martes, 29 de diciembre de 2015

Camino de Santiago (IX)


Dime por qué caminas

Laura me cuenta la historia de Roger en una improvisada terraza al pie de las escaleras del albergue, mientras ella toma café y yo chocolate. Nada más verme ha dejado sus cosas para invitarme a charlar y, de alguna forma, yo esperaba que lo hiciera. Esta mañana salí detrás de algunos peregrinos entre los que ella se encontraba y, en medio de un prado sembrado de flores silvestres, me la tropecé, sentada entre la hierba. Al llegar yo, me contó cómo una anciana fruncía el ceño en la puerta de su caserío, al descubrir su nacionalidad. Me hizo gracia su forma de explicarlo, fingiendo un enfado que me hizo reír. Luego les perdí de vista hasta hace un rato y me siento feliz de habernos reencontrado. Me confiesa que ayer por la tarde, en Zubiri, se dirigió a mí cuando observó que era española, porque quiere mejorar su castellano. A pesar de que su nivel es muy aceptable me pide que le corrija. Y yo estoy encantada de tener una alumna tan inquieta y con tantas ganas de aprender. No para de hablar y me seduce con su naturalidad y simpatía. Por eso, ante su pregunta de por qué hago el Camino, no dudo en contestarle con la misma confianza que ella ha depositado en mí. En otro contexto me hubiera mostrado más reservada ante una cuestión tan íntima pero con su inocencia y verdadero interés consigue que no tenga reservas a la hora de expresar las razones de mi aventura. Porque de algún modo sé que ya no es una desconocida para mí y, sobre todo, porque desde las primeras palabras que crucé con ella supe que quería ser su amiga. Me captura su desenvoltura, luego sabré que lleva ya bastantes jornadas caminando y eso, sin duda, hace que se muestre abierta y acogedora a la vez. Yo, a pesar de llevar menos etapas, comienzo a revelar signos de estar impregnada del mismo espíritu que la ha cautivado a ella porque pregunto sin temor a incomodarla. Hablamos del Camino con entusiasmo y no necesitamos más tema de conversación aunque eso nos lleva, inevitablemente, a otros aspectos de nuestra vida. Me cuenta lo que la ha traído hasta aquí y mi mirada hacia ella se viste de ternura, aún más ternura porque no sabe cuánto, cuánto la comprendo. La siento tan cercana que las únicas palabras que logro articular para expresar esa sensación resuenan en mi interior antes de ser pronunciadas. Yo te conozco -le digo-. Sé que te conozco. Ella ladea la cabeza. Y sonríe.

Entonces no sabía que ese gesto, tan característico suyo, lo vería repetido muchas veces, ni que llegaría a añorarlo tanto, cuando, entre cigarrillos, risas y confidencias pasamos parte de la tarde. Recuerdos que guardo entre los más dulces de aquellos días, mientras un viento feroz arreciaba y nos enredaba el pelo, alborotaba los vasos de plástico sobre la mesa y mecía al sol la ropa en los tendederos.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Un tirón del hilo

CINEMA PARADISO (1988), de Giuseppe Tornatore

AMIGA-. ¡Toc, toc! ¿Se puede?
CATI
.- ¡Hola!
CATI
.- Escucha ¿recuerdas lo que te dije de compartir un post?
CATI
.- He pensado en una de esas historias en segundo plano, de las que pasan desapercibidas en una peli. La del soldado y la princesa de "Cinema Paradiso" ¿qué te parece?
AMIGA.- Sí, la he visto hace un mes o así, de nuevo.
AMIGA.- Esa parte no la recuerdo bien.
CATI.-
 Repaso.
CATI.- 
Totò está enamorado.
CATI.- 
Y ella...no accede mucho. Se muestra esquiva, distante, arisca.
CATI.- Y Alfredo le cuenta la historia del soldado.
CATI.- U
n soldado se enamora de una princesa.
AMIGA.- S
igue.
CATI.- L
e dice que quiere casarse con ella.
CATI.- E
lla le dice que vale, pero que tendrá que esperar cien días y cien noches bajo su balcón, sin moverse.
CATI.- Lluvia, nieve, frío, calor...
AMIGA.- ¡A
h!
CATI.- A
 veces ve aparecer una sombra en la ventana...
CATI.- P
ero la ilusión se desvanece...
CATI.- Y
 más esperar...
CATI.- L
a noche noventa y nueve...el soldado se levanta...y se va.
AMIGA.- E
sperar con esperanza.
AMIGA.- Y desesperar...buena idea.


CATI.- Bueno...me gusta esa historia porque es un hilo suelto. Una vez soñé que tiraba de un hilo que salía de mí... Ya te contaré lo que había al final.
AMIGA.- Los sueños...los hilos...me evoca las hilanderas de Velázquez. Recorrer la fina hebra que une historia y mito, realidad y ficción, preguntas y respuestas, ayer, hoy y mañana.
CATI.- D
ecía Isabel Allende...
CATI. -Q
ue los que escriben se van alimentando de cosas, hasta que ya no pueden más y las vomitan.
AMIGA.- E
so me suena ¿es de "Afrodita"?
CATI.- N
i idea, leí esa frase en algún sitio, no leí el libro.
AMIGA.- Y
o, según mi gente, devoro libros, pero no los devoro, los paladeo.
CATI.- Entiendo.

