sábado, 31 de octubre de 2015

Camino de Santiago (II)


Roncesvalles

Una vez retirada la mochila de la consigna y después de comer algo en el bar de la estación, me pongo toda la ropa de abrigo que tengo, ya que la tarde acabará en el Pirineo Navarro. Hay muchos peregrinos en el andén, a los que observo de reojo. Parejas de amigas, de amigos, algún grupo y muchos solitarios, como yo. Parecen tranquilos, mientras que yo me muevo con la rigidez de un autómata. Mi atención, por el contrario, va sondeando en todas direcciones; alerta, intentando obtener información de algún comentario, rastreando cualquier dato que me pueda servir.  El conductor aparece y la gente toma posiciones en la puerta. Depositamos las mochilas en el maletero lateral. Subo y me siento al lado de la ventana. 

Pamplona va quedando atrás y el autobús sube y sube por la montaña. Cada vez más nublado. Se suceden las paradas y se incorporan al bus más peregrinos.Y sigue subiendo. Me asalta una sensación de pánico, de querer huir. No es nada sutil y se desliza de forma tan traicionera entre todas las impresiones del momento que ya me estoy acostumbrando a ella y no le hago caso. Ya no. Pero sí estoy preocupada; si el tiempo sigue así ,mañana voy a tener problemas. Todo lo que suba habrá que bajarlo. Mi cabeza va a una velocidad inversamente proporcional a la del bus afrontando las rampas de la carretera. El paisaje, de tan precioso, asusta. Distingo caminos y me pregunto si será por ahí. Mi mayor temor es resbalar, hacerme daño y que eso, de alguna forma, repercuta en mi hijo, que todavía me necesita. Mejor no pienso. El autobús se detiene, por fin. Roncesvalles.
Al pronunciar ese nombre habría que hacer una genuflexión. Qué mágico lugar y qué cantidad de energía se respiraba allí. La tarde en gris oscuro, las nubes y la persistente lluvia enmarcaban a la montaña en una visión solemne, casi sagrada. Y aunque no lo advertí entonces, mi espíritu, como si entrara en un templo, se aquietó.

Como sigo en modo automático, me voy detrás de los peregrinos que parecen saber a dónde van. No ha parado de llover durante todo el trayecto y sigue, mientras hacemos cola en la puerta del albergue. No me importa esperar bajo la llovizna, el nubarrón que me preocupa es otro. Si no fuera por el chaparrón que cae sobre mis pensamientos, daría un paseo para conocer los alrededores, pero no me atrevo porque el miedo me tiene calada hasta la credencial. Sólo la misa de peregrinos, en la ermita de este paisaje incrustado, me abriga para enfrentarme a la intemperie. La gente se arremolina en torno al altar. Todos estamos lejos de casa, se percibe la tensión y la incertidumbre, aunque también la ilusión que el sacerdote se encarga de sostener y alentar.
De vuelta al albergue, habiendo soltado un poco de presión, doy una vuelta por las instalaciones. Están muy bien equipadas y, de forma relajada, merodeo por la lavandería, el comedor, la cocina…hasta que me encuentro con la sala en la que los peregrinos que llegan de Saint Jean Pied de Port van quitándose las botas. Un golpe de vista rápido sobre el escenario y la mirada que se aparta, encogida. No hace falta ver más, con una vez he tenido suficiente: barro en la ropa, mochilas empapadas, labios violeta.
Huele a fragilidad.


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miércoles, 28 de octubre de 2015

Schlecker


He tenido que comprobar que lo había escrito bien y entonces he pensado en la de veces que lo pronuncié, que lo tuve en las manos o a la vista. Durante unos años, todo lo que ocurría de ocho y media a dos y de lunes a viernes tenía que ver con ese nombre, hasta que un día dejó de formar parte de lo cotidiano. La palabrita era un motivo de cachondeo entre nosotras, por su difícil grafía y pronunciación para los no iniciados. No lo hacíamos mejor aquellos que la manejábamos a diario; si no eras o sabías alemán, siempre iba a estar mal dicha. Incluso llegamos a coleccionar etiquetas, de cartas o paquetes recibidos, con el nombre mal escrito. Muchos se inventaban una nueva palabra, añadían más consonantes de las que tocaban o lo acortaban. Parece difícil que, con sólo siete letras, pudiesen salir tantas combinaciones diferentes. Pues siempre había alguna que volvía a sorprendernos. 

