domingo, 29 de noviembre de 2015

Lo strepito

HASTA EL FIN DEL MUNDO (1991), de Wim Wenders

-Quiere ver sus sueños.

El ordenador tomaba información visual directamente del cerebro. Decodificaba los impulsos eléctricos y los transformaba en imágenes. 


-El interior de nuestra mente, los sueños y todos los pensamientos son secreto. Y nada cambiará.

-Non sembra promettere bene.

Al principio sólo se apreciaba un ritmo caótico de ruido digital, luces y colores. Pero al final emergieron formas.


-Es hermoso...mirarse el alma.

-Nos devorará vivos.
-Debemos parar, pero ¿cómo?
-Lo hemos anhelado siempre. Vivimos por esto.

-¿No querrá hacernos creer que no quiere ver sus sueños?...
-Sólo una vez.

El ordenador interpretaba el equivalente de las emociones de quien soñaba. 
Mientras uno dormía, los otros se afanaban sobre las pantallas, esperando, mirando, anhelando ver un sueño. Vivían para ver sus sueños y cuando dormían, soñaban con sus sueños. Los sueños, que deberían haber sido olvidados con la primera visión, se convirtieron en su dieta, cada vez más concentrada. Sus mentes crearon monstruos que no podían soportar pero tampoco vivir sin ellos.

-De pequeña soy tan feliz...
-Pero siempre caigo.
-¿Por qué caigo siempre?
-¡No me dejéis siempre sola!
-¿Por qué siempre me dejáis sola?

-Cada vez que llego a esta parte del sueño todo está confuso.
-Quiero soñarlo otra vez para definirlo mejor.

Habían llegado juntos a la isla de los sueños pero poco después se alejaron. Se ignoraban, se abandonaron. 
Emociones e imágenes emergían desde un pasado ya olvidado. Vagaban por mundos perdidos. Los sueños les sumieron en el agujero negro del aislamiento.

Alla fine persero del tutto il contatto con la realità.

Cuando fui a salvar a Claire, su única preocupación era tener pilas nuevas para su monitor.


-¿Puedes hacerlo funcionar?
-No, Claire, está muerto.
-Io sono morta!
-Il mio cuore è morto.

Buscaron a Sam entorno al laberinto en el que se había refugiado. Le hubieran podido encontrar, si él hubiese querido.

Ma era impossibile trovare un uomo perso nel labirinto dell'anima.

Yo quería ayudar a Claire, pero no sabía cómo. No sabía cuál era la cura para la enfermedad de los sueños. Yo sólo sabía escribir.

Le parole non sono d'aiuto ma erano la sola cosa che avessi.

Yo creía en las palabras. Rogué para que la verdad de las palabras aquietase el estrépito de los pájaros en el cielo.

-Te llevaré con mis viejos amigos. Vivirás con ellos. Te quitarán los sueños.
-Y después ¿qué sucederá?
-¡Sta a te inventarlo! 



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Camino de Santiago (V)


Al otro lado

Algunos de los nombres propios que se cruzan durante el Camino están tendidos hacia un profundo significado. Los puentes siempre llevan a alcanzar otro lugar. Una parte de la persona que yo era se quedó a una orilla del río. La que atravesó el puente lo ignoraba. Ha sido labor del tiempo mostrarme dónde y cuándo se desprendieron algunas partes viejas e inservibles. No se trata de nada trascendente ni extraordinario. Son cosas que ocurren a menudo, pero nos pasan desapercibidas entre la rutina diaria.  

Encontrar este río de aguas tranquilas al fondo del barranco es algo que no esperaba. Me veo sorprendida continuamente; no me he preparado las etapas, no sé cuál es la distancia entre poblaciones ni al albergue que tengo que ir. Dejo que me guíe la intuición o me voy detrás de otros peregrinos. A pesar de que ayer mismo estaba saliendo de mi casa, la sensación es de haber transcurrido siglos. En sólo un día de Camino me he familiarizado con unas nuevas maneras y cada vez me siento más cómoda en ellas. En este nuevo territorio me resulta mucho más fácil desenvolverme, porque no hay que aprender códigos de circulación. Sólo hay que seguir unas señales, unas indicaciones mínimas que, con total seguridad, te llevan en la dirección correcta. Y saber, sin margen para la duda, a dónde vas, facilita las cosas enormemente. 