AMIGA.- Lo
s vivo, desde la elección hasta la página final...que si merece la pena leo y releo.
CATI.-
 Bueno...ya sé a quién pedir recomendación.
AMIGA. Dicen que soy rarita... te recuerdo.
AMIGA.- S
obre todo en libros.
CATI.- Y
o soy rara para todo.
AMIGA.- M
e gusta tanto Isabel Allende como Houellebecq.
CATI.- A
 mí me gusta Machado y el fútbol.
AMIGA.- ¡Ja, ja, ja!

AMIGA.- E
so no es habitual.
CATI.- ¿P
or qué no es habitual?
AMIGA.- P
orque mucha gente que me rodea se decanta por cosas.
AMIGA.- O
 ésto o lo otro.
AMIGA. -Y
 yo soy más de ésto y lo otro.


CATI.- T
e cuento una cosa...
AMIGA.- D
ime.
CATI.- Una anécdota que me contaron de mí, de cuando era pequeña.
CATI.- U
na boda, pasa el camarero ¿arroz o canelones? -iba preguntando-.
CATI.- ¿S
abes qué contesté yo?
AMIGA.- ¿Los dos?
CATI.- B
ocadillo.
AMIGA.- ¡Ja,ja,ja,ja,ja!

AMIGA.- ¿S
abes? Se me ha ocurrido una cosa en este momento.
CATI. -D
ime.
AMIGA.- T
ú escribe sobre "Cinema Paradiso".
AMIGA.-Y
o escribiré sobre "Cielo sobre Berlín".
CATI.- N
o. Tú escribe sobre "Cielo sobre Berlín".
CATI.- P
ara yo escribir sobre "Cinema Paradiso" te necesito a ti.
AMIGA.- ¿B
ocadillo?
CATI.- ¡Ja,ja,ja,ja,ja!
AMIGA.- ¡Ja,ja,ja,ja,ja!

CATI.- ¡Las pillas al vuelo!
AMIGA.- Yo pillo al vuelo lo que tú dibujas en el aire.
AMIGA.- Está ahí...sólo es elevar la mano y llevarla al bolsillo.
AMIGA.- Luego la saco... en un momento de magia. Todo puede ser magia.


CATI.- Por eso te necesito. Respuestas de otros ojos... de otro corazón, que me cuentes la magia de esa historia.
AMIGA.- Totò delante, siendo acariciado por la imagen que rodó de su novia...
AMIGA.-...y con la voz de Alfredo susurrando la historia de la princesa...que sale de los ojos de la chica.

CATI.- Ya...pero no me interesa la peli, sino la historia del soldado.
AMIGA.- ¡Bocadillo, pues!
CATI.- ¡Ja,ja,ja,ja!



CATI.- Esa historia ¿cuántas interpretaciones, no?
AMIGA.- Como los Upanishad.
CATI.- Cuenta.
AMIGA.- Son escritos hindúes.
CATI.- ¿Por qué se va el soldado?
AMIGA.- Sobre maestros que son lamed (letra hebrea), porque aprenden y enseñan.
AMIGA.- Y dan la fruta, la pelan... pero uno lo digiere.
CATI.- Lo siento, estoy en trance, insisto ¿por qué crees tú que se va el soldado?
AMIGA.- ¿Porque quería un bocadillo?
CATI.- ¡Ja,ja,ja,ja!
AMIGA.- Estoy espesa.
AMIGA.- Por desesperanza, miedo, cansancio, por mantener la ilusión.
AMIGA.- Porque así tiene una historia inacabada para revivir.
AMIGA.- Porque aprende que no la necesita.
AMIGA.- También puede ser porque enferma.
AMIGA.- Enferma de desamor bajo la lluvia.
AMIGA.- Y porque no sabe quererla como ella necesita ser querida.
AMIGA.- Porque es consciente de que no podrá vivir con una mujer que no sabe quererle a él como él necesita ser querido.


CATI.- Y sobre todo por una cosa, la más importante.
AMIGA.- Porque ve que una verdadera princesa es bondad.
AMIGA.- Y no deja que el amor de su vida se moje bajo la lluvia..
CATI.- ¿Cuál dirías qué es?
AMIGA.- No sé...aún no comí la fruta...la estoy pelando.
CATI.- La razón principal, básica, de que ella no baje a por él.
CATI.- Necesito que lo digas tú.
AMIGA.- Hay mujeres que exigen a los hombres un sacrificio, probar que las aman hasta el límite.
AMIGA.- Hasta la raya, hasta el más allá del más allá.
AMIGA.- Y pueden estar deseosas de ir con un paraguas para compartirlo.
AMIGA.- Pero cierran el paraguas en su casa, para sentirse más princesas, más queridas.
CATI.- ¿Cuál es la razón de ella?
AMIGA.- Ella no baja porque su modo de amar no es de este mundo.
AMIGA.- O él puede volar a su mundo o ella no bajará
CATI.- Eso es poesía, Amiga, yo quiero la verdad.
AMIGA.- La verdad...no la sé.
AMIGA.- La verdad sólo la sabe ella en su ventana.
AMIGA.- Por eso se va él...
AMIGA.- Porque no tiene certeza...la certeza la tiene ella.


