jueves, 19 de mayo de 2016

Camino de Santiago (XXI)


24 de Julio
Después de dieciocho kilómetros nos adentramos en Los Arcos por un laberinto de calles extrañamente vacías, teniendo en cuenta que muchos peregrinos finalizan etapa. Las callejuelas de la localidad desembocan en una plaza amplia y abierta y nos detenemos en un parque delante de la iglesia para descansar y reponer fuerzas. Antes de afrontar el día de hoy, había que elegir entre hacer la etapa larga o la corta, porque entre este punto y el siguiente no hay poblaciones intermedias. Nosotros hemos optado por continuar hasta Torres del Río, a diez kilómetros de aquí. Seguiremos porque mañana quiero llegar pronto a Logroño para tomar el tren a mi casa y ellas han quedado con unas amigas para seguir el camino hasta Burgos. Desperdigados por el césped, compartimos chocolatinas y fruta pero en silencio. Es media mañana pero tenemos hambre como si no hubiéramos comido en muchas horas. Se nos une Michele y todos juntos recorremos caminos polvorientos a pleno sol, sin rastro de árboles, sin sombras, sin nada. Una etapa dura, larga, calurosa, que parece no acabarse nunca pero que nosotros aceptamos como si lo hubiéramos elegido así. Al llegar al albergue nos tiramos en las sillas de la terraza, sin poder mover ni un dedo, callados, agotados.

Después de un rato soy la primera en subir al dormitorio y, como aún no ha llegado nadie, reservo cuatro camas, una para cada uno porque Michele ha ido al encuentro de sus amigos italianos. El albergue es pequeño y nuestra habitación está fresca, limpia y bien ventilada. Todo tiene dimensiones reducidas en este pequeño pueblo de calles empinadas y, desde la ventana, puedo ver otra singular iglesia, el Santo Sepulcro, de planta octogonal, también de origen templario, como Eunate. Me parece un auténtico lujo dormir delante de una obra de arte tan excepcional. Estas cosas son algo común en el Camino pero yo no dejo de asombrarme al sentirme rodeada de tanta belleza, de convivir día a día con lo que mi mirada halla de extraordinario en lugares y gentes. Llega Laura, se tumba boca abajo en la cama y cae fulminada de sueño. Con botas y todo. Dudo si descalzarla pero no quiero interrumpir su descanso. La etapa ha sido un palizón y no me extraña que esté extenuada. Abandono la estancia de puntillas, dejando entornada la puerta de la habitación

Cuando despierta está verdaderamente radiante, la veo feliz a distancia, departiendo con los otros peregrinos. Hoy es su cumpleaños y se ha corrido la voz. Cécilia, con su poco castellano y yo, con mi poco francés, coincidimos en darle una pequeña sorpresa, teniendo en cuenta nuestros limitados medios. Es domingo y no se puede comprar nada así que intento averiguar dónde puedo conseguir un pastel y unas velas. Lo único que encuentro, en un restaurante cercano es una tarta individual pero tenemos que conformarnos con una vela de esas grandes y blancas que se usan cuando se va la luz. Cécilia, con unos lápices de colores que lleva en su mochila pinta una concha y una flecha amarilla con un simple "Feliz Cumpleaños, Laura".

Como hay celebración especial, cenamos en el restaurante en compañía de unos peregrinos franceses, una mujer de mediana edad que viene caminando desde Suiza y los italianos Enrico y Michele. Cécilia y yo hemos decidido que, cuando lleguen los postres, el camarero le sirva a Laura nuestro regalo. Como no podemos pedirle a ella que nos haga de intérprete, es el día que Cécilia y yo hemos invertido más interés con tal de entendernos. Nos hemos pasado la tarde cuchicheando, dándonos instrucciones. Creo que es una mujer muy transparente, me lo dicen sus ojos claros. Lástima que nuestra comunicación esté tan limitada por el idioma pero...no es del todo cierto, no hemos tenido dificultad para ponernos de acuerdo en lo esencial.
En el restaurante, Laura, si cabe, es aún más el centro de atención. Los comensales saben lo que estamos celebrando porque la mayoría son peregrinos. Se muestra encantada con su tarta de chocolate y dice que guardará la vela para acordarse de este día. Me gusta su forma de recibir. Su elegancia cuando, correspondiendo a nuestro obsequio y sin desmerecer a los demás, nos ofrece una sonrisa preñada de gratitud y afecto. Y como es una mujer muy extrovertida y popular, el comedor en pleno acaba cantándole el cumpleaños feliz en varios idiomas a la vez.

