iniciar la marcha me quedo a esperar a mis compañeros de camino hoy. Pero Laura y Cécilia han tomado decisiones por Roger. Llaman por teléfono a un servicio de transporte para que trasladen su mochila hasta el próximo albergue, en Puente la Reina. Durante un buen rato nadie contesta al teléfono. El hospitalero busca en una libreta usada el número de otras empresas similares. Nada. Nadie descuelga al otro lado de la línea. Apostada en recepción, me entretengo en curiosear en los papeles que cuelgan del tablón de anuncios. Hay de todo: mapas de la zona, fotos, información sobre servicios varios y algunas notas ilegibles que, de tan desgastadas, ni me esfuerzo en descifrar. Una docena de libros en un estante y lo que más llama mi atención: una caja con objetos que la gente ha ido dejando y con un cartel con las palabras "Deja lo que te sobra, toma lo que necesites", presuponiendo que los peregrinos van a llevar peso extra del que poder prescindir y también que, a menudo, algo les va a faltar. Y aunque el mensaje de la caja me llega, no lo hago mío en ese momento. Porque no quiero esperar y me despido, dejándoles allí con un problema, pasajero pero problema en el que no quiero implicarme. No es mi camino
- me digo-. Ya me alcanzarán.
Hoy sé lo que aquella caja me dijo y yo no quise oír. Tuve la ocasión de haber dejado en ella la irritación por la espera y haber tomado un poco de la paciencia que me faltó por empezar a caminar. Por esa razón no me sentí del todo satisfecha cuando decidí marcharme sola. No necesitaba correr, tenía todo el día por delante pero yo tenía mucha prisa porque una simple caja me había revelado algo sobre mí que no me gustaba y sólo quería huir de allí.