CATI.- ¿Él la ama?
AMIGA.- El primer día sí...el noventa y nueve ya no la ama como antes.
AMIGA.- Se gastó su amor.
CATI.- ¿Y ella?
AMIGA.- Ella no le ama el primer día...
AMIGA.- Pero sí el cien
AMIGA.- Se pierden en la raya del noventa y nueve al cien.
AMIGA.- En esa difusa línea del encuentro.



AMIGA.- Ella se lamentará de no haber bajado...porque el día cien él no estará y ella le amará con el alma.
AMIGA.- Él se alegrará de haberse ido...lamentándose de que la amó con el alma hasta ese día. 



CATI.- ¿Qué hubieras hecho tú?
AMIGA.- Yo bajaría.
AMIGA.- Bajaría con una manta...un paraguas...y algo de fruta.
CATI.- ¡Y calcetines limpios!
CATI.- Que son cien días...
CATI.- ¡Ja,ja,ja!
AMIGA.- ¡Ja,ja,ja,ja,ja!
AMIGA.- Me perdí en la parte poética.
AMIGA.- Si entramos en la escatológica...
AMIGA.- Ella no baja porque él huele mal.
AMIGA.- Y él se va porque no puede soportar que ella lo vea así...con sus miserias
AMIGA.- Esa es la parte corpórea.
AMIGA.- ¡Ja,ja,ja!
CATI.- Qué tia más dura.
AMIGA.- ¿Yo?
CATI.- ¡No, ella!
AMIGA.- ¡Te recuerdo que quien trajo los calcetines fuiste tú!


CATI.- ¿El amor pone condiciones, pruebas de amor?
AMIGA.- El amor no es una prueba...el amor es algo para probar, paladear y saborear...sólo me gusta probar así.
CATI.-  El amor, el afecto ¿pide pruebas o las da?
AMIGA.- Mi visión del amor es todo lo contrario a la prueba.
CATI.-  Pero estamos hablando de ellos...
AMIGA.- Uno no sabe que ama por lo que sufre amando... sino por lo que disfruta queriendo y siendo querido.


CATI.- Sigo...él espera. Ella sigue sin bajar. El tiempo se agota.
AMIGA.- Su tiempo de dentro se agota.
CATI.- Cada día que pasa aumenta la desilusión y disminuye la ilusión.
AMIGA.- Uno sube y otro baja, como en unas escaleras mecánicas de ilusión.
CATI.- Queda un día, ¿qué piensa él?
CATI.- Mañana estará con ella pero ¿qué ha pasado con su amor?
AMIGA.- ¿Quiero ese mañana con alguien así?
CATI.- ¿Tanto importa un día más?
CATI.- ¿Es necesario un día más?
AMIGA.- Sí...es necesario...porque es el de la decisión.


CATI.- Él espera que baje, una señal, una recompensa a su esfuerzo...le basta una caricia, saber que ella piensa en él...
AMIGA.- Una mirada...una hoja de ventana entreabierta...algo que le diga...te miro...me importas.
AMIGA.- Pero...sólo ausencia.
AMIGA.- Ella sólo está en su pensamiento.
AMIGA.- No la percibe en su realidad. Y duda...
CATI.- ¿Y tiene él alguna razón para creer que le ama el día noventa y nueve?...
CATI. -¿La noche antes del día cien?...
AMIGA.- No.


AMIGA.- Sólo tiene el día primero...pero queda tan lejano... que no sabe si existió.
CATI.- ¿Y qué ha pasado con su ilusión?
AMIGA.- Su ilusión se ha hecho agua...se ha disuelto con la lluvia.
AMIGA.- Su ilusión de amor se ha transformado en el miedo al no.
CATI.- ¿Crees que hizo bien?
AMIGA.- ¿Cree él qué hizo bien?
CATI.- Me interesa tu opinión.
CATI.- Él tuvo mucho tiempo para pensar, demasiado, ¿no?
CATI.- ¿Qué le movió?
AMIGA.- Sí...ese fue el problema...mucho pensar...
AMIGA.- Creo que su duda tomó tintes de certeza...
AMIGA.- Pensó que ella no le amaba y no quiso pasar su vida sin sentirse amado.
CATI.- ¿La duda mata el amor?
AMIGA.- Confiar lo alimenta.
AMIGA.- La prueba del amor es el cuidado.