La fiesta continuó en la puerta del albergue, con vino tinto, tan del gusto de mis amigas francesas. No había copas pero todo el mundo encontró la forma de beber, aunque fuera compartiendo vaso. El caldo rojo hizo su efecto y cuando llegó la hora de cerrar las puertas e irse a dormir, a ellas más que a mí - yo bebí por acompañar, todo hay que decirlo-, les entró una risa contagiosa que se apoderó de los despiertos y de algún sobrio también, excepto de un francés estirado que con un " S'il vous plaît" dio por finalizados los festejos. Llovía y teníamos que apresurarnos en recoger la ropa del tendedero, las mochilas estaban sin preparar y el resto de pertenencias en el mismo orden en el que las dejamos al llegar, es decir, ninguno. Hizo mucho aire ese día y algunas piezas habían volado, incluso una señora del pueblo había venido con un calcetín. No pudimos averiguar a quién pertenecían las prendas que salían despedidas de la ventana, desorientadas por la oscuridad y enmudecidas por el obligado silencio. Lo dejamos todo junto y nos dormimos entre esfuerzo y esfuerzo por ahogar las risas que brotaban de una alegría incontrolable.


sábado, 7 de mayo de 2016

Camino de Santiago (XX)



No pesa

Cuánto sabe este camino, yo ni siquiera había pensado que un bastón era lo que necesitaba. Qué simple, ha bastado un apoyo para cambiar mi estado de ánimo. Sé que me llevará de la mano hasta donde necesite unas dosis de protección extra. Lo sé pero me lo vuelvo a repetir, nunca será suficiente, hay que confiar, confiar siempre. Mis preocupaciones se desvanecen al tiempo que se hace de día en las inmediaciones de Irache y nos vamos acercando a su celebrada fuente de vino. Coincidimos con Fernando y Alexander y entre risas nos hacemos fotos delante del grifo cerrado. De la fuente no brota nada porque son las siete y hasta las ocho no hay vino para nadie. No me siento decepcionada, en el caso de que hubiera salido el vino lo hubiera probado, desde luego, pero no es algo que me entusiasme demasiado. A mi alrededor se extiende la frustración. Algunos tenían sus cantimploras vacías para rellenarlas de Rioja. Antes de retomar la marcha, Laura me pide que le haga una foto delante de una puerta, dice que le encantan porque nunca se sabe lo que hay detrás.
En Villamayor de Monjardín paramos al primer café. Como no tengo esa costumbre me quedo fuera, en la calle. Laura y Cécilia aparecen extrañadas porque Roger, cuando aún no son las nueve de la mañana, se ha pedido una cerveza. Coincidimos al pensar que este hombre tiene cosas raras, a veces. Sus despistes son objeto de comentario entre los peregrinos; va perdiendo calcetines, nunca encuentra su pipa, se deja el bastón en cualquier parte...pero ahí están sus dos ángeles de la guarda, atentas a todo. "Roger ¿Tu as pris tes medicaments?", "Roger, tu as ta pipe", "Roger, ton baton". Ellas le llaman "abuelito", le tratan con una ternura inmensa y pocas veces le pierden de vista. La señora del bar sale a fumarse un cigarrillo con nosotras y nos cuenta que le han desaparecido dos mantas, prestadas a dos peregrinos que han pasado la noche por aquí. Lo único que le preocupa es que no podrá dejárselas a otros que llegarán después y que podrán necesitarlas. No concibe que nadie cargue con ese peso extra. Dice que buscará mejor, igual las han dejado en otra parte.
Una vez pasado el aljibe medieval de la Fuente de los Moros, el camino transcurre por largas pistas forestales de gravilla, polvo gris y campos sin cultivar, un paisaje muy poco atractivo que Laura y yo miramos de vez en cuando, pero que no vemos. Por ser el primer día que recorremos juntas toda la etapa, nos sumergimos en una conversación larga e intensa. Hoy, por ser su aniversario y porque a mí ya me queda poco camino, me hubiera costado separarme de ella. Quiero aprovechar todo el tiempo que me queda para disfrutar de su compañía y sé que ella también. No nos lo hemos dicho, no hace falta. Aunque hablamos con palabras nos entendemos sin ellas. Las dos sentimos lo mismo. No sé cómo pero sé que las dos lo sabemos. El rato se nos pasa sin darnos cuenta de si andamos, si llevamos mochila o si hace calor. El tiempo fluye y sólo estamos nosotras dos. Me cuenta muchas cosas, cosas que guardo para mí, recuerdos de su infancia, sus deseos, sus desvelos, sus proyectos...su vida. Y yo la escucho y me dejo llevar a un lugar que ha vestido de colores su corazón y que veo brillar en sus ojos. La veo dormida sobre la tierra roja de una humilde cabaña en un país lejano, cuya diminuta cocina está llena de mujeres que todo lo que tienen que decir lo muestran en sus manos. En una lengua que desconozco, me enseña palabras que he olvidado pero no el recuerdo de su dulce sonido. Junto a ella viajo rumbo al país donde el pasado, cualquier pasado, lleva a un presente en el que no puedo más que convencerme de que el futuro nos aguarda siempre con alguna inesperada y maravillosa sorpresa.