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| INSTINTO BASICO (1992), de Paul Verhoeven |
Una escritora de éxito, brillante, rica, bella...y libre. Alguien que sin pretenderlo y ante la indiferencia por sostener certeza alguna, plantea una paradoja a la mente racional de aquellos que la implican en un crimen por probar. Sin la angustia ni la necesidad de reivindicar su inocencia les empuja a revisar su propio concepto del bien y del mal, guiados por el timón de quien no se deja conducir sino que sigue su propio rumbo. Y no siente desasosiego al levantar sospechas, al contrario, parece encantada con ello. No muestra la más mínima inquietud ni le intimida el interrogatorio al que es sometida, porque lo único que Catherine Tramell desea confesar es que acepta su propia singularidad, negándose a repetir un modelo de mujer ya conocido en el que instalarse cómodamente. No le importa ser señalada con dedo acusador, no siente malestar, sino que disfruta de ser observada. Y cuando más siente la mirada reprobadora fija en ella, es cuando más se atreve a mostrar la entrepierna de sus pensamientos, huyendo del refugio de la mediocridad, del no diferenciarse, del pasar desapercibida en su condición de mujer que no siente el peso de la conveniencia de ser políticamente correcta. No hay forma de impulsarla a hacer y decir lo que no siempre coincide con lo que piensa y siente y no admite lo adecuado, lo apropiado, cuando es planteado con el único objetivo de no despertar desconfianza. Porque la mujer que no es complaciente, condescendiente, que no muestra signos de debilidad, que no espera ni necesita la protección del hombre, que no depende afectivamente de nadie, la mujer que es arrogante, se convierte automáticamente en sospechosa.
Transgresora. Provocadora. Su conducta no se corresponde al estereotipo de mujer convencional. No se acomoda. No se esconde en la semejanza. No encaja en patrón conocido. Ella es como es. Encuentra placer en hacer justamente lo contrario de lo que se espera de ella. No da el perfil de mujer que no planteará problemas, ni siquiera pretende disimularlo, es más, se recrea en la idea de ser el detonante de conflictos que adivina latentes en todos aquellos que se cruzan en su camino.
Ambigua. Con una belleza que no reside únicamente en un físico espectacular, sino que tiene su punto de partida en el convencimiento, en la seguridad de su indudable atractivo. Se sabe deseada por hombres y mujeres y ello no le confiere una actitud pasiva, de recepción, sino decidida, y actúa proyectando su voluntad para explorar los límites de su ilimitado erotismo. No necesita agradar a los otros sólo para obtener su aprobación. Ni teme, ni se avergüenza de sentir placer.
Audaz. No se le adivinan límites a su deseo de vivir intensamente cualquier situación. Fuma, bebe, consume drogas, colecciona amantes, conduce a gran velocidad, se entrega a sus caprichos. Parece no ocultar nada, actúa con indolente descaro y no esconde una actitud desafiante. A todos los que se acercan les exige atrevimiento para responder al reto de enfrentarse al oscuro abismo de lo desconocido, porque primero hay que saber muy bien quién es uno y qué quiere, para después poder descifrar el interior de una mujer que no busca ser amada, ni siquiera ser temida, de una mujer que no busca nada, que simplemente, es.
Seductora. Transmite una sensación de serenidad y frío cálculo. Persuade. Convence. Cualquiera estaría dispuesto a seguirla tras la ciega promesa de descubrir el origen de su carisma. Intuitiva. Enérgica. Vital. Maneja habilmente sus emociones. Conoce y adivina las motivaciones más íntimas de los demás, penetra en su interior con temeridad. Sus palabras proceden como preciso bisturí de cirujano, abriendo el tejido de los sentimientos ajenos para dejarlos al descubierto y en carne viva, hasta hallar la causa del dolor inconfesado. No coquetea sumisamente, su capacidad de seducción tiene un aire amenazante que tiene su origen en una total ausencia de miedo al rechazo y al fracaso.
Hábil. Tan hábil como para confundir y desviar la evidencia de su supuesta maldad, porque en todo momento se muestra convencida de su poder de comunicación, manifestando su conocimiento, arrastrando a los demás por su capacidad de resolución. No oculta su pensamiento, pero no es explícita. No es retorcida, pero sí manipuladora. No facilita la accesibilidad, más bien la complica. Porque desentrañar el misterio de la identidad de Catherine Tramell no está al alcance de cualquiera y ella lo sabe. Todos aquellos que lo intentan se verán sometidos a la obligación previa de admitir la propia incapacidad para acometer dicha empresa, enfrentados al dilema de reconocer que, aunque posiblemente existan motivos para condenar su conducta, no pueden hacerlo, ya que saben que en ellos mismos habita un ser susceptible de condena, un ser que aunque no se comporte de forma reprobable, a menudo sí alberga el íntimo e inalcanzable deseo de huir del compromiso de la apariencia convenida por todos. La diferencia consiste en que ella no se culpabiliza por ello, sino que disfruta de esa ambivalencia, lo que la rodea de un halo de sorprendente e iluminado magnetismo.
Todo en ella es indicio de intencionalidad, de inconformismo rebelde, de riesgo. Ahí reside su fuerza y su poder, su valor y su autenticidad. En el secreto que permanece concentrado en el misterioso uso que hace de la libertad de ser ella misma, en el sentido de servir a su propia vida en la medida deseada, sin injerencias, sin la imposición de ceñirse a un modo cuadriculado de saborear, cuando hay que saborear, y de engullir, cuando hay que engullir, el trago prohibido. Y todo ello, sin más recursos que los proporcionados por la cotidianeidad más simple al alcance de su mano, la que se maneja sabiamante y con firmeza sobre el mango de un quizá no tan inocente...quizá no tan inofensivo...pero corriente y vulgar picahielos.
