miércoles, 24 de febrero de 2016

Camino de Santiago (XIV)


Entre el antes y el después

He llegado al albergue de Puente la Reina un par de horas más tarde que mis amigas así que no vamos a compartir dormitorio. El que me han adjudicado es amplio, está bien iluminado y distingo unas doce o catorce camas, todas ocupadas excepto dos literas de arriba. Puedo quedarme con la que está junto a la ventana pero por alguna extraña razón me instalo al lado de la puerta. Cuando quiero rectificar es tarde, se me han adelantado y no me gusta nada estar en medio del paso, expuesta a las corrientes de aire y lo que es peor, a ser observada. Me recrimino haber hecho tan mala elección, hubiera estado mejor un poco más arrinconada, más escondida. El asunto queda olvidado cuando Laura aparece para llevarme al jardín de la parte de atrás del albergue, donde los peregrinos se han reunido a descansar. El calor del sol, la hierba fresca bajo los pies desnudos y el intenso sabor del chocolate adornan una tarde que transcurre deliciosamente porque, como dice Rosa, "lo tenemos todo hecho".

No me di cuenta entonces pero es asombroso descubrir cómo se dilata el tiempo cuando no reparas, cuando no adviertes su presencia, cuando no sientes sus pasos encima sino que, únicamente, te deslizas con él. En la vida ordinaria, en ocasiones, pueden pasar meses antes de encontrar un hueco para ver a una amiga, para un simple café. Las tardes en el Camino, sin embargo, es un tiempo vacío de obligaciones y no hay que hacer nada para llenarlo. Todo lo que había que hacer ya se ha hecho. Hagas lo que hagas, es un tiempo que ni sobra ni se puede malgastar, porque ya está ganado. En nada puede ocuparse, salvo en dejar que las cosas, simplemente, pasen.

Me quedo charlando en la calle hasta última hora y, al llegar al dormitorio, entiendo que me quedé esa cama porque iba a ser la última en acostarse esta noche y lo que no quiero es llamar la atención y molestar a todas esas desconocidas que duermen plácidamente, ajenas a mis desvelos. Soy también la primera en despertarse y me lanzo a abrir las ventanas porque la falta de oxígeno ha enrarecido el ambiente así que salgo zumbando con mis cosas de allí. Cuando llega Laura a despertarme yo ya estoy medio preparada pero me entretengo con el desayuno y ellos salen por delante. Voy siguiéndoles pero, justo al cruzar el río sobre el puente tengo que parar porque me roza un calcetín. Y como no pido a nadie que me espere me quedo rezagada pero no me importa. Una de las ventajas de ir solo es que caminas a tu propio ritmo y ya me viene bien. Puedes parar donde quieras y el rato que quieras así que aprovecho para hacerme una foto con el puente detrás, todo un emblema para mí. En eso que pasa por allí  Joan, peregrino catalán y se ofrece para tomarla. Acepto pero no de buen grado, me cuesta mucho pedir algo a los demás y creo que es la primera vez que permito una injerencia de ese tipo. Joan se queda porque tiene problemas musculares y yo, que no acabo de ir cómoda, vuelvo a parar por el dichoso calcetín. Pierdo un buen trecho respecto al grupo pero me lo tomo con calma porque significa que sólo les podré alcanzar cuando se detengan. Pero sigue sin importarme demasiado, con tantos kilómetros por delante es importante dosificar. Eso me permite disfrutar de pequeños detalles que pasaría por alto si marchara distraída en la conversación o fatigada por intentar no perder rueda. Durante un tramo camino junto a los italianos. Michele va grabando para un reportaje de una televisión italiana y, al entrar en Muñero por la calle de la Esperanza, tomo una foto de la placa y se la señalo para que la grabe. Me hace caso y, mientras él se mueve para tomar imágenes desde diferentes ángulos, nos miramos, y sospecho que hemos pensado lo mismo. Basta un instante para registrar la densidad de una palabra tan hermosa y media vida para llegar hasta ella.

