viernes, 10 de junio de 2016

Camino de Santiago (XXII)


Nunca caminarás solo

Tengo el sueño adaptado a la costumbre de levantarme pronto pero esta mañana he querido quedarme en la cama un rato más. Hoy es mi último día en el Camino y una parte de mí no quiere despertar. Pronto me doy cuenta de que voy a ser arrollada por un vendaval de sentimientos encontrados. Me encantaría poder seguir pero también tengo ganas de volver a casa y ver a mi familia, compartir lo vivido. Preparo la mochila como todos los días, con la misma ilusión, con las mismas ganas de pisar tierra y hierba, piedras y monte. Pero hoy no es un día como los demás, hoy todo va a estar teñido de un color diferente, el de las cosas que se acaban, de lo que sabemos irrepetible, aquello que no se podrá olvidar. Hoy es un día precioso pero difícil. Porque difícil es manejar penas y alegrías a la vez cuando ambas crecen con la misma fuerza pero en direcciones opuestas.

Nada más poner un pie en el suelo, las emociones que este viaje me ha ido sembrando han empezado a florecer y siento que hoy tengo dos caminos por recorrer. El de fuera es sencillo, sólo hay que mover un pie después del otro. El de dentro me va a costar algo más. Callada y pensativa, observo a los peregrinos sentada en la terraza del albergue, las conversaciones triviales de cada mañana hoy no son tan triviales. Cada vez que miro a Laura se me hace un nudo en la garganta.
Salimos de Torres del Río al amanecer. Michele nos acompaña y nos filma mientras dejamos atrás las últimas casas. Mejor no pensar, me repito. No pienses porque pararse a pensar es dejar de vivir y aún queda mucho. Porque un día es mucho en este asombroso Camino donde todo encaja; donde, del mismo modo que a la noche sigue el día, al esfuerzo sigue la recompensa y al dar el tomar. Donde, lo que parece acabarse en el fin, es sólo el principio de un nuevo comenzar.
Camino junto a mis compañeros Roger, Cécilia y Laura y percibo, en pequeños detalles, que hoy me prestan una atención especial. Están más pendientes de mí, me esperan si me paro, me siento cuidada. A veces me asalta un pensamiento y los ojos se me llenan de lágrimas. Quiero y no quiero llorar pero es algo que no está bajo mi control. Intento, inútilmente, que no me vean. Ellos lo ven todo y, aunque no me gusta, tengo que aceptar que estén tristes por mi tristeza. Roger canta como en otras ocasiones, pero nosotras no le seguimos. Laura va muy concentrada en sus pasos, pensativa, muda. Sé lo que le pasa y me duele verla así y al suyo sumo mi propio dolor. Hoy nos pesa la mochila, hoy la mochila pesa como nunca, el pensamiento pesa, pesa como nunca. Una de las veces que se pone a mi lado le pregunto si quiere contarme algo para practicar un poco más de castellano. No resulto convincente con la excusa, mis palabras son poco creíbles porque en su expresión veo un "Gracias pero no cuela, Cati, ¿No ves que si hablamos me voy a poner a llorar?". Eso es lo que escucha mi corazón aunque de sus labios sólo brota una simple y no forzada negativa. Yo no me rindo y le enseño mis piedras recogidas del Perdón. Parece salir de su ensimismamiento y, encantada con la idea, toma dos piedras del suelo y se las guarda en el bolsillo para volver e meterse dentro de sí misma, sin compartir conmigo sus pensamientos. Lleva buen ritmo. Me gustaría ir más lenta porque yo no quiero llegar pero sacrifico mi interés por estar a su lado un poco más. A cada paso quisiera hundir mis pies en la tierra para alejar el destino, alargar, estirar, prolongar lo que no quiero que llegue. Quiero quedarme siempre en el Camino, siempre peregrina, siempre aquí.
Llegamos a Logroño concientes de estar dando nuestros últimos pasos juntas y ya en el albergue disfrutamos de nuestro último rato de charla. El escenario, un estrecho balcón y la escena, una declaración entre amigas del alma. De su silencio durante la etapa surgen las palabras más hermosas que le haya podido escuchar y, del mío, la torpe traducción a letras de todo el afecto y el cariño que puedo, emocionada, recopilar. Me abre la mano y coloca las dos piedras que recogió hace un rato. Una para separarnos -me dice-. Otra para unirnos. Nos miramos. Nos abrazamos. Nos besamos. Reímos. Lloramos. No nos separamos en toda la tarde, vamos a dar una vuelta por Logroño y volvemos a decirnos una y otra vez las mismas cosas, a recordar las mismas anécdotas, a mirarnos de la misma forma. Cuando llega la hora de decirnos adiós, Laura y yo nos fundimos en un abrazo interminable en el rellano de la escalera bajo la atónita y dulce mirada de Cécilia.