El albergue municipal de Zubiri es muy básico; austero, sencillo, usado, suficiente. Nada que ver con Roncesvalles. Para mis ojos de ayer, aquello era agradable y ésto no. Hoy veo un techo, una cama y un baño, y no reparo en las condiciones pues hace un rato no tenía nada. Sigo sin tener nada, únicamente siento como mía la sensación de un orden sobrecogedor en lo que no se ve. En lo que no puede ser explicado con palabras que no son útiles.  
En el patio delantero hay fiesta hoy. Los peregrinos, con elegantes diseños de Quechua y Salomon, se van situando en las soleadas escaleras del ala sur, donde la comodidad es ofrecida en bandejas de chispeantes sonrisas con un chorrito de satisfacción en la mirada cómplice. La cena será servida en el comedor principal y se ruega a los comensales que tomen asiento para degustar unas confidencias tibias a la crema de dulce atardecer. Los caldos han sido seleccionados para enjugar desamparos en copas de cristalino presente. De postre, ilusión. En el salón de fumadores echan humo las condecoraciones que, en forma de tiritas, son mostradas como señal de valor. Toca la orquesta peregrina para guitarra y armónica. Canciones de siempre. Baila bajo la emoción cuando aplaudimos con nuestro agradecido pero maltrecho entusiasmo. Damas y caballeros: sus habitaciones están listas y deben retirarse, pues en este reino no está permitido hacer esperar a los sueños.

Mi recuerdo más entrañable para Cécilia , francesa de mirada y ojos claros. Roger, belga y de todos los sitios. Miguel, sevillano guasón y su mujer, Cris, de la que recuerdo su emoción al despedirnos. Las dulces Rosa y Marisa, madrileñas, siempre con una cálida sonrisa. Michele, el paparazzi italiano. David, valenciano de palabras transparentes. Quni, el atleta cántabro. Joan, catalán, que me hizo una foto en Puente la Reina. Ana, de Toledo, que también había dejado a su hijo. María José, de Murcia y su camino interruptus. Tom, holandés de vuelta. Fernando, toledano y de Irache. Una chica de Boston de la que no recuerdo el nombre y a la que no vi más. Alex, alemán pegado a una guía del Camino para singles. Brigitte, francesa, que durmió a mi lado. Y muchos más. Pero muy especialmente para Laura, de corazón francés y sangre española, mi compañera de camino, mi alma gemela, mi Luga, mi amiga.



Anteriores:

I. Con lo puesto
II. Roncesvalles
III. La puerta abierta
IV. Y sin llaves

domingo, 22 de noviembre de 2015

Veo

AVATAR (2009), de James Cameron


Jake Sully ha soñado que volaba entre las nubes de otro mundo. A pesar de su limitación física, ha sobrevolado cielos mientras dormía. La función que va a desempeñar estaba destinada para su hermano gemelo, un hombre de ciencia entrenado para una misión que requería estar preparado con conocimientos específicos. Pero su hermano ha muerto y él ha sido designado para sustituirle porque comparten una genética común. El cerebro de Jake está vacío de ese tipo de saber. Es un militar. Un hombre de acción. Posee un corazón pletórico de fuerza y carente de miedo, aunque muy herido.

Él no sabe mucho de las razones e intereses que le han depositado en las selvas de Pandora. Sólo quiere lo que le falta para sentirse humano y será en otro cuerpo encarnado donde descubrirá verdadera plenitud tras sus ojos cerrados. Su avatar es un regalo. Su dolor, una oportunidad. El deber, una costumbre. Porque sólo alguien verdaderamente desesperado está dispuesto a cambiar nada por nada. Quedarse sólo, perdido en una desafiante oscuridad no es mucho peor que hallarse acompañado, cuando la plena luz no es menos amenazadora. 

Son los espíritus del bosque los que le señalarán para ser indultado por una flecha que sólo hará diana en su corazón. Porque aunque él aún no lo sabe, ya está escrito en su sangre que busca nacer en otro, el mismo que ignoran los Na'vi que andan buscando también. Tendrá que aprender a mantener el equilibrio sobre el abismo que separa el vértigo del sueño del precipicio de la realidad, entre lianas que aparecerán cuando necesite agarrarse. Sólo tiene coraje y voluntad, no necesita más para entender que mejorar es también dejarse ayudar y corregir por los que más saben. Poco a poco irá vaciándose de lo que fue, para llenarse de lo que es.