En un aceptable castellano me fue contando su peregrinación a Jerusalén, también como reportero. Detuvimos la charla cuando, delante nuestro, a la luz de la mañana temprana, apareció la silueta de Cirauqui. Un perfil de estampa, con su torre y su homogéneo entramado de casas alrededor. Rodeado de campos verdes, de su cielo azul decorado con enormes nubes blancas que parecían dibujadas. En sus empinadas calles encontramos al grupo y abandonamos el pueblo como si de un cuento se tratase, penetrando por un arco, resto de la antigua muralla.

sábado, 13 de febrero de 2016

Camino de Santiago (XIII)


Puentes y más puentes

No sé si por efecto del ritual, pero con mis niveles de entusiasmo ajustados me encamino hacia el siguiente objetivo: el Albergue de los Padres Reparadores, en Puente la Reina. Al planear mi viaje, me convencí de que si conseguía llegar hasta esa localidad podría darme por satisfecha. Creí que iban a ser mayores las dificultades y tener ese sugerente nombre como próxima meta me alivia de cierta presión. En alguna parte de mí, la línea que separa éxito y fracaso pasa por llegar a atravesar el famoso puente medieval sobre el río Arga. Un lugar de paso obligado en el periplo de todo peregrino que, desde tiempos antiguos, quiere llegar a Santiago desde esta punta del mapa. 

Mi mente se traslada a una época de castillos y caballeros armados librando contiendas por la disputa de unas lindes que quizá anduve pisando, quizá ahora mismo bajo la planta de mis pies. Si tanto se ha combatido por estas tierras, no debo temer por la particular guerra que mantengo conmigo misma, a la que otorgo tratamiento de pugna menor. Así que voy tranquila y confiada porque estoy en vías de superar la mejor de mis previsiones. Pero, si los días de camino que he dejado atrás me han enseñado algo valioso, es que no se puede cantar victoria prematuramente. Por ello no me concedo permiso para sentirme vencedora. 

Al llegar al núcleo urbano de Óbanos, tras una pronunciada pendiente, pierdo la pista de las señales que indican el rumbo. Lo peor no es perderse, lo peor es tener que volver atrás hasta encontrar la última concha, la última flecha amarilla. Durante el recorrido no siempre se mantiene la concentración porque los pensamientos siguen su propia hoja de ruta y, en el caso de hoy, el cansancio y el calor contribuyen a aflojar mi atención. Voy algo apagada, llevada por la inercia hasta que reparo en que ignoro por dónde continuar y ni siquiera sé por dónde he venido. En condiciones normales me hubiera recriminado el despiste pero no dispongo de reservas de energía suficientes para malgastarla de ese modo absurdo. Perdida la senda, aflora el sentido común. Pruebo por una calle, otra, miro en las esquinas, busco algún signo en el suelo, algún mojón. Qué raro. Me resisto a preguntar, entre otras cosas porque son las tres de la tarde en pleno verano, es un pueblo pequeño y no hay nadie en la calle. Y ni rastro de peregrinos. Se me ha presentado un pequeño problema, es el riesgo que corre el que pretende resolverlo todo por sus propios medios. Pero así como en la vida, el Camino nunca cierra todas las puertas y me acerco a la única que encuentro abierta, un garaje particular con gente al fondo, muy al fondo. Me cuesta un infierno asomar la cabeza, hacerme notar. Parecen muy ocupados y tengo que escalar un peldaño más en la dificultad que me entraña pedir ayuda. Por fin elevo la voz y me atrevo a preguntar de lejos. Me indican, despreocupados, que hay que seguir por una pequeña plaza para desembocar en una plaza mayor y sospecho que, a pesar de no ser la primera persona ni la última que les aborda con la misma y repetitiva vacilación, esas gentes siguen y seguirán respondiendo con la misma amabilidad. Como si supieran que les corresponde tomar el relevo ante la ausencia de señales y aceptando sin más la utilidad de su función. Posiblemente hubiera encontrado la plaza de los Fueros de todos modos pero con un degaste mayor que el soportado por el extravío que mi orgullo ha tenido que atravesar.
En el parque de la plaza, me tumbo sobre la hierba a contemplar la iglesia de San Juan Bautista, su torre es de una belleza arrebatadora. Un grupo de niños juegan alborotados y ese griterío contrasta con la severidad que desprende todo el conjunto. Frustrado mi intento de reposo, reanudo la marcha después de pasar bajo un majestuoso arco apuntado coronado por almenas. Una bajada y Puente la Reina a tiro de piedra. Tropiezo con un albergue pero no es el que me interesa porque quiero encontrarme con Laura. En esto que escucho unas voces a cierta distancia. Alertada, giro la cabeza y veo a alguien que mueve sus brazos intentando llamar mi atención desde la terraza de un restaurante. Es la señora del ritual de Eunate, gritándome que sí, que era verdad, que yo tenía razón, que luego caminó mucho más cómoda... A distancia, nos saludamos con sincera alegría desplegando risas y miradas de complicidad, deseándonos buen camino.