CATI.- ¿Ella necesitaba sentirse amada, ser amada o saberse amada?
AMIGA.- Ella quiso demostrarse el amor haciendo que él viviera el desamor.
AMIGA.- Cazar moscas a cañonazos.
CATI.- Muy femenino, ¿no crees?
AMIGA.- Muy doloroso, ¿no crees?
AMIGA.- Si ser femenina es hacerse harakiris emocionales...más vale un poco de testosterona.
CATI.- No desviemos el tema...
AMIGA.- ¡Ja,ja,ja!...borro.


CATI.- Y si no le amaba, ¿por qué le hace esperar?
CATI ¿Vanidad?
AMIGA.- Sentirse adorada...dejar de ser imperfecta mujer para ser venerada diosa.
AMIGA.- Él piensa: ¿me ama o me quiere como doliente admirador?
AMIGA.- Entorna la mirada...tiene su respuesta...
CATI.- Y pasa otro día... ¿Y qué tiene?
AMIGA.- Sólo se tiene a si mismo, a su confusión.
CATI.- Peor que nada.
AMIGA.- Nada es tener paz... tener confusión es tener lucha.


CATI.- Si le amara, ¿permitiría que estuviera allí, esperando, día tras día?
CATI. -Si no le ama hoy, ¿por qué mañana sí?
AMIGA.- Si su modo de amar es ese...dejar morir... ¿quiero ser amado así?
CATI.- No.
AMIGA.- ¿Quién dice que no?
AMIGA.- ¿Quién tiene la certeza, él o tú?
CATI.- Lo dice él, y lo digo yo.
AMIGA.- ¿Qué dice él?
CATI.- No le merece la pena ese amor.
CATI.- Pero no traiciona su ilusión.
CATI.- Por eso se va.
AMIGA.- Él dice...me voy...
AMIGA.- Él dice...quiero vivir.
AMIGA.- Quedan sólo veinticuatro horas...pero yo merezco cada minuto de mi vida...ni uno más en duda.
AMIGA.-
 Vive como quieras...y no quiero amar aquí... ni un minuto más.


CATI.- 
¿Cómo definirías su actitud?
AMIGA.-
 Como un buscador...
AMIGA.-
 Él sabe amar...amará siempre... sólo tiene que buscar a quién o a qué.
AMIGA.-
 La buscó a ella...creía en su princesa...
CATI.-
 ¿Te parece valiente?...
AMIGA.-
 Me parece sublime.
AMIGA.- 
Hace falta ser un verdadero soldado.
AMIGA.- 
Para tener la batalla en las manos y decidir.
AMIGA.- 
Decidir lo que sea...quedarse, irse...pero decidir siempre.
AMIGA.- 
No elijo quererte...pero sí elijo si quiero estar contigo o no...
CATI.- 
La historia es fascinante, ¿no crees?
AMIGA.- 
Lo es...
AMIGA.- 
Me parece preciosa.
AMIGA.- 
Te amo hasta el desgarro...pero elijo vivir sin ti.


AMIGA.- Tenemos una princesa...un soldado...y dos mujeres.
AMIGA.-
 Sólo que las dos mujeres han hecho de la princesa y el soldado un caleidoscopio....
AMIGA.-
 Depende de la luz a la que se mire...
AMIGA.-
 Todo depende...
AMIGA.-Las certezas son duda y la duda certeza...
.
AMIGA.- 
Todo es el modo de enfocar...el plano...o el contraplano.
AMIGA.- 
"Cinema Paradiso" es eso..hacer de un detalle la ilusión de una vida.
AMIGA.- 
Hacer de la voluntad y el amor...una carta de amor al cine.
AMIGA.- Es un beso censurado...para vivir la ilusión de cien besos soñados.

AMIGA.- Y así veo yo la historia...

AMIGA.- 
No tengo la certeza de que sea así...sólo siento que es así.


CATI.- Bueno...¿no estabas espesa?
AMIGA.- Y lo estoy, lo estoy...

AMIGA.- Pero me animo...tu trance es contagioso ¿sabes?

AMIGA.- 
A tu luz, el hilo se tornasola...y el tejido se desvela.
AMIGA.- 
Por cierto...en tu sueño...en tu hilo ¿Que había al final, Cati?.
CATI.- ¿Qué crees tú?

AMIGA.- Al final del hilo...una hilandera...o varias.


jueves, 17 de diciembre de 2015

Camino de Santiago (VIII)