El tiempo que uno pasa en el trabajo a veces se hace pesado. Está lleno de obligaciones, problemas y la sensación de estar privado de libertad. Hay momentos complicados, básicamente  cuando se mete la pata o se cometen errores de consecuencias irreparables, y más cuando se trata de dinero. Un dinero que, en primer lugar, no es tuyo y en segundo, que se convierte con el tiempo en un elemento más, como la hora del desayuno, la moqueta gris o alguien hablando solo en el despacho de al lado. Y no siempre mantienes la concentración. Y te equivocas. Y lo pasas mal.

Pero los buenos momentos son tan buenos...y han sido tantos los buenos momentos junto a mis compañeras, de tantas risas, tan enriquecedores que, como me ocurre a mí, sé que deben estar echando de menos algunas cosas. Estoy segura de que, de vez en cuando, como un rayo de luz, un pensamiento las atraviesa para alumbrar una sonrisa. Y probablemente sea un detalle que en aquel momento pasaron de largo o al que no dieron importancia. Puede ser aquella anécdota divertida,  algún comentario o una mirada cómplice en la peor y más tensa de las situaciones. O quizás la hiedra roja que, al llegar el otoño, decoraba las paredes del edificio y casi, casi...casi llegaba hasta mi ventana. 

MfG


domingo, 25 de octubre de 2015

La mujer pelirroja

EL HOMBRE TRANQUILO (1952), de John Ford


Cuando el viaje más dulce nos devuelve al paraíso.
Cuando llegamos a una estación en la que nadie nos espera.
Cuando en un camino reconocemos lo soñado.
Cuando paramos a contemplar lo ya sabido.
Cuando bebemos whisky, bebemos whisky
y cuando nos enamoramos, nos enamoramos.

Cuando sale humo del fuego que alguien nos encendió.
Cuando el deseo irrumpe, incontenible.
Cuando un sombrero espera desolado.
Cuando la tormenta cala en la voluntad.

Cuando plantamos rosas para no escupir en el suelo.
Cuando los corazones se cierran sin cerrojos.
Cuando se nos niega lo que nos colmaría.
Cuando no queremos morir por lo que en otros matamos.
Cuando la ausencia de lo amado no permite consumar lo sentido.

Cuando cae la lluvia sobre Innisfree...

...nos abandonan las palabras.

Y no queda más remedio que ir a por ellas. Andar buscándolas allá dónde se hayan escondido. Agarrarlas de lo primero que se pille, con firmeza, y arrastrarlas con fuerza aunque se resistan. 
Llevarlas en un gesto desesperado hasta otra línea. Cargar con ellas a través de las frases. Obligarlas a caminar (aunque caigan en un paréntesis) y seguir...dejando atrás los puntos suspensivos. Con la vista fija en el objetivo que se acerca después de la coma, el punto y seguido. Sintiendo las miradas de los que observan, apostados y mudos, y de los que las siguen, expectantes, en la incertidumbre de no saber qué propósito persiguen después del punto y aparte.

Aquí están. Hay que resolver. No hay vuelta atrás. Hay que arrojarlas al espacio en blanco. De un empujón violento. Seco.

No hay palabras...no hay post.



sábado, 24 de octubre de 2015

La tienda

Para mi mirada de niña de ciudad todo resultaba extraordinario. Cuando aún no había llegado ese invento del supermercado, comprar no era sólo ir a comprar, era "ir a la tienda", con todo lo que ello implicaba. Primero había que acercarse, después de parar infinidad de veces a saludar a familiares y conocidos. Una vez allí, esperar y esperar entre mujeres vestidas de medio luto que hablaban muy rápido y usando palabras desconocidas para mí como "aviar", "hondear" o expresiones como "cuarta y mitad". Si iba sola, se me quedaban mirando con descaro o directamente me preguntaban de quién era yo. En ese momento, siempre había alguna que se abalanzaba a clavarme dos besos, o más.  

