lunes, 25 de abril de 2016

Camino de Santiago (XIX)


Ton batôn

De vuelta al albergue, lo primero que hago es ir al encuentro con Laura para enseñarle mi vasito azul. Y las dos con nuestros vasitos nos vamos al patio a tomar el sol junto al resto de peregrinos. Hay mucho movimiento durante la tarde y, al llegar la hora de la cena, nos disponemos en la mesa larga del comedor. Laura es un encanto y no pasa desapercibida para el género masculino, guapa por fuera y por dentro, su simpatía y desenvoltura tiene cautivados a todos. Cécilia y yo nos lanzamos miradas cómplices mientras Laura ríe restándole importancia a un hecho constatado. Al ir junto a ella, lo hemos podido comprobar y confirmar: no hay remedio, ella es la peregrina más fascinante. Pero antes de llegar la noche, Laura, sin encomendarse a nadie, decide irse a dormir y abandona el corro en el que estábamos bebiendo y cantando. Hace rato que la veo apagarse, no ha estado cómoda con la competición que se ha organizado para llamar su atención. Ajena al despliegue de músculo y cortejo me hace un guiño y se va. Y el patio, aún agitado, se queda vacío de repente.

Una vez en la litera, un estruendo de tambores me sobresalta, es la banda local en su pasacalles nocturno pero creo que muchos en el dormitorio ni se han enterado. Cuando despierto, mi primer pensamiento es para Laura, que dos camas más allá ya empieza a ponerse en movimiento. Hoy es su cumpleaños y me lanzo a abrazarla, he querido ser la primera en darle dos besos. Mi segundo pensamiento es para mi cadera que parece estar bien pero mi rodilla...no mucho. Es una ligera sensación de inestabilidad que me tiene más inflamada la cabeza que la propia articulación pero aun así no puedo evitar andar preocupada. En cuanto se han encendido las luces ha sonado Bob Marley como despertador. Su pegadiza música nos acompaña durante el desayuno y a su cansino ritmo hacemos los últimos preparativos. Aún de noche, las mochilas se amontonan en los aledaños del comedor, la recepción, las escaleras, la puerta de entrada. Yo estoy lista y espero ya con la mochila a cuestas, estoy impaciente por comprobar de una vez el alcance de los daños. Lo que tenga que ser que sea ya, lo que me mata es la espera. Tenemos que dirigirnos a otro albergue, allí la compañía de transporte recogerá la mochila de Roger y la de una coreana que sólo habla coreano y que se ha traído mucho más equipo del que puede cargar. No sabemos dónde se ha metido la dichosa coreana, Roger también anda rezagado y Laura y Cécilia están charlando con otros peregrinos. Todos los días es así, la gente se toma su tiempo pero yo tengo prisa por empezar. Por fin salimos. Casi voy contando los pasos, expectante, atenta al más mínimo signo de dolor o incomodidad cuando en el suelo veo un palo de madera, un palo de peregrino tirado en la acera y nada ni nadie alrededor. Lo tomo sin pensar porque tengo claro que estaba esperando al siguiente usuario porque mío no es, yo sólo voy a utilizarlo durante un tiempo asignado porque pertenece a este Camino que, del mismo modo que aprieta en la dificultad, afloja en el remedio.

Y mientras las campanas de la torre dan las seis y tomamos la salida de Estella por su calle principal, Laura y yo repetimos la frase en la que nos apoyamos siempre que la magia acude en nuestro auxilio y que nuestra doblegada razón no admite como fruto del azar. Todo lo que necesitas el Camino te lo da.

miércoles, 13 de abril de 2016

Camino de Santiago (XVIII)


Nuevo sobre viejo

En Estella se rodó "Bajo las estrellas", una película que me encanta, y los últimos pasos hasta entrar en la población se me hacen ligeros porque voy tarareando uno de los temas de su banda sonora. La localidad presenta un inesperado bullicio en sus calles. Es sábado y el ambiente es ruidoso y festivo; un mercadillo medieval está instalado delante mismo del albergue. En la recepción ya no me cuesta preguntar si están registrados mis amigos. Mientras la hospitalera lee la lista entre nombres que no le dicen nada, yo, por encima del mostrador y del revés, los veo mucho antes que ella. Seguidos, uno detrás de otro, inseparables, Roger, Cécilia y mi querida Laura. Me pongo contenta, eso significa que estaré cerca de mi amiga y podremos charlar, como todas las tardes. Pago la cuota convenida y me entrega una funda de celulosa para el colchón y otra para la almohada, envueltas en su bolsa de plástico, a estrenar. Se agradece pero a estas alturas de recorrido ya da lo mismo, tengo muy claro que dormiré donde sea y como sea. Me dirijo al dormitorio, a tomar posesión de la que será mi casa por unas horas. Las buenas impresiones del principio se difuminan cuando reparo en la horrible acústica del establecimiento; es un espacio abierto y muy luminoso pero todo resuena una barbaridad, los sonidos rebotan incómodamente en mis oídos después de conducirse torpemente sobre paredes y techos.