Ella fue testigo de lo que ocurrió y podrá contarlo mejor. Mi querida amiga y yo íbamos a separarnos quizás para siempre y no puedo decir más, porque las lágrimas inundan mi voz cada vez que recuerdo su mirada en el instante mismo en que empecé a descender cada uno de aquellos peldaños.

CONTINUARÁ...

jueves, 19 de mayo de 2016

Camino de Santiago (XXI)


24 de Julio
Después de dieciocho kilómetros nos adentramos en Los Arcos por un laberinto de calles extrañamente vacías, teniendo en cuenta que muchos peregrinos finalizan etapa. Las callejuelas de la localidad desembocan en una plaza amplia y abierta y nos detenemos en un parque delante de la iglesia para descansar y reponer fuerzas. Antes de afrontar el día de hoy, había que elegir entre hacer la etapa larga o la corta, porque entre este punto y el siguiente no hay poblaciones intermedias. Nosotros hemos optado por continuar hasta Torres del Río, a diez kilómetros de aquí. Seguiremos porque mañana quiero llegar pronto a Logroño para tomar el tren a mi casa y ellas han quedado con unas amigas para seguir el camino hasta Burgos. Desperdigados por el césped, compartimos chocolatinas y fruta pero en silencio. Es media mañana pero tenemos hambre como si no hubiéramos comido en muchas horas. Se nos une Michele y todos juntos recorremos caminos polvorientos a pleno sol, sin rastro de árboles, sin sombras, sin nada. Una etapa dura, larga, calurosa, que parece no acabarse nunca pero que nosotros aceptamos como si lo hubiéramos elegido así. Al llegar al albergue nos tiramos en las sillas de la terraza, sin poder mover ni un dedo, callados, agotados.

Después de un rato soy la primera en subir al dormitorio y, como aún no ha llegado nadie, reservo cuatro camas, una para cada uno porque Michele ha ido al encuentro de sus amigos italianos. El albergue es pequeño y nuestra habitación está fresca, limpia y bien ventilada. Todo tiene dimensiones reducidas en este pequeño pueblo de calles empinadas y, desde la ventana, puedo ver otra singular iglesia, el Santo Sepulcro, de planta octogonal, también de origen templario, como Eunate. Me parece un auténtico lujo dormir delante de una obra de arte tan excepcional. Estas cosas son algo común en el Camino pero yo no dejo de asombrarme al sentirme rodeada de tanta belleza, de convivir día a día con lo que mi mirada halla de extraordinario en lugares y gentes. Llega Laura, se tumba boca abajo en la cama y cae fulminada de sueño. Con botas y todo. Dudo si descalzarla pero no quiero interrumpir su descanso. La etapa ha sido un palizón y no me extraña que esté extenuada. Abandono la estancia de puntillas, dejando entornada la puerta de la habitación

Cuando despierta está verdaderamente radiante, la veo feliz a distancia, departiendo con los otros peregrinos. Hoy es su cumpleaños y se ha corrido la voz. Cécilia, con su poco castellano y yo, con mi poco francés, coincidimos en darle una pequeña sorpresa, teniendo en cuenta nuestros limitados medios. Es domingo y no se puede comprar nada así que intento averiguar dónde puedo conseguir un pastel y unas velas. Lo único que encuentro, en un restaurante cercano es una tarta individual pero tenemos que conformarnos con una vela de esas grandes y blancas que se usan cuando se va la luz. Cécilia, con unos lápices de colores que lleva en su mochila pinta una concha y una flecha amarilla con un simple "Feliz Cumpleaños, Laura".