La dependienta iba atendiendo y el resto esperaba su turno. Si la persona a la que estaba "despachando" le contaba algo y la conversación se ponía lo suficientemente interesante, abandonaba la tarea para escuchar con más atención. Con las manos apoyadas en el mostrador y a veces los codos, se enfrascaba de tal modo en el asunto que olvidaba a los que estábamos esperando. Pero lo más curioso es que a nadie parecía molestarle. Como si, en realidad, no les importara estar allí o en cualquier otra parte. La paciencia, eso sí, tenía premio: un polo casero en envase de "yoplait", si el palillo aguantaba, claro está. 

El tiempo pasa. La tecnología ha puesto a nuestro alcance herramientas y recursos que permiten, entre otras muchas cosas, poder compartir estos recuerdos.Pero todavía -que yo sepa- no se ha inventado nada que reproduzca lo que yo echo de menos de las tiendas que frecuentaba durante aquellos veranos de mi infancia y adolescencia. Es algo que no he encontrado en ningún otro lugar. El explorador que uso no admite establecer ese motor de búsqueda predeterminado. Ni palabra clave, ni URL, ni App, ni nada. Es imposible porque no está registrado en ninguna parte salvo en mi memoria y que ni siquiera puedo explicar, porque las palabras no desprenden olor. En la tienda había de todo y el olor de ese todo sé que no lo voy a hallar porque la fórmula secreta del perfume se ha perdido para siempre.Y aunque lo intento, apenas puedo distinguir las fragancias una a una: a fruta madura, cartuchos de escopeta, chorizo y morcilla, chanclas de goma, jabón, pan caliente...y el guiso del día, porque, además de establecimiento de venta al público, la tienda era también domicilio particular. Un ejemplo más del sentido práctico de unas gentes que para qué andar complicándose, si a las cosas se las puede llamar por el nombre que tienen.

- ¿Qué te pongo, niña?
- Queso
- ¿Del bueno o del corriente?


martes, 20 de octubre de 2015

A brother is a brother

UNA HISTORIA VERDADERA (1999), de David Lynch


Alvin Straight es un anciano cabezota de caderas gastadas. En su pueblo, cuando uno no aparece puntual a la partida, los amigotes saben que algo ha ocurrido. Para un viejo, una rutina rota es síntoma de que las cosas ya no van igual, posiblemente peor, seguramente mal. La desgracia no consiste en caer sino en no poder levantarse. Y el médico no le dice nada que él ya no sepa y del resto prefiere que no le hablen. Vive con su hija, una mujer en el límite de lo clasificable. No es tonta pero tampoco lista. No es joven pero tampoco vieja. Ni demasiado triste ni demasiado alegre. Perdió a sus hijos pero no por ello es culpable, ni inocente. Ella no cambia su semblante, sólo tartamudea un poco más cuando recibe una llamada que avisa de un suceso ocurrido a muchas millas de distancia. Algo grave.

Lyle, hermano de Alvin, está muy enfermo, más achacoso aún que él. Diez años atrás dejaron de hablarse por una razón que, tal vez, ninguno de los dos recuerde. Alvin sabe que el reloj avanza más rápido que sus piernas pero menos que su determinación. Si las estrellas que contemplaron siendo niños siguen estando ahí, hay posibilidad de volver a compartirlas, aunque el tiempo corra tan veloz como el grano cuando desciende de los silos.

Bajo las alas de un cansado sombrero de cowboy, en su mirada turbia volverá a latir el brillo de una inesperada ilusión. La primera parada en su plan de viaje será pasar por caja con el único artículo que no está a la venta en la tienda de saldos que es la vejez. Y es que regatear por caras explicaciones no forma parte del equipaje de quien se acompaña del querer y poder, los dos más firmes apoyos para la voluntad del que está dispuesto a hacer. El doloroso peaje será reducirlo todo a una escala donde la dificultad, conducida por manos temblorosas, se deje agarrar por la pesada carga de un orgullo que, tarde o temprano, siempre acaba siendo penosamente arrastrado. Un recorrido pie tras pie hacia la esperanza y, a la única velocidad a la que está permitido ser alcanzado, ir ganándole yardas al perdón; paso a paso, palmo a palmo, pulgada a pulgada.





sábado, 17 de octubre de 2015

Camino de Santiago (I)


Este es el primer capítulo de una serie de textos que publicaré sobre mi experiencia en el Camino de Santiago. No lo he recorrido del tirón sino en varias fases, durante los veranos de 2011, 2012 y 2013. La primera parte estará dedicada al año 2011 y, como introducción, AQUI, el artículo que envié a "La Vanguardia" y que fue publicado. Me faltan unas pocas etapas para completarlo y aunque el proyecto está ahí, todavía no he encontrado el momento. Pero todo se andará.