Llegar a los albergues siempre me produce un ligero desconcierto y aunque se ha ido atenuando, en esta ocasión me siento un poco descolocada; tengo que preguntarlo todo, no sé dónde está el dormitorio, no encuentro la ducha, no sé qué cama elegir. Observo de reojo a mis vecinos, intentando adivinar, adelantarme a conocer algunas de sus costumbres pero enseguida acepto que es inútil tanto control, cuando no he venido sino a desprenderme de él. Con el transcurso de los días, me he ido acostumbrando a convivir con la novedad y la necesidad de adaptación rápida. Es el día a día, un hábito que te persigue minuto a minuto. Yo, que siempre he necesitado un margen de acomodación, celebro asombrada cómo se va acortando hasta quedar reducido a un mero ajuste.

Me encuentro a Laura y lo primero que hace es enseñarme un vaso de cristal verde con dibujos, de esos en los que se suele tomar té. Lo ha comprado en el mercadillo, en un puesto árabe. Vaso de té y un dulce, tres euros, me cuenta entusiasmada. Para caminar es indispensable ir escaso y que hay que pensar muy mucho cualquier adquisición porque será una carga extra. Los objetos que nos acompañan son siempre los mismos; la misma mochila, la misma ropa y los mismos enseres. Ver algo nuevo en sus manos me produce un refrescante efecto de renovación y, como hacen los niños cuando ven algo que les gusta, me voy a dar una vuelta yo sola con la idea de hacer y tener exactamente lo mismo que ella. 

Desplazarse por las abarrotadas calles se hace complicado, y mucho más porque me siento agotada, sin fuerzas. Hoy estoy realmente cansada. Camino arrastrando pies y piernas y me pesan los hombros, pero es una sensación de debilidad tan dulce como la pastita de miel y almendras con la que acompaño el té de menta. Es el regalo que me hago, el premio que me he concedido. Me entretengo en los tenderetes. Mi mente está tan despejada, tan vacía y aclarada que parece necesitar llenarse de cualquier cosa, y busca entre pequeños detalles. Me asaltan un montón de impresiones a la vez; el olor proveniente de los puestos de comida, la música de antiguos instrumentos, alguien que te pisa, el sol en la cara. Todo lo percibido es como una delicada tela en la que distingo, entre la seda y el algodón, el hilo de oro con el que se ha entretejido. Huele a guirlache, a flores, a vino. Los niños corretean y los padres saludan a sus amigos. Se prueban anillos las mujeres. La gente se sienta en el viejo puente a charlar. Mis sentidos se han agudizado a pesar de la fatiga física, o quizá por eso mismo, porque no hay rastro de tensión en mi cuerpo y, como un espíritu en mudanza que busca conocer nuevos placeres, recibo cualquier estímulo como si fuera la primera vez.

sábado, 2 de abril de 2016

Camino de Santiago (XVII)


Mil años

Muros de sillar y un pequeño campanario. Un merendero acondicionado recientemente. Piedras por el suelo. Y nada más. La ermita no ofrece nada más. Al acercarme no se ve ninguna apertura, ni siquiera un agujero en la pared. Es toda robusta y parece cerrada a cal y canto, herméticamente cerrada, lo que acrecienta mi curiosidad. Al girar por su cabecera hacia la parte de atrás encuentro un acceso lateral. El hueco de lo que pareció albergar una puerta. El lugar se me antoja aún más solitario que cuando llegué, está fuera del alcance de las miradas de los caminantes, incluso podría ser hasta peligroso pero esas cosas no se piensan en el Camino, si no confiara no estaría aquí. 

Es descorazonador, todo es abandono. No está dedicada al culto ni a la visita turística. El tiempo ha ido pasando por ella y así se encuentra, completamente descuidada. Sólo un minúsculo altar con pequeñas piedras encima y, apoyado en uno de los muros, en una especie de contrafuerte horizontal, una repisa que los peregrinos han convertido en una modesta y singular capilla. Hay notas manuscritas, velas, palos atados con cordeles. Y a excepción del polvo que todo lo cubre, todo permanece intacto. Observo sin atreverme a tocar nada, absorbida por la imagen y por lo que representa, objetos muy simples pero de gran valor para quien los ha depositado ahí. Me invade un sentimiento de comunión, sobrecogida al encontrar huellas de gente que ha pasado por aquí antes que yo y que hizo lo mismo que yo estoy haciendo ahora. Y que probablemente sintieron lo mismo, y quisieron dejar su huella, uno tras otro. Desolación por fuera. Dentro y por dentro, me recorre una sensación de fusión con la esperanza que desprende ese aparente abandono. Y entonces ya no veo destrucción ni desidia ni soledad. Sólo una fe sin tiempo en forma de ruego y plegaria, de anhelo y pasión. De miles de voces que han respirado el mismo y suplicante aliento.


Y aquel lugar, de pronto, adquirió otro significado para adentrarse en una dimensión más allá de lo sagrado. Y las piedras ya no eran piedras sino reliquias impregnadas de una energía rebosante de certeza, de seguridad, de consuelo. Tomé una del suelo que me pareció la apropiada para una amiga. Una piedra lisa y llana, en la que yo vislumbré la impronta de un hondo agradecimiento. A cambio, deje algo mío también. Sobre un pequeño papel escribí unas sencillas palabras con lo que me nació en aquel momento aunque sentí que daba igual lo que dijeran. Todas aquellas notas roídas no eran muy diferentes unas de otras. Todos queremos y tememos lo mismo.

Allí seguirá.