Como hay celebración especial, cenamos en el restaurante en compañía de unos peregrinos franceses, una mujer de mediana edad que viene caminando desde Suiza y los italianos Enrico y Michele. Cécilia y yo hemos decidido que, cuando lleguen los postres, el camarero le sirva a Laura nuestro regalo. Como no podemos pedirle a ella que nos haga de intérprete, es el día que Cécilia y yo hemos invertido más interés con tal de entendernos. Nos hemos pasado la tarde cuchicheando, dándonos instrucciones. Creo que es una mujer muy transparente, me lo dicen sus ojos claros. Lástima que nuestra comunicación esté tan limitada por el idioma pero...no es del todo cierto, no hemos tenido dificultad para ponernos de acuerdo en lo esencial.
En el restaurante, Laura, si cabe, es aún más el centro de atención. Los comensales saben lo que estamos celebrando porque la mayoría son peregrinos. Se muestra encantada con su tarta de chocolate y dice que guardará la vela para acordarse de este día. Me gusta su forma de recibir. Su elegancia cuando, correspondiendo a nuestro obsequio y sin desmerecer a los demás, nos ofrece una sonrisa preñada de gratitud y afecto. Y como es una mujer muy extrovertida y popular, el comedor en pleno acaba cantándole el cumpleaños feliz en varios idiomas a la vez.

La fiesta continuó en la puerta del albergue, con vino tinto, tan del gusto de mis amigas francesas. No había copas pero todo el mundo encontró la forma de beber, aunque fuera compartiendo vaso. El caldo rojo hizo su efecto y cuando llegó la hora de cerrar las puertas e irse a dormir, a ellas más que a mí - yo bebí por acompañar, todo hay que decirlo-, les entró una risa contagiosa que se apoderó de los despiertos y de algún sobrio también, excepto de un francés estirado que con un " S'il vous plaît" dio por finalizados los festejos. Llovía y teníamos que apresurarnos en recoger la ropa del tendedero, las mochilas estaban sin preparar y el resto de pertenencias en el mismo orden en el que las dejamos al llegar, es decir, ninguno. Hizo mucho aire ese día y algunas piezas habían volado, incluso una señora del pueblo había venido con un calcetín. No pudimos averiguar a quién pertenecían las prendas que salían despedidas de la ventana, desorientadas por la oscuridad y enmudecidas por el obligado silencio. Lo dejamos todo junto y nos dormimos entre esfuerzo y esfuerzo por ahogar las risas que brotaban de una alegría incontrolable.


sábado, 7 de mayo de 2016

Camino de Santiago (XX)



