sábado, 13 de febrero de 2016

Camino de Santiago (XIII)


Puentes y más puentes

No sé si por efecto del ritual, pero con mis niveles de entusiasmo ajustados me encamino hacia el siguiente objetivo: el Albergue de los Padres Reparadores, en Puente la Reina. Al planear mi viaje, me convencí de que si conseguía llegar hasta esa localidad podría darme por satisfecha. Creí que iban a ser mayores las dificultades y tener ese sugerente nombre como próxima meta me alivia de cierta presión. En alguna parte de mí, la línea que separa éxito y fracaso pasa por llegar a atravesar el famoso puente medieval sobre el río Arga. Un lugar de paso obligado en el periplo de todo peregrino que, desde tiempos antiguos, quiere llegar a Santiago desde esta punta del mapa. 

Mi mente se traslada a una época de castillos y caballeros armados librando contiendas por la disputa de unas lindes que quizá anduve pisando, quizá ahora mismo bajo la planta de mis pies. Si tanto se ha combatido por estas tierras, no debo temer por la particular guerra que mantengo conmigo misma, a la que otorgo tratamiento de pugna menor. Así que voy tranquila y confiada porque estoy en vías de superar la mejor de mis previsiones. Pero, si los días de camino que he dejado atrás me han enseñado algo valioso, es que no se puede cantar victoria prematuramente. Por ello no me concedo permiso para sentirme vencedora. 

Al llegar al núcleo urbano de Óbanos, tras una pronunciada pendiente, pierdo la pista de las señales que indican el rumbo. Lo peor no es perderse, lo peor es tener que volver atrás hasta encontrar la última concha, la última flecha amarilla. Durante el recorrido no siempre se mantiene la concentración porque los pensamientos siguen su propia hoja de ruta y, en el caso de hoy, el cansancio y el calor contribuyen a aflojar mi atención. Voy algo apagada, llevada por la inercia hasta que reparo en que ignoro por dónde continuar y ni siquiera sé por dónde he venido. En condiciones normales me hubiera recriminado el despiste pero no dispongo de reservas de energía suficientes para malgastarla de ese modo absurdo. Perdida la senda, aflora el sentido común. Pruebo por una calle, otra, miro en las esquinas, busco algún signo en el suelo, algún mojón. Qué raro. Me resisto a preguntar, entre otras cosas porque son las tres de la tarde en pleno verano, es un pueblo pequeño y no hay nadie en la calle. Y ni rastro de peregrinos. Se me ha presentado un pequeño problema, es el riesgo que corre el que pretende resolverlo todo por sus propios medios. Pero así como en la vida, el Camino nunca cierra todas las puertas y me acerco a la única que encuentro abierta, un garaje particular con gente al fondo, muy al fondo. Me cuesta un infierno asomar la cabeza, hacerme notar. Parecen muy ocupados y tengo que escalar un peldaño más en la dificultad que me entraña pedir ayuda. Por fin elevo la voz y me atrevo a preguntar de lejos. Me indican, despreocupados, que hay que seguir por una pequeña plaza para desembocar en una plaza mayor y sospecho que, a pesar de no ser la primera persona ni la última que les aborda con la misma y repetitiva vacilación, esas gentes siguen y seguirán respondiendo con la misma amabilidad. Como si supieran que les corresponde tomar el relevo ante la ausencia de señales y aceptando sin más la utilidad de su función. Posiblemente hubiera encontrado la plaza de los Fueros de todos modos pero con un degaste mayor que el soportado por el extravío que mi orgullo ha tenido que atravesar.
En el parque de la plaza, me tumbo sobre la hierba a contemplar la iglesia de San Juan Bautista, su torre es de una belleza arrebatadora. Un grupo de niños juegan alborotados y ese griterío contrasta con la severidad que desprende todo el conjunto. Frustrado mi intento de reposo, reanudo la marcha después de pasar bajo un majestuoso arco apuntado coronado por almenas. Una bajada y Puente la Reina a tiro de piedra. Tropiezo con un albergue pero no es el que me interesa porque quiero encontrarme con Laura. En esto que escucho unas voces a cierta distancia. Alertada, giro la cabeza y veo a alguien que mueve sus brazos intentando llamar mi atención desde la terraza de un restaurante. Es la señora del ritual de Eunate, gritándome que sí, que era verdad, que yo tenía razón, que luego caminó mucho más cómoda... A distancia, nos saludamos con sincera alegría desplegando risas y miradas de complicidad, deseándonos buen camino.

Ella se quedó allí. Yo continué hasta mi destino con una sonrisa en los labios. Pensativa. E
ncajando las piezas de la inesperada sorpresa que acababa de recibir. Y muy contenta por haber contribuido a que se sintiera orgullosa de su hazaña. Quién sabe cuántos inconfesables puentes sobre el miedo tuvo que atravesar en su batalla contra unos inofensivos guijarros. No la volví a ver y a menudo me he preguntado si llegó a Santiago o si se acuerda de mí. Ni siquiera recuerdo su rostro. Pero tengo ese instante grabado en mi memoria, cuando compartió conmigo su pequeña conquista.