Con lo puesto

El día 19 de Julio de 2011 salgo en tren hacia Pamplona, que me recibe con lluvia y frío. Me cuesta abandonar el pequeño y abarrotado vestíbulo de la estación y salir a la calle, no tanto por soltar el último asidero que me ata a mi vida ordinaria sino porque afuera llueve intensamente. Son casi las doce y el autobús hacia Roncesvalles, desde donde mañana empezaré a caminar, sale a las seis. Dispongo, pues, de prácticamente todo el día para conocer la ciudad.
Después de comprar mi billete y seguir la sugerencia de unos peregrinos de Lleida, dejo la mochila en una consigna de la estación de autobuses y me dirijo al centro. Hace frío, demasiado para el mes de julio y eso me inquieta. Tantos días dudando sobre qué ropa traer para acabar sin estar segura. No todo se puede controlar.
Voy pensando que necesito un chocolate caliente de esos de máquina y mientras, observo que en la esquina hay mucho bullicio de gente entrando y saliendo de lo que parece un edificio oficial. Es la Dirección General de la Seguridad Social. En estos sitios suele haber lo que busco. Entro decidida, tomo una escalera a la derecha, llego a una sala y…ahí está, como imaginaba, mi máquina de cafés. Genial. A veces basta con desear algo para que aparezca delante de tus ojos.
Después de entrar en calor todo se ve diferente. Por momentos, sale el sol entre las densas nubes de tormenta, el escenario cambia y eso me anima. Me dejo llevar y pateo las calles húmedas, vagabundear es una de mis aficiones favoritas y mucho más cuando desconozco el lugar. A ratos chispea, a ratos diluvia, a ratos sobra la ropa. Entro en El Corte Inglés para ir al baño y compro un capricho dulce en la pastelería. Como suelo orientarme bastante bien y mis niveles de confianza están a tope, me adentro en el casco antiguo. Disfruto con los lugares conocidos, la plaza del Ayuntamiento, la calle Estafeta, la Cuesta de Santo Domingo. Hay poca gente a mediodía, cuando cierran los comercios y me iría bien descansar un poco así que me dirijo a la antigua estación de autobuses, un espacio habilitado como parque infantil y otras actividades. Es como una gran nave y está a cubierto, aunque al tener varias puertas y muy amplias, una violenta corriente de aire me obliga a buscar un rincón protegido. Me acomodo en un banquito, dispuesta a pasar la sobremesa y a la espera de volver a la estación a por mis cosas, antes de salir hacia Roncesvalles.
Es la hora de comer y me extraña que todavía haya niños correteando y jugando entre las construcciones de madera, columpios y toboganes. Mi pensamiento vuela lejos, lejos en el tiempo y en el espacio y una leve sensación de desamparo se apodera de mí cuando las mamás se levantan para llevarse a sus hijos. Me he quedado sola y probablemente sea el único ser en esta ciudad que no tiene a dónde ir en esta desapacible primera hora de la tarde. Las manecillas avanzan lentamente en el reloj de la antigua estación y el espacio se me antoja demasiado grande para cobijo de una sola persona mientras fuera, en la calle, no se oye más que el ruido de la lluvia sobre las aceras.


jueves, 15 de octubre de 2015

Aquí mismo

E.T. EL EXTRATERRESTRE (1982), de Steven Spielberg

Hay seres en este mundo que parecen llegados de otra galaxia. En noches despejadas es posible ser hallado por uno o ninguno. Nunca aparece por la puerta principal, donde a menudo se le espera sino que suele colarse por la parte de atrás, terminando por desmontar cuanto cachivache y arrinconado desorden allí encuentra. Puede llegar a dejarnos sin hambre, a quitarnos el sueño y hasta a enfermarnos, pero desde el primer instante sabemos que ha venido para quedarse. Pero no se le convence de cualquier modo, hay que sembrar el camino de golosinas que acabamos recogiendo siempre, porque esa es su forma de decir lo que de las palabras desconoce. 