Es una orden

Mientras me acerco al albergue de Cizur, observo de reojo el majestuoso edificio de piedra blanca que hay enfrente, del que ondea con orgullo una hermosa bandera roja con su cruz blanca, que reconozco por haberla visto antes en algún otro lugar. Luego sabré que se trata de la iglesia de San Miguel, perteneciente a la Encomienda de la Soberana Orden de Malta, entidad religiosa y militar dedicada a fines humanitarios. Dedicada, desde el siglo XI, a la ayuda a refugiados, desplazados, emigrantes y peregrinos en todas partes del mundo, en una milenaria misión. La construcción es impresionante, emana paz y su cálida serenidad arrulla el ánimo pero mi cansancio es tan mayúsculo que no puedo recrearme. Una vez restaure algunas de las características propias de mi género humano le haré una visita.
El albergue es una casa de dos plantas construida sin mucho gusto y a la que se accede tras un tramo de escaleras con macetas en los peldaños. El interior rezuma ambiente hogareño; tres estancias más baño y cocina, decorado de forma sencilla e impregnado de un olor mezcla de comida recalentada, Réflex y ropa polvorienta, pero yo me acomodo con el abandono propio de un hotel de lujo. Porque cuatro estrellas me alojarán en este despejado páramo, sirviéndome en bandeja una luminosa enseñanza sobre lo que significa el altruismo y la generosidad para con el prójimo. Cécilia y Laura, francesas, hallaron a Roger perdido en la dura etapa de Saint Jean Pied de Port y desde entonces caminan juntos. El anciano belga se ha quedado en Pamplona porque no puede con su mochila y Nerea, amiga de Cécilia y que viene a verlas desde San Sebastián, le recogerá de camino con su coche para traerle hasta el albergue. El hombre podría tomar un tren, un bus, un taxi, un vuelo a su casa, podría abandonar la idea, darse por vencido. Pero no, él es un peregrino que necesita llegar a Santiago porque ha hecho una promesa y esa razón, sólo esa, es suficiente para que tres mujeres, sin comprometer la esencia de su viaje, movilicen su corazón y todos los recursos disponibles simplemente porque hay alguien necesitado.
Y yo, que salí sola y quiero seguir caminando sola o, por decirlo de otro modo, sin más lastre que mi propia carga, comienzo a verme implicada en desventuras ajenas y a entender que hay que dejarse guiar por este sabio camino que no deja de enseñarme cosas, mostrándome a su vez lo pequeña que soy. De alguna forma he comprendido que hoy tenía que estar en este lugar para ser testigo de cómo la piedad y la compasión humanas son dictados que figuran escritos en las más remotas credenciales de nuestra naturaleza.

sábado, 12 de diciembre de 2015

I knew these people...


PARIS, TEXAS (1984), de Wim Wenders

Anduvo durante días. Y tenía sed, mucha, hasta que cayó desvanecido. Cuando despertó estaba tumbado en una camilla y un doctor le examinaba. Alguien le había encontrado pero nadie sabía quién era. Y no hablaba. Avisaron a su hermano, que vino a recogerle pero él sólo mostró indiferencia, no decía nada porque nada tenía que decir. Escuchaba a los demás pero no respondía. Intentó escapar, seguir caminando. Su hermano quiso llevarle a su casa y él subió al coche pero sólo tuvo fuerzas para sacar del bolsillo la foto de un trozo de desierto. Y la primera vez que habló fue para ponerle un nombre a ese lugar.

Y cuando se hizo de noche se detuvieron en el bar de un motel y sentados, frente a frente, su hermano volvió a hablar. Y él escuchaba, con la mirada fija, sin apartar la vista de quien le decía tanto de lo que había querido olvidar. Y al oír el nombre de su hijo lloró, pero sólo con una lágrima.

Porque durante cuatro años nadie supo de él, ni él de nadie. Y cuando llegaron a casa de su hermano vio a su hijo pero casi no se atrevió ni a mirarle. Cuatro años que eran la mitad de su vida. Sus padres habían desaparecido, eso le dijeron. Que lo habían traído en coche hasta esa puerta, era todo lo que el niño sabía. Y su hijo le miró con indiferencia, como se mira a un desconocido.

Y vieron imágenes grabadas de unas vacaciones, de cuando estaban todos juntos, riendo, bromeando, y entonces recordó que habían sido muy felices. Su hijo le observaba y le sonreía y él se esforzaba por corresponderle aunque en el fondo sólo sentía tristeza. Y entonces la vio...a ella. Y sus ojos se cerraron en un gesto de dolor y tuvo que retirar la vista de aquella imagen y agachó la cabeza. Y sus piernas temblaron pero él no se dio cuenta.





Y por la mañana limpió todos los zapatos y desde lo alto de la colina vio aviones que despegaban y otros que sobrevolaban la ciudad y muchos nudos de carreteras, nudos como los que él sentía en el estómago. Y entonces quiso volver a ser un padre para su hijo pero no sabía cómo.

Y pensó en ir a esperarle al colegio y el niño huía de él pero sólo al principio. Y esperó, pacientemente, a que desapareciera la desconfianza que ambos sentían porque los dos estaban heridos y porque los dos sentían miedo. Y sin prisas, pasearon. Caminando empezaron a conocerse y comprobaron que aún se querían.

Y él supo entonces que tenía que hacer algo más, que tenía que encontrar a la madre de su hijo pero no sabía dónde estaba. Sólo sabía que iría a buscarla y el niño quiso ir con él. Y, mientras iban en el coche, su hijo le contó la creación del universo y a él pareció tan hermoso que, por un momento, soñó.