Descubrirá que la soledad es la pesadilla del que toma sin entregar nada a cambio, del que destruye sin pedir perdón, de aquel que recibe sin expresar su agradecimiento. En el momento decisivo, deberá elegir y ser elegido por lo que intentará destruirle, porque no es posible lanzarse a volar sin antes haber domado el miedo a ser derrotado, el más feroz de entre todos los temores. Enfrentado a la sombra de las últimas dudas, comprenderá que el amor es un haz de luz que a todos alumbra sin tomar parte. Que la verdadera traición es una piedra en el sentimiento. La Responsabilidad, cuidar de las infinitas ramas del árbol de todos. Las órdenes del alma, la única obediencia.

Acogido por una maleza inhóspita sólo en su superficie, arrullado por la raíces del bien común, sumará su voz a todas las voces que merecen ser escuchadas, aquéllas que dicen que se permanece dormido a la auténtica realidad; aunque son los ojos los que miran, se ve con el corazón. Y alguna vez hay que despertar.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Camino de Santiago (IV)


Y sin llaves

Me tiemblan las certezas con el primer paso. Los siguientes saltan decididos, alborotados ante la promesa de una largamente anhelada libertad. Camino sola. Inspirando, embriagada, el perfume de mil naturalezas y muchas más. Expirando soledad. La lluvia se muestra misericordiosa porque, por momentos, siento la caricia de sus gotas. Las hojas de las hayas cantan, dirigidas por la batuta del agua. Un mullido tapiz de todos los marrones murmulla bajo mis pies confortables. Confundo luz y oscuridad. No sé a dónde mirar. Me enamoro de un cielo, de una babosa, del resplandor de millones de gotas de rocío, porque hoy quiso ser atrevido un tímido rayo de sol. Mi caminar está emborrachado, tambaleado por los vapores de jóvenes y claros verdes, intensos crianza, de profundos verdes gran reserva. Todo es demasiado y demasiado poco para mi mirada, tan pequeña....que, paso tras paso, va perdiendo interminables rincones para ganar un horizonte más.
Durante esas primeras horas, a pesar de la oscuridad en el monte, del frío y de la lluvia incesante, mis pies no llegaron a tocar el suelo. Una fuente de energía desconocida me transportaba y yo me dejaba llevar porque, en aquellos momentos, sólo la irrealidad podía superar a toda la magia que yo presentía en el pequeño espacio que ocupaba mi ser entre el cielo y la tierra.
La prolongada y pedregosa bajada a Zubiri me cae mal, porque me arranca del ensueño, exige concentración y se me hace pesada, infinita, rompepiernas. Sigo andando por inercia, sin saber que estoy a punto de acabar mi primera etapa en el Camino. Aún ignoro el nombre del puente que cruzo al final de la cuesta y no sospecho que quizás sabe muchas cosas sobre mí. Me siento un rato en la orilla, no por descansar sino porque es una orilla de las que invitan a sentarse un rato. Tengo los pies machacados de tanta piedra pero hace rato que dejó de llover. Después de caminar durante largas horas, no tengo ni idea de lo que me espera a continuación pero transpiro descanso por toda mi piel.


Anteriores:
I. Con lo puesto
II. Roncesvalles
III. La puerta abierta

sábado, 14 de noviembre de 2015

Charlot



EL CHICO (1921)
Un hombrecillo extraño, con un diminuto cuerpo que cubre con un sombrero pequeño, zapatos grandes, chaqué estrecho, pantalón ancho. Un ser que no encuentra atuendo a su medida y que, a pesar de la incomodidad de unas prendas que no son suyas y que se caen a pedazos, se adorna, en un esfuerzo por parecer digno y aparente, con un bigote vanidoso y un bastón de caña que le aporta maneras de suficiencia, de descaro.

Indefinible. Inclasificable. Pícaro y caballero. Cínico y sentimental. Alegre y despreocupado. Farsante y bondadoso. Un hombre sin amigos, sin patria, sin clase social, que no sabe a dónde va ni de dónde viene, sin raíces, sin pasado y sin porvenir. 


LA QUIMERA DEL ORO (1925
No es un modelo de virtud, posee mil y un defectos, trata de enfrentarse arrogantemente al mundo, de farolear, y lo sabe, tan bien lo sabe que puede compadecerse y a la vez burlarse de su suerte. En contínuo conflicto con la ley, debe huir siempre, a punto siempre de ser atrapado y sin embargo, logra siempre escabullirse. Por su abandono y su resignación resulta vencedor de la fatalidad y los déspotas. Siempre apaleado, Charlot se venga, pero nunca resulta malvado. Persuadido de su inocencia y su razón se venga por medio de la risa. No se rebela, a lo sumo pone mala cara ante las órdenes y las obligaciones. Ante alguien más fuerte que él, no manifiesta violencia que pueda volverse en su contra. Soñador y práctico, no dudará en robarle un caramelo a un niño, o de desprenderse de lo que tanto necesita para entregarlo a otro aún más necesitado que él. Conmovedor y revoltoso, no reprimirá su deseo de propinar una patada en el trasero a quien le molesta, ya sea un policía o una dama.