Y aprovechamos para contarle nuestras cosas como nunca antes las contamos a nadie y nos escucha como nunca antes fuimos escuchados.Y aunque le cueste guardar un secreto, le dé a la cerveza y suspire pendiente del teléfono, le adoramos porque se deja embriagar por los mismos atrevidos besos que quisiéramos dar y, ya ebrios de besos, abandonados recibir. Podemos vestirle con cualquier disfraz, hasta de señora con sombrero de plumas y ni aún así necesita sostener la dignidad perdida porque sabe pedir lo que quiere. Si alguna vez se pierde puede acabar hundido en el barro, pero es siempre por su afanosa curiosidad y porque no persigue más búsqueda que la iluminada por su encendido corazón.

Nos enseña a confiar en estrellas en las que no habíamos reparado. Nos descubre el misterio que habita en cielos invisibles. Consigue, con muy poco, que un deseo se sienta, al fin, cumplido. Y acaba llevándose como regalo la vida que su vuelo nos trajo.

sábado, 10 de octubre de 2015

El Chorrito


Andaría yo por los diez años. Mis primas mayores y sus vecinas solían ir al lavadero público. Aquellas labores no iban conmigo así que me dedicaba a jugar entre latas oxidadas y botes tirados por el suelo, a brincar sobre los regueros, a escuchar las conversaciones. De tanta agua derramada, alrededor del pozo se formaban charcos sobre los que zumbaban las avispas, de las que huía aterrorizada.

No he conocido otro lugar que desprendiera aquel olor, una mezcla de jabón "Flota", lejía y añil. Me costaba entender que el color azul no dejase rastro en el lienzo sino que contribuyera a su blancura. Observaba cómo frotaban la pastilla sobre las prendas. Cómo dominaban la técnica del aclarado, sumergiendo y levantando las piezas de ropa, una a una, en un gesto que ellas tenían tan automatizado. Y yo me preguntaba cómo sabían cuándo parar. O cuándo cambiar el agua usada. Y aquel olor. Luego, entre dos, retorcían y retorcían la ropa para escurrirla una y otra vez, una y otra vez. Y al final; una vez acabada la colada, las mujeres más mayores se hacían el "roete" y, con la ropa en la panera sobre la cabeza, un cántaro en el cuadril y el cubo en la mano, se marchaban a sus casas caminando en un equilibrio casi imposible que a mí me parecía asombroso. 


Pero nada era comparable al placer de acercar los labios al cubo que, con tanto cariño, mis primas sacaban del pozo para que yo bebiese. Dicen que el agua no tiene sabor. No sé. Ha pasado algún tiempo y, desde entonces, he sido acariciada por muchas sensaciones pero pocas como la de aquel cristalino y delicioso néctar que saciaba la sed de la niña que fui.


A mis primas, María Sampedro y Rosa. Y a Juana Pacheco

Gracias

miércoles, 7 de octubre de 2015

Cerremos los ojos...


EL VAGABUNDO (1915), de Charles Chaplin
Soñemos, como Charlot, que no poseemos más que un chaqué raído, un bombín usado y un bastón que oculta nuestra miseria bajo un falso porte distinguido. Que nada nos ata, que nadie nos detiene. Siempre derrotados y siempre invencibles, seguiremos siendo vagabundos, sin más hogar ni destino que nuestros pasos.


UNA SEMANA (1920), de Buster Keaton
Soñemos, como Buster que el miedo no nos alcanza. Que a la vuelta de la esquina hay una entrada o una salida a nuestra huida. Que hay dónde esconderse pero no por mucho tiempo. Cómo esquivar el abismo pero no sin esfuerzo. Que el ingenio nos pertenece pero no el azar, aunque también pueda rescatarnos en el último instante.


EL MAGO DE OZ (1939), de Víctor Fleming
Soñemos, como Dorothy que, estando perdidos, hay un camino señalado de vuelta a casa pero no lo recorreremos solos sino en compañía de otros tan o más asustados y desvalidos que nosotros. Que por muchas brujas del Este o del Oeste que nos acosen, los chapines colorados siguen en nuestros pies.