No pesa

Cuánto sabe este camino, yo ni siquiera había pensado que un bastón era lo que necesitaba. Qué simple, ha bastado un apoyo para cambiar mi estado de ánimo. Sé que me llevará de la mano hasta donde necesite unas dosis de protección extra. Lo sé pero me lo vuelvo a repetir, nunca será suficiente, hay que confiar, confiar siempre. Mis preocupaciones se desvanecen al tiempo que se hace de día en las inmediaciones de Irache y nos vamos acercando a su celebrada fuente de vino. Coincidimos con Fernando y Alexander y entre risas nos hacemos fotos delante del grifo cerrado. De la fuente no brota nada porque son las siete y hasta las ocho no hay vino para nadie. No me siento decepcionada, en el caso de que hubiera salido el vino lo hubiera probado, desde luego, pero no es algo que me entusiasme demasiado. A mi alrededor se extiende la frustración. Algunos tenían sus cantimploras vacías para rellenarlas de Rioja. Antes de retomar la marcha, Laura me pide que le haga una foto delante de una puerta, dice que le encantan porque nunca se sabe lo que hay detrás.
En Villamayor de Monjardín paramos al primer café. Como no tengo esa costumbre me quedo fuera, en la calle. Laura y Cécilia aparecen extrañadas porque Roger, cuando aún no son las nueve de la mañana, se ha pedido una cerveza. Coincidimos al pensar que este hombre tiene cosas raras, a veces. Sus despistes son objeto de comentario entre los peregrinos; va perdiendo calcetines, nunca encuentra su pipa, se deja el bastón en cualquier parte...pero ahí están sus dos ángeles de la guarda, atentas a todo. "Roger ¿Tu as pris tes medicaments?", "Roger, tu as ta pipe", "Roger, ton baton". Ellas le llaman "abuelito", le tratan con una ternura inmensa y pocas veces le pierden de vista. La señora del bar sale a fumarse un cigarrillo con nosotras y nos cuenta que le han desaparecido dos mantas, prestadas a dos peregrinos que han pasado la noche por aquí. Lo único que le preocupa es que no podrá dejárselas a otros que llegarán después y que podrán necesitarlas. No concibe que nadie cargue con ese peso extra. Dice que buscará mejor, igual las han dejado en otra parte.
Una vez pasado el aljibe medieval de la Fuente de los Moros, el camino transcurre por largas pistas forestales de gravilla, polvo gris y campos sin cultivar, un paisaje muy poco atractivo que Laura y yo miramos de vez en cuando, pero que no vemos. Por ser el primer día que recorremos juntas toda la etapa, nos sumergimos en una conversación larga e intensa. Hoy, por ser su aniversario y porque a mí ya me queda poco camino, me hubiera costado separarme de ella. Quiero aprovechar todo el tiempo que me queda para disfrutar de su compañía y sé que ella también. No nos lo hemos dicho, no hace falta. Aunque hablamos con palabras nos entendemos sin ellas. Las dos sentimos lo mismo. No sé cómo pero sé que las dos lo sabemos. El rato se nos pasa sin darnos cuenta de si andamos, si llevamos mochila o si hace calor. El tiempo fluye y sólo estamos nosotras dos. Me cuenta muchas cosas, cosas que guardo para mí, recuerdos de su infancia, sus deseos, sus desvelos, sus proyectos...su vida. Y yo la escucho y me dejo llevar a un lugar que ha vestido de colores su corazón y que veo brillar en sus ojos. La veo dormida sobre la tierra roja de una humilde cabaña en un país lejano, cuya diminuta cocina está llena de mujeres que todo lo que tienen que decir lo muestran en sus manos. En una lengua que desconozco, me enseña palabras que he olvidado pero no el recuerdo de su dulce sonido. Junto a ella viajo rumbo al país donde el pasado, cualquier pasado, lleva a un presente en el que no puedo más que convencerme de que el futuro nos aguarda siempre con alguna inesperada y maravillosa sorpresa.

lunes, 25 de abril de 2016

Camino de Santiago (XIX)


Ton batôn

De vuelta al albergue, lo primero que hago es ir al encuentro con Laura para enseñarle mi vasito azul. Y las dos con nuestros vasitos nos vamos al patio a tomar el sol junto al resto de peregrinos. Hay mucho movimiento durante la tarde y, al llegar la hora de la cena, nos disponemos en la mesa larga del comedor. Laura es un encanto y no pasa desapercibida para el género masculino, guapa por fuera y por dentro, su simpatía y desenvoltura tiene cautivados a todos. Cécilia y yo nos lanzamos miradas cómplices mientras Laura ríe restándole importancia a un hecho constatado. Al ir junto a ella, lo hemos podido comprobar y confirmar: no hay remedio, ella es la peregrina más fascinante. Pero antes de llegar la noche, Laura, sin encomendarse a nadie, decide irse a dormir y abandona el corro en el que estábamos bebiendo y cantando. Hace rato que la veo apagarse, no ha estado cómoda con la competición que se ha organizado para llamar su atención. Ajena al despliegue de músculo y cortejo me hace un guiño y se va. Y el patio, aún agitado, se queda vacío de repente.

