domingo, 6 de marzo de 2016

Camino de Santiago (XV)




El perdón

Hay un espacio de tiempo del que no tengo información, y me cuesta precisar lo que ocurrió. Veo un cuadro sin forma donde los recuerdos se difuminan como pintura en el agua. En un contexto que permanece oculto confundo los días, las etapas, el orden en el que se sucedieron los acontecimientos. Como si mi memoria hubiese dejado de registrar datos insignificantes entre parámetros tan poco útiles como el espacio y el tiempo.De todas las secuencias que guardo, desperdigadas y fuera de marco, una me remite a Laura caminando a mi lado, sobre los restos de un tramo de la antigua calzada romana y el puente que cruza el río Salado.

El singular pavimento y lugares de nombre tan evocador provocan que me desplace transportada por una corriente que surge del mismo y excepcional sendero. Casi flotando, disfruto cada paso, consciente de estar pisando un trozo de historia. El firme es bastante irregular, con el tiempo han desaparecido muchas piezas del trazado original y Laura, que va delante, decide dejar a un lado el camino empedrado para tomar una pista forestal paralela, más llana, no sé si más cómoda pero sí con menor riesgo para los tobillos. Yo la sigo por inercia, dejándome guiar sin pensar si es lo que quiero o no. La pista inicia un ligero ascenso. No acabo de incorporarme cuando unas bicicletas surgen de no se sabe dónde, abalanzándose sobre nosotras y yo, para evitar el atropello -pero no el susto- me giro bruscamente, desequilibrándome y resbalando sobre la gravilla. Me levanto maldiciendo a todo y a todos. Me he hecho daño en la cadera y eso me preocupa porque compromete la continuidad de mi viaje. No digo nada pero estoy realmente enfadada, no, muy enfadada. Mi ira se proyecta en todas direcciones; hacia Laura, por haber dejado la calzada. Contra mí, por seguirla. Hacia el ciclista, por no avisar. También la pista ¿A quién se le ocurre poner ahí una pista? Quiero cargar contra algo o contra alguien y a todos encuentro culpables. Camino ofuscada un buen rato, dándole vueltas al incidente, como si pensando pudiera volver atrás, al momento justo en que se pudo evitar, hasta que mis puños cerrados buscan cobijo en los bolsillos. De nuevo algo inesperado, porque mis manos no hallan lugar allí para la rabia y el resentimiento, siento, cuando mis dedos rozan las piedras que recogí. Sonrío al comprender que mi voluntad no quiere dejarse arrastrar también por mi enojo y sonrío aún más cuando mi corazón me dice que así es. Una para perdonar -me digo-. Otra para perdonarse.

Fue un rato después cuando hicimos una parada en un pueblo del que ignoro su nombre. Quizá no fue este día, quizá en otro punto del recorrido. No sé. Es un espacio que conservo vacío, aislado de su antes y su después, como sucede en los sueños.

Nos hemos detenido en un bar. Laura y Cécilia necesitan otro café. Roger, lo que decidan ellas y yo me alejo a descansar sobre la base de una baranda porque me duele la rodilla, que es la única que permanece resentida porque yo, cosa extraña, no le he dado más vueltas al asunto de mi caída. Lo único que me interesa son las consecuencias y cómo el golpe puede afectarme. Ando cavilando sobre ello cuando aparece delante mío un hombre de mediana edad que sale de una casa y comienza a hablar con gran naturalidad, casi como si yo no estuviera allí, como pensando en voz alta. Pronto se dirige a mí, me cuenta que está esperando a un experto en distinguir el sexo de los canarios. Es aficionado a criar pájaros y enseguida, desde el local, salta al exterior un jolgorio de cantos y un denso olor a fauna encerrada. Yo escucho interesada porque me habla como si me conociera de toda la vida. Divertida, observo la escena mientras mis amigas siguen con su café y no intervengo hasta que me pregunta si me gustan los pájaros. Le contesto que claro que me gustan pero que no han nacido para vivir enjaulados. Su rostro se contrae, de pie, quieto, su mirada fija en mí, pensativo. Pasan los segundos y cuando ya creo que no va a responder exclama:
-¡Ya sé por dónde rompes tú!
Suelto una carcajada y nos reímos los dos. Hace el intento de querer excusarse pero a mí me sobran las justificaciones porque no pretendo juzgarle. Desde el fondo de mis bolsillos, otra vez la misma voz se ha alzado pidiendo clemencia, esta vez en nombre de unas pobres aves cautivas. Y no nos decimos nada más porque no es necesario, algo me dice que ha sido escuchada.