Ella llevaba un jersey rojo tras el espejo y él sólo era uno más. Uno de muchos, de todos los que pasaban por allí. Pero él no quería lo mismo que los demás y a ella eso le extrañó pero estaba acostumbrada a disimular y fue lo que hizo. A él le costaba hablar y a ella no le importó porque sólo tenía que escucharle y porque eso era todo lo que él quería. Él comenzó a hacerle preguntas y ella contestaba con dulzura y él, volvió a hacerle más preguntas y ella, volvió a contestar con más dulzura y, entonces, él empezó a cambiar el tono de su voz que se hizo más grave, más exigente, más posesivo, más duro, más violento y más y más feroz. Y él entonces, sólo entonces, comprendió.



Le dejó una grabación a su hijo para decirle que le traería a su madre pero que él no podía quedarse porque, aunque quizá eso era muy difícil de entender para un niño de ocho años, había heridas que nunca llegarían a cicatrizar: las que había hecho a quien más amaba. Pero eso no se lo dijo. 



Ella llevaba puesto un vestido negro pero él, esta vez, no quiso mirarla. Y se dio la vuelta. Le dijo que quería contarle una historia, sólo quería contarle algo...sobre alguien, alguien que conocía. Ella escuchaba con atención, sin sospechar que era el mismo hombre del día anterior, el que dejó descolgado el teléfono de la cabina. Él empezó a hablar, a contar un relato que a ella le pareció uno más, de los muchos que había tenido que oír, situaciones tan comunes que hasta le resultaban familiares. Algunas, incluso, le hacían sonreír. Hasta que de pronto un detalle la llenó de inquietud; todo empezaba a ser demasiado conocido. 
Y ella empezó a mirar al espejo de otro modo, a escuchar con más atención, a querer saber más, a reconocerse en esa historia. Al principio fue sólo una sospecha y a medida que él hablaba y hablaba, ella más sospechaba, hasta que una lágrima le resbaló por la mejilla y entonces tuvo la certeza de que el hombre que le hablaba era él y ya no pudo más que llorar, de la misma forma que él no podía más que hablar, hablar de todo lo que había ocurrido entre ellos. De cómo él empezó a tener una idea sobre ella y cómo esa idea se hizo más y más grande en su cabeza. Y ya sólo pensaba en su idea y esos pensamientos le llenaron de dudas y esas dudas le llenaron de angustia y esa angustia le llenó de rabia. Y no supo que hacer con la rabia que sentía porque entonces, porque para entonces, ya no sentía nada. Y cuando se dio cuenta de que no sentía nada, supo que había enloquecido y no sintió nada tampoco. Y ya no supo qué sentía en realidad y eso le volvió aún más loco. Tan loco como para desear salir huyendo, corriendo, sin descanso, sin mirar atrás, lejos, hasta llegar a un lugar sin nombre, sin calles, donde ya no quedase rastro humano.



Entonces él se giró tras el espejo y encendió la luz para que ella le viera y fue ella la que empezó a hablar, y mientras hablaba, sin darse cuenta, se dio la vuelta y otra vez no pudieron verse. Después de cuatro años sólo pudieron hablarse tras un cristal y sin mirarse a los ojos. 

Y él la escuchó, igual que ella le había escuchado. Y antes de irse, él dijo que su hijo la esperaba en la habitación de un hotel y que la necesitaba. Y cuando ella y su hijo se encontraron, se abrazaron. Se abrazaron como si nunca antes lo hubieran hecho. Y él, que observaba desde la calle, supo que ya más nada podía hacer.

Y otra vez deseó estar lejos, en un lugar perdido, tan solitario y vacío como su alma. Y en un silencio inmenso pronunciar un nombre y escuchar tan sólo el sonido de su propia voz...


..."Paris, Texas".

martes, 8 de diciembre de 2015

Camino de Santiago (VII)


Murallas

No es casualidad que una sólida fortaleza espere a los peregrinos a las puertas de Pamplona. No dispongo de más escudo que una mochila cubriéndome la espalda y siento incomodidad entre tanta gente, pero pasear por su bullicioso casco antiguo me distrae de una inesperada inquietud que se convierte en desasosiego a medida que atravieso la ajetreada ciudad moderna. Aturdida por el ruido y obligada a un quita y pon constante de ropa, por los continuos cambios de temperatura de este extraño verano, ya no voy tan despejada como en campo abierto. Mi vista ha sido invadida por volúmenes geométricos que estorban y ponen en guardia mi atención, porque tengo que medir cada paso que doy. Todo se mueve tan rápido alrededor que tengo que parar de vez en cuando para concentrarme en el plano que tengo delante, demasiado abstracto para mi mirada, poco acostumbrada en los últimos días a apuntar a objetos cercanos. Al desviarme para hacer unas compras me he desorientado y eso -poco común en mí- me añade unas buenas dosis de desconcierto. Una amable señora ha reparado en ello y con su atención me veo forzada a aceptar una ayuda que no he pedido. Aún me cuesta admitir que, a veces, yo también me siento perdida.
Me detengo a reponer fuerzas bajo un tilo, sobre el cuidadísimo e impecable césped del campus de la Universidad de Navarra, mientras veo pasar a curas con sotana y libros en la mano. Aprovecho para hacer balance de daños, la simple sospecha de lo que parece la sombra de una incipiente ampolla me obliga a procurar a mis pies un cuidado extra. Al levantarme y antes de cubrirme con el sombrero veo salir disparada una avispa con ganas de guerra. Con la vista del lujoso edificio del rectorado delante de mis ojos, pienso que tanto obstáculo debe tratarse de una prueba para mi erosionada fe que, por hoy, creo que ya ha tenido bastante.
A las tres de la tarde, después de días sin dejarse caer, el sol aprieta con rabia y mi cabeza camina nublada y cuesta arriba porque no sé cuánto queda hasta Cizur Menor. Antes de que mi confianza empiece a cuestionar su temerario atrevimiento y falta de previsión, un viento seco, anárquico y mandón me lleva a empujones hasta el primer albergue que encuentro. Aunque hay otro en la siguiente esquina, no puedo dar un paso más y me quedo aquí. Me gustaría coincidir con Laura, la peregrina francesa que conocí ayer pero no le pregunté a qué albergue se dirigía. Mi obstinada y deliberada voluntad de no depender de nadie ha dejado al descubierto una posición difícil de mantener para unas debilitadas defensas que hoy amenazan derribo.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Camino de Santiago (VI)