MATAR A UN RUISEÑOR (1962), de Robert Mulligan
Soñemos, como Atticus, que la justicia es justa, que buscar la verdad es la única forma de encontrarla, que aquello que hacemos nos hace y que sólo la razón permite atrevernos a conocer lo desconocido y que eso es lo que significa crecer.


CASABLANCA (1942), de Michael Curtiz
Soñemos, como Ilsa, que cuando no es posible tener lo que amamos, es posible amar lo que tenemos y que siempre quedará...allí...dentro de nosotros, el recuerdo de lo vivido y compartido.




DERSU UZALA (1975), de Akira Kurosawa

Soñemos, como Dersú, que la naturaleza nos habla y que la escuchamos. Que en la tierra más solitaria, fría y distante, alguien nos ofrecerá el calor de su hoguera y nos acogerá con la generosidad de su alma y, aún en la ausencia, espera reencontrarnos, por muy extenso que sea el territorio por donde arrastremos nuestra soledad.



EL HOMBRE ELEFANTE (1980), de David Lynch
Soñemos, como John Merrick, que aunque podamos parecer y parecernos monstruosos, unos ojos ajenos serán capaces de ver la belleza de nuestra íntima esencia humana y que nos convencerá de ello.


LA LISTA DE SCHLINDER (1993), de Steven Spielberg
Soñemos,como Schindler, que hay guerras buenas, aquellas que se libran contra uno mismo. Que la mejor forma de conseguir hacer algo es haciéndolo y que en la salvación de otros está también la nuestra.


BLADE RUNNER (1982), de Ridley Scott
Soñemos que nuestras lágrimas no se perderán, como las de Batty, sino que una mano las recogerá para recordarnos todo lo que vimos y la ilusión de los que se nos negó, y nos sujetará antes de caer al vacío. Habrá otro que no podremos evitar pero a diferencia de él, nosotros, tan sólo humanos, no malgastaremos llanto ni el tiempo que queda hasta precipitarnos en él.

Soñemos con no dejar de soñar...


sábado, 3 de octubre de 2015

Pajaritos, a comer



Altafulla, 13 de septiembre de 2009

Mañana empieza el cole. Los niños se han pasado casi todas las noches del verano jugando al escondite, aunque ellos lo llaman "pi". Les oíamos gritar las diversas cantinelas del juego. "Perrito guardián" es cuando el que "para" no se mueve para buscar a los escondidos sino que se queda al lado del lugar que designan como "casa". Le gritan eso para que vaya a husmear a otra parte y  así poder acercarse antes de ser descubiertos. Cuando se les oye gritar "ha roto la olla" significa que alguien ha infringido alguna norma del juego y eso "no se vale". Me hacía mucha gracia oír cantar a los más pequeñajos eso de "se ve, se ve y el burro no lo ve", contagiados de lo que ven hacer y decir a los mayores, porque juegan todos juntos, no importa la edad, cada uno se incorpora con lo que tiene. Incluso me explicaron que los pequeños tienen "azúcar". Consiste en estar liberado de la obligación de parar, aunque lo pillen el primero. .

No he averiguado aún por qué, en un momento determinado, alguno de ellos se planta y grita "pajaritos, a comer". Sólo sé que entonces hay que parar el juego, volver a casa y empezar de nuevo...


viernes, 2 de octubre de 2015

La mañana


Anduve por los alrededores del camino. Aromas intensos, largamente añorados; a jara y eucaliptus, entre vetas de pizarra recalentada. Piedra y roca y pasto abrasado. Arbustos de un verde desesperadamente agarrado a la tierra seca. Un almendro exhausto al borde del sendero. Un paisaje cualquiera, de una parte cualquiera de un pequeño lugar puede ser grande y extraordinario para un corazón que le pertenece. Ni siquiera mis pasos consiguen romper un silencio tan quieto, tan hondo y tan vasto como para detener el tiempo, eternamente, entre el cielo y el canto del gallo, el lamento de las ovejas, el ladrido lejano de los perros.

A lo lejos, el Cerro del Águila despierta entre la neblina de este perezoso amanecer. Unas palabras acuden a mi rescate. Gastadas y antiguas, me recorren como si las descubriera, relucientes, por primera vez. Madre. Tierra. Una parte de mí se siente en casa.