Una vez en la litera, un estruendo de tambores me sobresalta, es la banda local en su pasacalles nocturno pero creo que muchos en el dormitorio ni se han enterado. Cuando despierto, mi primer pensamiento es para Laura, que dos camas más allá ya empieza a ponerse en movimiento. Hoy es su cumpleaños y me lanzo a abrazarla, he querido ser la primera en darle dos besos. Mi segundo pensamiento es para mi cadera que parece estar bien pero mi rodilla...no mucho. Es una ligera sensación de inestabilidad que me tiene más inflamada la cabeza que la propia articulación pero aun así no puedo evitar andar preocupada. En cuanto se han encendido las luces ha sonado Bob Marley como despertador. Su pegadiza música nos acompaña durante el desayuno y a su cansino ritmo hacemos los últimos preparativos. Aún de noche, las mochilas se amontonan en los aledaños del comedor, la recepción, las escaleras, la puerta de entrada. Yo estoy lista y espero ya con la mochila a cuestas, estoy impaciente por comprobar de una vez el alcance de los daños. Lo que tenga que ser que sea ya, lo que me mata es la espera. Tenemos que dirigirnos a otro albergue, allí la compañía de transporte recogerá la mochila de Roger y la de una coreana que sólo habla coreano y que se ha traído mucho más equipo del que puede cargar. No sabemos dónde se ha metido la dichosa coreana, Roger también anda rezagado y Laura y Cécilia están charlando con otros peregrinos. Todos los días es así, la gente se toma su tiempo pero yo tengo prisa por empezar. Por fin salimos. Casi voy contando los pasos, expectante, atenta al más mínimo signo de dolor o incomodidad cuando en el suelo veo un palo de madera, un palo de peregrino tirado en la acera y nada ni nadie alrededor. Lo tomo sin pensar porque tengo claro que estaba esperando al siguiente usuario porque mío no es, yo sólo voy a utilizarlo durante un tiempo asignado porque pertenece a este Camino que, del mismo modo que aprieta en la dificultad, afloja en el remedio.

Y mientras las campanas de la torre dan las seis y tomamos la salida de Estella por su calle principal, Laura y yo repetimos la frase en la que nos apoyamos siempre que la magia acude en nuestro auxilio y que nuestra doblegada razón no admite como fruto del azar. Todo lo que necesitas el Camino te lo da.

miércoles, 13 de abril de 2016

Camino de Santiago (XVIII)


Nuevo sobre viejo

En Estella se rodó "Bajo las estrellas", una película que me encanta, y los últimos pasos hasta entrar en la población se me hacen ligeros porque voy tarareando uno de los temas de su banda sonora. La localidad presenta un inesperado bullicio en sus calles. Es sábado y el ambiente es ruidoso y festivo; un mercadillo medieval está instalado delante mismo del albergue. En la recepción ya no me cuesta preguntar si están registrados mis amigos. Mientras la hospitalera lee la lista entre nombres que no le dicen nada, yo, por encima del mostrador y del revés, los veo mucho antes que ella. Seguidos, uno detrás de otro, inseparables, Roger, Cécilia y mi querida Laura. Me pongo contenta, eso significa que estaré cerca de mi amiga y podremos charlar, como todas las tardes. Pago la cuota convenida y me entrega una funda de celulosa para el colchón y otra para la almohada, envueltas en su bolsa de plástico, a estrenar. Se agradece pero a estas alturas de recorrido ya da lo mismo, tengo muy claro que dormiré donde sea y como sea. Me dirijo al dormitorio, a tomar posesión de la que será mi casa por unas horas. Las buenas impresiones del principio se difuminan cuando reparo en la horrible acústica del establecimiento; es un espacio abierto y muy luminoso pero todo resuena una barbaridad, los sonidos rebotan incómodamente en mis oídos después de conducirse torpemente sobre paredes y techos.

Llegar a los albergues siempre me produce un ligero desconcierto y aunque se ha ido atenuando, en esta ocasión me siento un poco descolocada; tengo que preguntarlo todo, no sé dónde está el dormitorio, no encuentro la ducha, no sé qué cama elegir. Observo de reojo a mis vecinos, intentando adivinar, adelantarme a conocer algunas de sus costumbres pero enseguida acepto que es inútil tanto control, cuando no he venido sino a desprenderme de él. Con el transcurso de los días, me he ido acostumbrando a convivir con la novedad y la necesidad de adaptación rápida. Es el día a día, un hábito que te persigue minuto a minuto. Yo, que siempre he necesitado un margen de acomodación, celebro asombrada cómo se va acortando hasta quedar reducido a un mero ajuste.

Me encuentro a Laura y lo primero que hace es enseñarme un vaso de cristal verde con dibujos, de esos en los que se suele tomar té. Lo ha comprado en el mercadillo, en un puesto árabe. Vaso de té y un dulce, tres euros, me cuenta entusiasmada. Para caminar es indispensable ir escaso y que hay que pensar muy mucho cualquier adquisición porque será una carga extra. Los objetos que nos acompañan son siempre los mismos; la misma mochila, la misma ropa y los mismos enseres. Ver algo nuevo en sus manos me produce un refrescante efecto de renovación y, como hacen los niños cuando ven algo que les gusta, me voy a dar una vuelta yo sola con la idea de hacer y tener exactamente lo mismo que ella. 