Con todas las cualidades humanas más contradictorias, Charlot es un hombre verdadero, en su totalidad y en su esencia. Un hombre libre que sólo responde ante sí mismo, un ser humano liberado de todas las cosas, un vagabundo. El que no cuenta, el que nada puede contra el mundo, el eterno vencido.


TIEMPOS MODERNOS (1930)
Algo que en el secreto de nuestro espíritu y en la realidad diaria de la vida nos sentimos todos poco o mucho, en esta época de máquinas todopoderosas, de guerras universales, de matanzas de millones de personas de manera científica y organizada, de miles de exiliados, de vagabundos sin hogar. Gente que sobra, que son superfluos, prescindibles. 

Charlot habla directamente a esa parte de todo corazón humano que conserva la capacidad de sentir que ser Persona es, íntimamente, lo máximo a lo que podemos aspirar, y externamente, lo mínimo que debemos exigir. De la unión de ambas cosas depende que el valor Persona recupere el significado que por derecho le corresponde. Esa es la gran tragedia de nuestro mundo al que Charlot grita su dolor sin voz.


EL GRAN DICTADOR (1940)
Porque no es un revolucionario y, si enarbola banderas que son en realidad un trapo teñido de éste o de aquel color es porque él...pasaba por allí. No es un mártir, pero prefirió perder una parte de cerebro antes de concebir en él cualquier totalitarismo. No es un ingenuo, pero no pudo volver la espalda para abandonar aún más a un niño abandonado. No es un héroe, pero sobrevivió a montañas de oro, a la soledad helada y a la desesperación le puso ingenio.


LUCES DE LA CIUDAD (1931)
Chaplin no fue un intelectual. Pasó por este mundo sin necesitar de palabras con las que mostrar la esencia secreta de las cosas. Él sólo fue un artista, un cómico que sigue y seguirá haciéndonos sentir y pensar, únicamente armado "con una sonrisa y tal vez...una lágrima".

miércoles, 11 de noviembre de 2015

El río

EL RÍO (1951), de Jean Renoir

                                                                 "Ésta             es la
                                             historia         de mi  pri
                                           mer amor.      En  ella  
se 
                                           cuenta  lo que es crecer 
                                            orillas de un río salvaje,
                                               aunque   el   primer 
                                                  amor   debe   ser 
                                                     igual en todas 
                                                          partes".


Así, con la voz en off de Harriet, empieza "El río", algo más que una película, un poema en imágenes, un lienzo en movimiento, una deliciosa joya de belleza sutil y una obsesión personal.

Construida al ritmo lento, majestuoso e imparable del río Ganges, narra el crecimiento de tres adolescentes que descubren y sufren su primer amor. Viven a orillas del río, "que todo lo trae y todo se lleva". Y un día, aparece un joven oficial que busca en la India una forma de olvidar heridas que vemos y otras que no vemos. Sumergido en su propio mundo interior, no se sensibiliza con la ternura de sus jóvenes admiradoras. Encerrado en sí mismo, no advierte que con su aparición la vida se transforma, pero la existencia sigue fluyendo, como la de ese río que permanece al margen de las pasiones, melancólico y silencioso.

La historia impregna de sencillez la complejidad de la existencia, mediante una simplicidad formal que contrasta con la universalidad de lo que narra. En unas imágenes que poseen música, sonidos, palabras, silencios y miradas. Todos se miran continuamente y son mirados. Con un color extremadamente cuidado hasta el último detalle, en un paisaje en el que los tonos son puros y, al mismo tiempo, están llenos de sugerencias, que traspasan como un velo los azules del río, los verdes del césped y los rojos del cabello de sus protagonistas. Presentando unos instantes concretos de esas vidas, ni los más trascendentes ni los menores, unos momentos en los que se cambia, se muere, para volver a nacer, siendo los mismos, pero distintos. Porque el amor es una nueva experiencia para ellas y no saben muy bien cómo hacerle frente. Melanie, de padre inglés y madre hindú, desconcertada, perdida entre dos partes de sí misma, Valerie, decidida y obstinada, y Harriet, apasionada, soñadora, que escribe como refugio a su amor desesperado. Las tres tratan de llamar la atención del Capitán John, cada una a su manera y simbolizan, sin duda alguna, el conjunto de emociones con que ha de luchar toda mujer que está enamorada.

