Roncesvalles
Una vez retirada la mochila de la consigna y después de comer algo en el bar de la estación, me pongo toda la ropa de abrigo que tengo, ya que la tarde acabará en el Pirineo Navarro. Hay muchos peregrinos en el andén, a los que observo de reojo. Parejas de amigas, de amigos, algún grupo y muchos solitarios, como yo. Parecen tranquilos, mientras que yo me muevo con la rigidez de un autómata. Mi atención, por el contrario, va sondeando en todas direcciones; alerta, intentando obtener información de algún comentario, rastreando cualquier dato que me pueda servir. El conductor aparece y la gente toma posiciones en la puerta. Depositamos las mochilas en el maletero lateral. Subo y me siento al lado de la ventana.
Pamplona va quedando atrás y el autobús sube y sube por la montaña. Cada vez más nublado. Se suceden las paradas y se incorporan al bus más peregrinos.Y sigue subiendo. Me asalta una sensación de pánico, de querer huir. No es nada sutil y se desliza de forma tan traicionera entre todas las impresiones del momento que ya me estoy acostumbrando a ella y no le hago caso. Ya no. Pero sí estoy preocupada; si el tiempo sigue así ,mañana voy a tener problemas. Todo lo que suba habrá que bajarlo. Mi cabeza va a una velocidad inversamente proporcional a la del bus afrontando las rampas de la carretera. El paisaje, de tan precioso, asusta. Distingo caminos y me pregunto si será por ahí. Mi mayor temor es resbalar, hacerme daño y que eso, de alguna forma, repercuta en mi hijo, que todavía me necesita. Mejor no pienso. El autobús se detiene, por fin. Roncesvalles.
Al pronunciar ese nombre habría que hacer una genuflexión. Qué mágico lugar y qué cantidad de energía se respiraba allí. La tarde en gris oscuro, las nubes y la persistente lluvia enmarcaban a la montaña en una visión solemne, casi sagrada. Y aunque no lo advertí entonces, mi espíritu, como si entrara en un templo, se aquietó.
Como sigo en modo automático, me voy detrás de los peregrinos que parecen saber a dónde van. No ha parado de llover durante todo el trayecto y sigue, mientras hacemos cola en la puerta del albergue. No me importa esperar bajo la llovizna, el nubarrón que me preocupa es otro. Si no fuera por el chaparrón que cae sobre mis pensamientos, daría un paseo para conocer los alrededores, pero no me atrevo porque el miedo me tiene calada hasta la credencial. Sólo la misa de peregrinos, en la ermita de este paisaje incrustado, me abriga para enfrentarme a la intemperie. La gente se arremolina en torno al altar. Todos estamos lejos de casa, se percibe la tensión y la incertidumbre, aunque también la ilusión que el sacerdote se encarga de sostener y alentar.
Como sigo en modo automático, me voy detrás de los peregrinos que parecen saber a dónde van. No ha parado de llover durante todo el trayecto y sigue, mientras hacemos cola en la puerta del albergue. No me importa esperar bajo la llovizna, el nubarrón que me preocupa es otro. Si no fuera por el chaparrón que cae sobre mis pensamientos, daría un paseo para conocer los alrededores, pero no me atrevo porque el miedo me tiene calada hasta la credencial. Sólo la misa de peregrinos, en la ermita de este paisaje incrustado, me abriga para enfrentarme a la intemperie. La gente se arremolina en torno al altar. Todos estamos lejos de casa, se percibe la tensión y la incertidumbre, aunque también la ilusión que el sacerdote se encarga de sostener y alentar.
De vuelta al albergue, habiendo soltado un poco de presión, doy una vuelta por las instalaciones. Están muy bien equipadas y, de forma relajada, merodeo por la lavandería, el comedor, la cocina…hasta que me encuentro con la sala en la que los peregrinos que llegan de Saint Jean Pied de Port van quitándose las botas. Un golpe de vista rápido sobre el escenario y la mirada que se aparta, encogida. No hace falta ver más, con una vez he tenido suficiente: barro en la ropa, mochilas empapadas, labios violeta.


