Desplazarse por las abarrotadas calles se hace complicado, y mucho más porque me siento agotada, sin fuerzas. Hoy estoy realmente cansada. Camino arrastrando pies y piernas y me pesan los hombros, pero es una sensación de debilidad tan dulce como la pastita de miel y almendras con la que acompaño el té de menta. Es el regalo que me hago, el premio que me he concedido. Me entretengo en los tenderetes. Mi mente está tan despejada, tan vacía y aclarada que parece necesitar llenarse de cualquier cosa, y busca entre pequeños detalles. Me asaltan un montón de impresiones a la vez; el olor proveniente de los puestos de comida, la música de antiguos instrumentos, alguien que te pisa, el sol en la cara. Todo lo percibido es como una delicada tela en la que distingo, entre la seda y el algodón, el hilo de oro con el que se ha entretejido. Huele a guirlache, a flores, a vino. Los niños corretean y los padres saludan a sus amigos. Se prueban anillos las mujeres. La gente se sienta en el viejo puente a charlar. Mis sentidos se han agudizado a pesar de la fatiga física, o quizá por eso mismo, porque no hay rastro de tensión en mi cuerpo y, como un espíritu en mudanza que busca conocer nuevos placeres, recibo cualquier estímulo como si fuera la primera vez.

sábado, 2 de abril de 2016

Camino de Santiago (XVII)


Mil años

Muros de sillar y un pequeño campanario. Un merendero acondicionado recientemente. Piedras por el suelo. Y nada más. La ermita no ofrece nada más. Al acercarme no se ve ninguna apertura, ni siquiera un agujero en la pared. Es toda robusta y parece cerrada a cal y canto, herméticamente cerrada, lo que acrecienta mi curiosidad. Al girar por su cabecera hacia la parte de atrás encuentro un acceso lateral. El hueco de lo que pareció albergar una puerta. El lugar se me antoja aún más solitario que cuando llegué, está fuera del alcance de las miradas de los caminantes, incluso podría ser hasta peligroso pero esas cosas no se piensan en el Camino, si no confiara no estaría aquí. 

Es descorazonador, todo es abandono. No está dedicada al culto ni a la visita turística. El tiempo ha ido pasando por ella y así se encuentra, completamente descuidada. Sólo un minúsculo altar con pequeñas piedras encima y, apoyado en uno de los muros, en una especie de contrafuerte horizontal, una repisa que los peregrinos han convertido en una modesta y singular capilla. Hay notas manuscritas, velas, palos atados con cordeles. Y a excepción del polvo que todo lo cubre, todo permanece intacto. Observo sin atreverme a tocar nada, absorbida por la imagen y por lo que representa, objetos muy simples pero de gran valor para quien los ha depositado ahí. Me invade un sentimiento de comunión, sobrecogida al encontrar huellas de gente que ha pasado por aquí antes que yo y que hizo lo mismo que yo estoy haciendo ahora. Y que probablemente sintieron lo mismo, y quisieron dejar su huella, uno tras otro. Desolación por fuera. Dentro y por dentro, me recorre una sensación de fusión con la esperanza que desprende ese aparente abandono. Y entonces ya no veo destrucción ni desidia ni soledad. Sólo una fe sin tiempo en forma de ruego y plegaria, de anhelo y pasión. De miles de voces que han respirado el mismo y suplicante aliento.


Y aquel lugar, de pronto, adquirió otro significado para adentrarse en una dimensión más allá de lo sagrado. Y las piedras ya no eran piedras sino reliquias impregnadas de una energía rebosante de certeza, de seguridad, de consuelo. Tomé una del suelo que me pareció la apropiada para una amiga. Una piedra lisa y llana, en la que yo vislumbré la impronta de un hondo agradecimiento. A cambio, deje algo mío también. Sobre un pequeño papel escribí unas sencillas palabras con lo que me nació en aquel momento aunque sentí que daba igual lo que dijeran. Todas aquellas notas roídas no eran muy diferentes unas de otras. Todos queremos y tememos lo mismo.

