martes, 15 de marzo de 2016

En las entrañas

LA HABITACION (2015), de Lenny Abrahamson


One evening as the sun went down,
And the jungle fire was burning.
Down the track came a hobo hikin
And he said boys I'm not turning.
I'm headed for a land that's far away
Beside the crystal fountains.
So come with me,
We'll go and see
The Big Rock Candy Mountains.
 


Como cualquier niño, Jack se duerme con la voz de su madre. No importa si, como todas las noches, ella está ausente y pensativa. Si él se lo pide, le cantará su canción favorita. Y entonces, al cerrar los ojos, se dirigirá a una tierra luminosa y alegre, con serpientes de cáscaras de huevo y fuentes de cristal, en las lejanas montañas de caramelo de Big Rock, donde el sol brilla todos los días. Todo el mundo cabe en los sueños de Jack, un gigante que algún día romperá el tragaluz, ese cuadrado azul que cuelga del techo de la habitación.

Pero el mundo de una habitación es demasiado pequeño para la curiosidad de Jack y demasiado grande para la desesperación de su madre. Cobijados en una ratonera que es refugio y prisión, se pudrirán en ese hoyo profundo, si no consiguen escapar. No queda ya fantasía que acuda al rescate de Jack, ni más inocencia en la que permanecer. Pronto no habrá armarios donde esconderle de la locura. Ella sabe muy bien que, ahí fuera, entre el cuarto infecto que tienen por hogar y el espacio exterior, el mal es completamente real y la magia, ni siquiera la mitad. Pero Jack sólo tiene cinco años y para él, todo lo que vive en su imaginación es tan real como lo que ve, toca y siente, como la televisión, aunque no sea completamente real, o como los cuentos, donde todo puede ocurrir. Lo que desconoce, no existe. Y lo que no existe, es una mentira.  

La verdad es demasiado turbia para ser cierta, y el engaño, demasiado apestoso para su candidez. Para una madre, real es el desgarro de arrancar a un hijo del paraíso, aunque sea inventado. El mundo va a ser siempre demasiado grande para su pequeño. Sin más mapas que la única voz que Jack conoce y sin más horizonte que lo que nunca conoció, estar en el mundo es pelear hacia fuera, en todas direcciones. Y aunque todo pasa a la misma vez, engañar no es tan fácil, ni confiar. Y es aburrido porque mamá ya no está en él.

Y volver a la cama, a casa, ya no es posible, porque este laberinto desconocido es un planeta demasiado apresurado para alguien que necesita detenerse a mirar por primera vez. Detrás de cada cerradura hay una puerta abierta, detrás de cada rostro una duda. Y detrás de su madre, su otro lado, porque todo tiene dos lados.

Como cualquier madre, Joey supo que su sitio no estaba en otro lugar, sólo junto a Jack. Podía faltarle todo, pero la tenía a ella. No se preguntó qué era lo mejor porque una madre es siempre lo mejor para su hijo. Y también es hija de una madre. También tenía su voz en la cabeza hablándole todo el tiempo, pero fue arrojada a un mundo que dejó de necesitarla. Y tal vez, su madre, se olvidó de ella. De su vida truncada. De lo que a nadie más le pasó. Con Jack a salvo, el cordón que le une él no podrá sostenerla, ni hacerle olvidar cómo lo consiguió.

Está el espacio y los planetas. Está el mundo. Y luego está Jack, el dragón de piel dura, el héroe forzudo que elegirá una historia diferente. 
Aunque no tenga la clave de la puerta cerrada que es su mamá, es su mamá. Y la salvará una y otra vez porque no hay otra mejor, aunque esté triste o apurada. Para eso llegó. Para no permitir que se rompa allí donde los hijos duelen. En esa parte del mundo donde fueron alojados y donde siempre queda una cicatriz. El dolor es real. Tú y yo somos reales pero el cielo nadie sabe dónde está.


A Paqui, Mercedes y Leticia
A mi madre