miércoles, 13 de abril de 2016

Camino de Santiago (XVIII)


Nuevo sobre viejo

En Estella se rodó "Bajo las estrellas", una película que me encanta, y los últimos pasos hasta entrar en la población se me hacen ligeros porque voy tarareando uno de los temas de su banda sonora. La localidad presenta un inesperado bullicio en sus calles. Es sábado y el ambiente es ruidoso y festivo; un mercadillo medieval está instalado delante mismo del albergue. En la recepción ya no me cuesta preguntar si están registrados mis amigos. Mientras la hospitalera lee la lista entre nombres que no le dicen nada, yo, por encima del mostrador y del revés, los veo mucho antes que ella. Seguidos, uno detrás de otro, inseparables, Roger, Cécilia y mi querida Laura. Me pongo contenta, eso significa que estaré cerca de mi amiga y podremos charlar, como todas las tardes. Pago la cuota convenida y me entrega una funda de celulosa para el colchón y otra para la almohada, envueltas en su bolsa de plástico, a estrenar. Se agradece pero a estas alturas de recorrido ya da lo mismo, tengo muy claro que dormiré donde sea y como sea. Me dirijo al dormitorio, a tomar posesión de la que será mi casa por unas horas. Las buenas impresiones del principio se difuminan cuando reparo en la horrible acústica del establecimiento; es un espacio abierto y muy luminoso pero todo resuena una barbaridad, los sonidos rebotan incómodamente en mis oídos después de conducirse torpemente sobre paredes y techos.

Llegar a los albergues siempre me produce un ligero desconcierto y aunque se ha ido atenuando, en esta ocasión me siento un poco descolocada; tengo que preguntarlo todo, no sé dónde está el dormitorio, no encuentro la ducha, no sé qué cama elegir. Observo de reojo a mis vecinos, intentando adivinar, adelantarme a conocer algunas de sus costumbres pero enseguida acepto que es inútil tanto control, cuando no he venido sino a desprenderme de él. Con el transcurso de los días, me he ido acostumbrando a convivir con la novedad y la necesidad de adaptación rápida. Es el día a día, un hábito que te persigue minuto a minuto. Yo, que siempre he necesitado un margen de acomodación, celebro asombrada cómo se va acortando hasta quedar reducido a un mero ajuste.

Me encuentro a Laura y lo primero que hace es enseñarme un vaso de cristal verde con dibujos, de esos en los que se suele tomar té. Lo ha comprado en el mercadillo, en un puesto árabe. Vaso de té y un dulce, tres euros, me cuenta entusiasmada. Para caminar es indispensable ir escaso y que hay que pensar muy mucho cualquier adquisición porque será una carga extra. Los objetos que nos acompañan son siempre los mismos; la misma mochila, la misma ropa y los mismos enseres. Ver algo nuevo en sus manos me produce un refrescante efecto de renovación y, como hacen los niños cuando ven algo que les gusta, me voy a dar una vuelta yo sola con la idea de hacer y tener exactamente lo mismo que ella. 

Desplazarse por las abarrotadas calles se hace complicado, y mucho más porque me siento agotada, sin fuerzas. Hoy estoy realmente cansada. Camino arrastrando pies y piernas y me pesan los hombros, pero es una sensación de debilidad tan dulce como la pastita de miel y almendras con la que acompaño el té de menta. Es el regalo que me hago, el premio que me he concedido. Me entretengo en los tenderetes. Mi mente está tan despejada, tan vacía y aclarada que parece necesitar llenarse de cualquier cosa, y busca entre pequeños detalles. Me asaltan un montón de impresiones a la vez; el olor proveniente de los puestos de comida, la música de antiguos instrumentos, alguien que te pisa, el sol en la cara. Todo lo percibido es como una delicada tela en la que distingo, entre la seda y el algodón, el hilo de oro con el que se ha entretejido. Huele a guirlache, a flores, a vino. Los niños corretean y los padres saludan a sus amigos. Se prueban anillos las mujeres. La gente se sienta en el viejo puente a charlar. Mis sentidos se han agudizado a pesar de la fatiga física, o quizá por eso mismo, porque no hay rastro de tensión en mi cuerpo y, como un espíritu en mudanza que busca conocer nuevos placeres, recibo cualquier estímulo como si fuera la primera vez.