El Capitán, atormentado, decide que el río le lleve con sus dudas a otra parte y con su marcha pone fin a los sueños de unas niñas que han dejado de serlo, dejando tras de sí un rastro de realidad. Valerie llora.


 -¿Lloras por qué me voy" -pregunta él-.
- No, no lloro porque te vas. Lloro porque se va todo.

Ha descubierto que ese primer amor dejará una melancolía que no será sino el principio de otra mayor que durará ya toda la vida, porque, como dice Harriet, "el crecimiento duele". Y que sin amor, la vida era menos dolorosa, pero más vacía. Y el río que lo trajo se lo llevará, una corriente que no es sino el símbolo del paso del tiempo, donde el amor, el feliz y el desdichado, y la muerte, todas las muertes, son arrastrados, vida abajo.

De "El Río" se ha dicho mucho pero no todo. Como de toda gran obra maestra, ya sea de cine, de literatura o de cualquier arte, nunca se puede decir suficiente, porque pertenece a todos aquellos que intentamos acercarnos a su grandeza y comprenderla, como sólo con el corazón se alcanza a comprender. Sin complicarse con preguntas, alivia, de forma sencilla, el desasosiego de vivir, con una respuesta que calma.

Porque ese río exterior está trazado en paralelo a otro interior; el de la vida que nos recorre que, como agua en nuestras manos, bebemos, pero no podemos retener. Que se desliza entre un presente huidizo, resbaladizo y que, como agua, nos deja el sabor fugaz de un instante que se hace recuerdo.

Hay películas que entran por los ojos, por los oídos o por las lágrimas. Yo no sé mucho de cine. Sólo soy una apasionada de "mis películas", de aquéllas que me entran por las tripas, que una vez tras otra puedo saborear, masticar y digerir, aquéllas que me permiten ver lo que quiero ver, oír lo que deseo oír y llorar lo que necesito llorar.


"El río" me entró por el alma.


sábado, 7 de noviembre de 2015

Camino de Santiago (III)



La puerta abierta

En el albergue de la Real Colegiata de Roncesvalles amanece bruscamente a las seis de la mañana pero yo llevo despierta desde ronquidos antes. No ha sido fácil dormir; juraría que he pasado toda la noche en la misma posición. No he descansado lo suficiente y eso es un motivo más de preocupación. Otro más. Las instalaciones son nuevas, todo está impecable pero he extrañado la cama, el saco y hasta el silencio. Los dormitorios están divididos en pequeñas estancias para cuatro personas, en dos literas. Me ha tocado en una de abajo, junto a dos amigos que viajan con la novia de uno de ellos. De Barcelona, los tres. Me mantengo distante, nos damos los buenos días, nada más.
Poco acostumbrada a manejarme con mis pocas pertenencias me resultan demasiadas; voy y vengo a los mismos bolsillos, tomando y dejando las mismas cosas. La mochila aún es un objeto extraño para mí. Una vez de pie y de camino al baño, me atrevo a mirar por la estrecha ventana del dormitorio. Noche cerrada. Lluvia. Incertidumbre. El manual indica que toca pantalón largo, chubasquero, gorro. Si las cosas van a peor, no dispongo de nada más con que protegerme. Vuelvo a comprobar que mi confianza sigue donde la guardé. Una vez lista, desayuno pero nada más que por aligerar la mochila, la cremallera del estómago está atascada. Tomo un chocolate caliente que se me hiela en las manos. Me miro en el cristal de un microondas aunque no me veo. Estoy preparada pero no encuentro el momento de salir. Hay mucho movimiento a mi alrededor, todo el mundo parece tener muy claro lo que tiene que hacer. Todos menos yo. Como si todavía estuviera a tiempo de echarme atrás, me lo repienso y me lo vuelvo a repensar, mientras pierdo el tiempo repasando mi indumentaria, apretando los cordones de las botas, esperando a que, por piedad, deje de llover 

Cubro la mochila y a la espalda. Hay peregrinos indecisos en la puerta del albergue, observo, mientras la atravieso. Por un instante yo también dudo pero sólo por un instante. Despego detrás de una pareja a la que les gritan: han tomado equivocadamente el camino en dirección contraria, hacia Francia. Atrás queda lo que creo seguro. Todo el silencio se ha colado entre mis cosas. Ya estamos solos, el Universo y yo.


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I.Con lo puesto
II.Roncesvalles