jueves, 24 de marzo de 2016

Camino de Santiago (XVI)


Sólo una vez

En una cuesta arriba he visto como Laura se alejaba y, aunque mis piernas querían seguirla, mi cabeza no ha podido aguantar el ritmo. Ella ni ha mirado hacia atrás, respeta tanto mi espacio que, aunque quizá sabe que me voy descolgando, hace como que no lo ve. Y me voy quedando frenada por la única dificultad que se me ha presentado hasta ahora; no me siento cansada, no es cuestión de ganas ni de resistencia. Es mucho más simple, anda rezagada mi confianza. En mis días de camino, abandonar es una posibilidad que no he considerado pero su amenazante sombra siempre está ahí; al revolver una esquina de cualquier calle anónima, entre inoportunas piedras o tras un mal paso. Estoy sumergida de tal modo en esta andadura que no contemplo volver a casa sin alcanzar mi objetivo y a la misma vez estoy dispuesta a aceptar cualquier desenlace, incluso el menos deseado. Me impulsa una fuerza extraordinaria porque sé que estoy donde quiero estar y el compromiso es firme. Si tengo que rendirme será porque es bueno para mí. De hecho, ya sólo entrar a valorarlo me ha liberado de la presión impuesta por mi asustado orgullo.
Me encuentro a pocos kilómetros de Estella y camino por un sendero de tierra y hierba. A la derecha, los arbustos han invadido un vallado a lo largo de una carretera que no se ve. A mi izquierda, campos segados de cereal sobre cuyos rastrojos merodean, en un majestuoso vuelo, un grupo de aves. Nubes henchidas de un blanco voluptuoso contrastan con los trigales dorados y el verde de las laderas de pequeñas lomas, diseminadas a lo largo y ancho de lo que alcanza la vista. A ambos lados del camino, el azul de las achicorias me lleva distraída y suavemente hasta el puente románico de Villatuerta. Antes de cruzar el río me tumbo sobre un banco de piedra cerca de la orilla y veo pasar al grupo de Miguel, Cris y las madrileñas Rosa y Marisa. Me uno a ellos hasta que llegamos a las inmediaciones de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Llevan buen ritmo y yo decido parar.
Me gusta meterme en las iglesias. No sé si alguna vez volveré a pasar por ellas y, aunque todas prometen algo parecido, cada una ofrece algo distinto. Me gusta sentir la diferencia de temperatura con respecto al exterior, mojarme los dedos con agua bendita, tocar el mármol frío de la pila. Y además, porque es el único lugar que tiene ese olor característico mezcla de cirio encendido, humedad y madera vieja. Y, por supuesto, admirarlas como obra de arte que son. Por fuera da la impresión de ser un espacio lúgubre pero nada de eso. Sus muros tienen un color cobrizo y por los ventanales entra la luz filtrada por cristaleras de colores. Unas amables señoras que parecen estar pasando el rato, me explican que la sencilla portada románica fue trasladada desde una pequeña ermita ya desaparecida. Son vecinas del pueblo y expertas en ese templo. Se quedan sorprendidas de que vaya sola y más me sorprende a mí su comentario, ellas, que habrán visto de todo desde su privilegiada posición de observadoras. Al salir, doy la vuelta al recinto, está muy cuidado y me gustaría prolongar la visita pero voy algo apresurada ya, quiero llegar pronto porque temo que mi cadera esté peor mañana, así que cuanto más pueda descansar, mejor.
Entre calles urbanizadas dejo atrás las últimas casas y continúo por un camino de tierra y pasto seco. Es ya mediodía y hace muchísimo calor, me pesan las ganas de llegar pero una vieja y sencilla ermita a lo lejos roba la atención de mi mirada fatigada. Me acerco al cartel explicativo, se trata de la Ermita de San Miguel, del siglo X o XI. Es necesario alejarse del camino unos centenares de metros que luego habrá que desandar y durante unos instantes vacilo, a estas alturas de etapa un centímetro cuenta, hasta que me asalta la impresión de que no volveré a este lugar. Y es tan rotunda, tan clara y tan definitiva que entonces ya no tengo elección.