Allí seguirá.

jueves, 24 de marzo de 2016

Camino de Santiago (XVI)


Sólo una vez

En una cuesta arriba he visto como Laura se alejaba y, aunque mis piernas querían seguirla, mi cabeza no ha podido aguantar el ritmo. Ella ni ha mirado hacia atrás, respeta tanto mi espacio que, aunque quizá sabe que me voy descolgando, hace como que no lo ve. Y me voy quedando frenada por la única dificultad que se me ha presentado hasta ahora; no me siento cansada, no es cuestión de ganas ni de resistencia. Es mucho más simple, anda rezagada mi confianza. En mis días de camino, abandonar es una posibilidad que no he considerado pero su amenazante sombra siempre está ahí; al revolver una esquina de cualquier calle anónima, entre inoportunas piedras o tras un mal paso. Estoy sumergida de tal modo en esta andadura que no contemplo volver a casa sin alcanzar mi objetivo y a la misma vez estoy dispuesta a aceptar cualquier desenlace, incluso el menos deseado. Me impulsa una fuerza extraordinaria porque sé que estoy donde quiero estar y el compromiso es firme. Si tengo que rendirme será porque es bueno para mí. De hecho, ya sólo entrar a valorarlo me ha liberado de la presión impuesta por mi asustado orgullo.
Me encuentro a pocos kilómetros de Estella y camino por un sendero de tierra y hierba. A la derecha, los arbustos han invadido un vallado a lo largo de una carretera que no se ve. A mi izquierda, campos segados de cereal sobre cuyos rastrojos merodean, en un majestuoso vuelo, un grupo de aves. Nubes henchidas de un blanco voluptuoso contrastan con los trigales dorados y el verde de las laderas de pequeñas lomas, diseminadas a lo largo y ancho de lo que alcanza la vista. A ambos lados del camino, el azul de las achicorias me lleva distraída y suavemente hasta el puente románico de Villatuerta. Antes de cruzar el río me tumbo sobre un banco de piedra cerca de la orilla y veo pasar al grupo de Miguel, Cris y las madrileñas Rosa y Marisa. Me uno a ellos hasta que llegamos a las inmediaciones de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Llevan buen ritmo y yo decido parar.
Me gusta meterme en las iglesias. No sé si alguna vez volveré a pasar por ellas y, aunque todas prometen algo parecido, cada una ofrece algo distinto. Me gusta sentir la diferencia de temperatura con respecto al exterior, mojarme los dedos con agua bendita, tocar el mármol frío de la pila. Y además, porque es el único lugar que tiene ese olor característico mezcla de cirio encendido, humedad y madera vieja. Y, por supuesto, admirarlas como obra de arte que son. Por fuera da la impresión de ser un espacio lúgubre pero nada de eso. Sus muros tienen un color cobrizo y por los ventanales entra la luz filtrada por cristaleras de colores. Unas amables señoras que parecen estar pasando el rato, me explican que la sencilla portada románica fue trasladada desde una pequeña ermita ya desaparecida. Son vecinas del pueblo y expertas en ese templo. Se quedan sorprendidas de que vaya sola y más me sorprende a mí su comentario, ellas, que habrán visto de todo desde su privilegiada posición de observadoras. Al salir, doy la vuelta al recinto, está muy cuidado y me gustaría prolongar la visita pero voy algo apresurada ya, quiero llegar pronto porque temo que mi cadera esté peor mañana, así que cuanto más pueda descansar, mejor.
Entre calles urbanizadas dejo atrás las últimas casas y continúo por un camino de tierra y pasto seco. Es ya mediodía y hace muchísimo calor, me pesan las ganas de llegar pero una vieja y sencilla ermita a lo lejos roba la atención de mi mirada fatigada. Me acerco al cartel explicativo, se trata de la Ermita de San Miguel, del siglo X o XI. Es necesario alejarse del camino unos centenares de metros que luego habrá que desandar y durante unos instantes vacilo, a estas alturas de etapa un centímetro cuenta, hasta que me asalta la impresión de que no volveré a este lugar. Y es tan rotunda, tan clara y tan definitiva que entonces ya no tengo elección.