Ella se quedó allí. Yo continué hasta mi destino con una sonrisa en los labios. Pensativa. E
ncajando las piezas de la inesperada sorpresa que acababa de recibir. Y muy contenta por haber contribuido a que se sintiera orgullosa de su hazaña. Quién sabe cuántos inconfesables puentes sobre el miedo tuvo que atravesar en su batalla contra unos inofensivos guijarros. No la volví a ver y a menudo me he preguntado si llegó a Santiago o si se acuerda de mí. Ni siquiera recuerdo su rostro. Pero tengo ese instante grabado en mi memoria, cuando compartió conmigo su pequeña conquista.

viernes, 5 de febrero de 2016

Camino de Santiago (XII)


Eunate

Primero una bajadita sobre asfalto, después una larga recta, luego una curva y a continuación un carril forestal me conducen a ese lugar de enigmático nombre que por nada quisiera dejar de visitar. Después de encontrarnos mi amiga y yo, no hemos parado de hablar hasta el desvío y ahora que vuelvo a estar sola mi pensamiento también cambia de dirección. Se dirige hacia un lugar de nombre conocido pero no menos misterioso, un cruce de caminos donde me salen al paso las mismas preguntas de siempre, con sus mismas respuestas y donde siempre tomo el atajo que lleva a la misma tristeza.
Casi he llegado al recinto pero no me doy cuenta hasta unos metros antes, donde un campo de enormes girasoles está siendo regado por unos aspersores en marcha. Me salpican la cara y mis lágrimas se funden con el agua de las entrañas de Eunate.
El edificio tiene una forma poco común que extraña a la vista. Sus muros, de roca gastada por siglos a la intemperie rebosan sobriedad y la sabiduría propia de aquellos enclaves sumergidos en lo más profundo de la historia. Sólo mirar, estremece. Pero lo más sobrecogedor es que aparece en medio de la nada. A cuestas con la pesadumbre que he arrastrado hasta aquí, mis pies -sin yo saberlo- se dirigen hacia la puerta de acceso al interior de la ermita. La hallo abierta, algo que no espero y me descubro contrariada al ver tanta gente en un espacio tan pequeño. Un grupo de peregrinos jubilados que vienen del camino aragonés han contratado los servicios de una guía de la zona para que les explique la visita. Contenta por mi buena suerte suelto la mochila e, intentando hacer el menor ruido posible, me acomodo en un viejo banquito de madera, junto a la entrada. Mi respiración, entrecortada a partes iguales por el cansancio y el esfuerzo por no molestar, se paraliza ante la quietud que reina allí y porque la sensación de recogimiento arrasa con todo. Me noto tan suavemente recibida en ese hueco, un refugio tan acogedor y de una escala tan humana que casi alcanzo a tocar la cúpula con los dedos, o eso me gustaría. No puedo dejar de mirar a las columnas, los capiteles, la talla de la Virgen. La guía, después de su explicación, nos hace indicaciones para realizar un ritual de recarga energética. Consiste en caminar descalzo sobre cantos de piedra alrededor del claustro porticado. Preferiría hacerlo sola, me da reparo compartir la actividad con otra gente pero no me lo pienso y me uno al ritual por una razón bastante más prosaica: a mis doloridos pies les irá bien oxigenarse un poco y algo de masaje. A mi lado, una señora me susurra que ella no, que eso duele. Yo la animo, le sugiero que pruebe, que seguro al ponerse luego las botas se va a sentir mucho más confortable. Después de tres vueltas al deambulatorio volvemos al interior, hasta el espacio central bajo la cúpula para, con los brazos alzados, recibir lo que sea que deba manifestarse desde más allá de los cielos.
Los peregrinos se van, dejándome sola y la ermita, más ligera, se deja sentir mejor. Atravesados por la penumbra, los sillares del muro, rugosos y opacos, destilan una vieja y hermosa imperfección. Cualquier sonido resulta ensordecedor y hay que medir todo gesto para no perturbar un sosiego construido con retazos de silencio. Entre las rendijas, luz y oscuridad parecen derramarse en un diálogo de contrastes imposibles. Lo visible es pura belleza. Bajo la cúpula enervada, un firmamento invisible habla de lo que no está al alcance del entendimiento. El aire habla. Hablan las losas de Eunate y el tiempo se detiene. Y no hay camino ni cansancio ni dolor. Ni ausencia. Todo es plenitud. Presencia.

Eunate no es un lugar corriente y me costó abandonarla. Muchas, muchas veces me detuve y me di la vuelta mientras me alejaba. Como si necesitara asegurarme de que existía, era real y seguía todavía cerca, todavía al alcance, todavía allí… hasta que me giré y ya no estaba. Ni me di cuenta cuando, en algún momento, tras algún recodo, desapareció.