¿Quién necesita palacios?

No sé si dejo de pensar antes o después de cruzar el Puente de la Rabia para retomar el camino. Eso no entraba en mis planes y ellos mismos deciden deshacerse de la pesada carga de mis cálculos inútiles. Desde ese momento, la parte de mí que está tomando las decisiones, sólo permite que me apoye en el análisis para los terrenos más llanos y que tienen que ver con llevar un ligero control sobre mis pertenencias y las necesidades para pasar la jornada, porque mañana está a un día de aquí. Todo lo demás lo manosea el corazón, que ha tomado el mando con descaro. Y lo sé porque desde el primer pie que he puesto hoy en el camino voy persiguiendo el contacto humano. Sigo caminando sola, pero a poca distancia de gente a la que me siento atada por un hilo que hace demasiado tiempo que no tiraba tanto de mí.
Y mis pasos se nublan, y como un descorrer de cortinajes, a mi alrededor van descubriéndose ventanales por los que entra la luz de otras voces. Entre intrincados corredores, las ramas han dibujado una galería de arcos sobre risas tan inocentes como las amapolas que decoran ambos lados del sendero. Bajo cornisas en sombra, jardines encantados, con cancelas que se abren y se cierran, delimitando las delicadas estancias por las que hoy toca transitar. A través de pasadizos y canales, el agua brinca piedra abajo, cincelando frescura en tantos labios y tan sedientos. Mosaicos de polvo, esfuerzo y raíces se elevan hasta la sala de trofeos, al final de la escalinata, y el premio consiste en alzar una sonrisa descorchada. 

Donde son breves las victorias, en la parte de atrás del muro, siempre en la parte de atrás, un pequeño camposanto protege, con verja y candado, el reposo de los de dentro de la curiosidad de los que aún podemos escapar. Las puertas entreabiertas del gran salón de la vida invitan a no quedarse en el vestíbulo de uno mismo. Un corazón, si viste de etiqueta, no requiere presentación, ni zapatos lustrados, ni guantes de seda. Cuando lo compartido camina descalzo, los pies no se cambiarían ni por un carruaje de oro y plata.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Lo strepito

HASTA EL FIN DEL MUNDO (1991), de Wim Wenders

-Quiere ver sus sueños.

El ordenador tomaba información visual directamente del cerebro. Decodificaba los impulsos eléctricos y los transformaba en imágenes. 


-El interior de nuestra mente, los sueños y todos los pensamientos son secreto. Y nada cambiará.

-Non sembra promettere bene.

Al principio sólo se apreciaba un ritmo caótico de ruido digital, luces y colores. Pero al final emergieron formas.


-Es hermoso...mirarse el alma.

-Nos devorará vivos.
-Debemos parar, pero ¿cómo?
-Lo hemos anhelado siempre. Vivimos por esto.

-¿No querrá hacernos creer que no quiere ver sus sueños?...
-Sólo una vez.

El ordenador interpretaba el equivalente de las emociones de quien soñaba. 
Mientras uno dormía, los otros se afanaban sobre las pantallas, esperando, mirando, anhelando ver un sueño. Vivían para ver sus sueños y cuando dormían, soñaban con sus sueños. Los sueños, que deberían haber sido olvidados con la primera visión, se convirtieron en su dieta, cada vez más concentrada. Sus mentes crearon monstruos que no podían soportar pero tampoco vivir sin ellos.

-De pequeña soy tan feliz...
-Pero siempre caigo.
-¿Por qué caigo siempre?
-¡No me dejéis siempre sola!
-¿Por qué siempre me dejáis sola?

-Cada vez que llego a esta parte del sueño todo está confuso.
-Quiero soñarlo otra vez para definirlo mejor.

Habían llegado juntos a la isla de los sueños pero poco después se alejaron. Se ignoraban, se abandonaron. 
Emociones e imágenes emergían desde un pasado ya olvidado. Vagaban por mundos perdidos. Los sueños les sumieron en el agujero negro del aislamiento.

