No pesa
Cuánto sabe este camino, yo ni siquiera había pensado que un bastón era lo que necesitaba. Qué simple, ha bastado un apoyo para cambiar mi estado de ánimo. Sé que me llevará de la mano hasta donde necesite unas dosis de protección extra. Lo sé pero me lo vuelvo a repetir, nunca será suficiente, hay que confiar, confiar siempre. Mis preocupaciones se desvanecen al tiempo que se hace de día en las inmediaciones de Irache y nos vamos acercando a su celebrada fuente de vino. Coincidimos con Fernando y Alexander y entre risas nos hacemos fotos delante del grifo cerrado. De la fuente no brota nada porque son las siete y hasta las ocho no hay vino para nadie. No me siento decepcionada, en el caso de que hubiera salido el vino lo hubiera probado, desde luego, pero no es algo que me entusiasme demasiado. A mi alrededor se extiende la frustración. Algunos tenían sus cantimploras vacías para rellenarlas de Rioja. Antes de retomar la marcha, Laura me pide que le haga una foto delante de una puerta, dice que le encantan porque nunca se sabe lo que hay detrás.
En Villamayor de Monjardín paramos al primer café. Como no tengo esa costumbre me quedo fuera, en la calle. Laura y Cécilia aparecen extrañadas porque Roger, cuando aún no son las nueve de la mañana, se ha pedido una cerveza. Coincidimos al pensar que este hombre tiene cosas raras, a veces. Sus despistes son objeto de comentario entre los peregrinos; va perdiendo calcetines, nunca encuentra su pipa, se deja el bastón en cualquier parte...pero ahí están sus dos ángeles de la guarda, atentas a todo. "Roger ¿Tu as pris tes medicaments?", "Roger, tu as ta pipe", "Roger, ton baton". Ellas le llaman "abuelito", le tratan con una ternura inmensa y pocas veces le pierden de vista. La señora del bar sale a fumarse un cigarrillo con nosotras y nos cuenta que le han desaparecido dos mantas, prestadas a dos peregrinos que han pasado la noche por aquí. Lo único que le preocupa es que no podrá dejárselas a otros que llegarán después y que podrán necesitarlas. No concibe que nadie cargue con ese peso extra. Dice que buscará mejor, igual las han dejado en otra parte.
Una vez pasado el aljibe medieval de la Fuente de los Moros, el camino transcurre por largas pistas forestales de gravilla, polvo gris y campos sin cultivar, un paisaje muy poco atractivo que Laura y yo miramos de vez en cuando, pero que no vemos. Por ser el primer día que recorremos juntas toda la etapa, nos sumergimos en una conversación larga e intensa. Hoy, por ser su aniversario y porque a mí ya me queda poco camino, me hubiera costado separarme de ella. Quiero aprovechar todo el tiempo que me queda para disfrutar de su compañía y sé que ella también. No nos lo hemos dicho, no hace falta. Aunque hablamos con palabras nos entendemos sin ellas. Las dos sentimos lo mismo. No sé cómo pero sé que las dos lo sabemos. El rato se nos pasa sin darnos cuenta de si andamos, si llevamos mochila o si hace calor. El tiempo fluye y sólo estamos nosotras dos. Me cuenta muchas cosas, cosas que guardo para mí, recuerdos de su infancia, sus deseos, sus desvelos, sus proyectos...su vida. Y yo la escucho y me dejo llevar a un lugar que ha vestido de colores su corazón y que veo brillar en sus ojos. La veo dormida sobre la tierra roja de una humilde cabaña en un país lejano, cuya diminuta cocina está llena de mujeres que todo lo que tienen que decir lo muestran en sus manos. En una lengua que desconozco, me enseña palabras que he olvidado pero no el recuerdo de su dulce sonido. Junto a ella viajo rumbo al país donde el pasado, cualquier pasado, lleva a un presente en el que no puedo más que convencerme de que el futuro nos aguarda siempre con alguna inesperada y maravillosa sorpresa.

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