Alla fine persero del tutto il contatto con la realità.

Cuando fui a salvar a Claire, su única preocupación era tener pilas nuevas para su monitor.


-¿Puedes hacerlo funcionar?
-No, Claire, está muerto.
-Io sono morta!
-Il mio cuore è morto.

Buscaron a Sam entorno al laberinto en el que se había refugiado. Le hubieran podido encontrar, si él hubiese querido.

Ma era impossibile trovare un uomo perso nel labirinto dell'anima.

Yo quería ayudar a Claire, pero no sabía cómo. No sabía cuál era la cura para la enfermedad de los sueños. Yo sólo sabía escribir.

Le parole non sono d'aiuto ma erano la sola cosa che avessi.

Yo creía en las palabras. Rogué para que la verdad de las palabras aquietase el estrépito de los pájaros en el cielo.

-Te llevaré con mis viejos amigos. Vivirás con ellos. Te quitarán los sueños.
-Y después ¿qué sucederá?
-¡Sta a te inventarlo! 



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Camino de Santiago (V)


Al otro lado

Algunos de los nombres propios que se cruzan durante el Camino están tendidos hacia un profundo significado. Los puentes siempre llevan a alcanzar otro lugar. Una parte de la persona que yo era se quedó a una orilla del río. La que atravesó el puente lo ignoraba. Ha sido labor del tiempo mostrarme dónde y cuándo se desprendieron algunas partes viejas e inservibles. No se trata de nada trascendente ni extraordinario. Son cosas que ocurren a menudo, pero nos pasan desapercibidas entre la rutina diaria.  

Encontrar este río de aguas tranquilas al fondo del barranco es algo que no esperaba. Me veo sorprendida continuamente; no me he preparado las etapas, no sé cuál es la distancia entre poblaciones ni al albergue que tengo que ir. Dejo que me guíe la intuición o me voy detrás de otros peregrinos. A pesar de que ayer mismo estaba saliendo de mi casa, la sensación es de haber transcurrido siglos. En sólo un día de Camino me he familiarizado con unas nuevas maneras y cada vez me siento más cómoda en ellas. En este nuevo territorio me resulta mucho más fácil desenvolverme, porque no hay que aprender códigos de circulación. Sólo hay que seguir unas señales, unas indicaciones mínimas que, con total seguridad, te llevan en la dirección correcta. Y saber, sin margen para la duda, a dónde vas, facilita las cosas enormemente. 

El albergue municipal de Zubiri es muy básico; austero, sencillo, usado, suficiente. Nada que ver con Roncesvalles. Para mis ojos de ayer, aquello era agradable y ésto no. Hoy veo un techo, una cama y un baño, y no reparo en las condiciones pues hace un rato no tenía nada. Sigo sin tener nada, únicamente siento como mía la sensación de un orden sobrecogedor en lo que no se ve. En lo que no puede ser explicado con palabras que no son útiles.  
En el patio delantero hay fiesta hoy. Los peregrinos, con elegantes diseños de Quechua y Salomon, se van situando en las soleadas escaleras del ala sur, donde la comodidad es ofrecida en bandejas de chispeantes sonrisas con un chorrito de satisfacción en la mirada cómplice. La cena será servida en el comedor principal y se ruega a los comensales que tomen asiento para degustar unas confidencias tibias a la crema de dulce atardecer. Los caldos han sido seleccionados para enjugar desamparos en copas de cristalino presente. De postre, ilusión. En el salón de fumadores echan humo las condecoraciones que, en forma de tiritas, son mostradas como señal de valor. Toca la orquesta peregrina para guitarra y armónica. Canciones de siempre. Baila bajo la emoción cuando aplaudimos con nuestro agradecido pero maltrecho entusiasmo. Damas y caballeros: sus habitaciones están listas y deben retirarse, pues en este reino no está permitido hacer esperar a los sueños.

Mi recuerdo más entrañable para Cécilia , francesa de mirada y ojos claros. Roger, belga y de todos los sitios. Miguel, sevillano guasón y su mujer, Cris, de la que recuerdo su emoción al despedirnos. Las dulces Rosa y Marisa, madrileñas, siempre con una cálida sonrisa. Michele, el paparazzi italiano. David, valenciano de palabras transparentes. Quni, el atleta cántabro. Joan, catalán, que me hizo una foto en Puente la Reina. Ana, de Toledo, que también había dejado a su hijo. María José, de Murcia y su camino interruptus. Tom, holandés de vuelta. Fernando, toledano y de Irache. Una chica de Boston de la que no recuerdo el nombre y a la que no vi más. Alex, alemán pegado a una guía del Camino para singles. Brigitte, francesa, que durmió a mi lado. Y muchos más. Pero muy especialmente para Laura, de corazón francés y sangre española, mi compañera de camino, mi alma gemela, mi Luga, mi amiga.



Anteriores:

I. Con lo puesto
II. Roncesvalles
III. La puerta abierta
IV. Y sin llaves