Eunate
Primero una bajadita sobre asfalto, después una larga recta, luego una curva y a continuación un carril forestal me conducen a ese lugar de enigmático nombre que por nada quisiera dejar de visitar. Después de encontrarnos mi amiga y yo, no hemos parado de hablar hasta el desvío y ahora que vuelvo a estar sola mi pensamiento también cambia de dirección. Se dirige hacia un lugar de nombre conocido pero no menos misterioso, un cruce de caminos donde me salen al paso las mismas preguntas de siempre, con sus mismas respuestas y donde siempre tomo el atajo que lleva a la misma tristeza.
Casi he llegado al recinto pero no me doy cuenta hasta unos metros antes, donde un campo de enormes girasoles está siendo regado por unos aspersores en marcha. Me salpican la cara y mis lágrimas se funden con el agua de las entrañas de Eunate.
El edificio tiene una forma poco común que extraña a la vista. Sus muros, de roca gastada por siglos a la intemperie rebosan sobriedad y la sabiduría propia de aquellos enclaves sumergidos en lo más profundo de la historia. Sólo mirar, estremece. Pero lo más sobrecogedor es que aparece en medio de la nada. A cuestas con la pesadumbre que he arrastrado hasta aquí, mis pies -sin yo saberlo- se dirigen hacia la puerta de acceso al interior de la ermita. La hallo abierta, algo que no espero y me descubro contrariada al ver tanta gente en un espacio tan pequeño. Un grupo de peregrinos jubilados que vienen del camino aragonés han contratado los servicios de una guía de la zona para que les explique la visita. Contenta por mi buena suerte suelto la mochila e, intentando hacer el menor ruido posible, me acomodo en un viejo banquito de madera, junto a la entrada. Mi respiración, entrecortada a partes iguales por el cansancio y el esfuerzo por no molestar, se paraliza ante la quietud que reina allí y porque la sensación de recogimiento arrasa con todo. Me noto tan suavemente recibida en ese hueco, un refugio tan acogedor y de una escala tan humana que casi alcanzo a tocar la cúpula con los dedos, o eso me gustaría. No puedo dejar de mirar a las columnas, los capiteles, la talla de la Virgen. La guía, después de su explicación, nos hace indicaciones para realizar un ritual de recarga energética. Consiste en caminar descalzo sobre cantos de piedra alrededor del claustro porticado. Preferiría hacerlo sola, me da reparo compartir la actividad con otra gente pero no me lo pienso y me uno al ritual por una razón bastante más prosaica: a mis doloridos pies les irá bien oxigenarse un poco y algo de masaje. A mi lado, una señora me susurra que ella no, que eso duele. Yo la animo, le sugiero que pruebe, que seguro al ponerse luego las botas se va a sentir mucho más confortable. Después de tres vueltas al deambulatorio volvemos al interior, hasta el espacio central bajo la cúpula para, con los brazos alzados, recibir lo que sea que deba manifestarse desde más allá de los cielos.
Los peregrinos se van, dejándome sola y la ermita, más ligera, se deja sentir mejor. Atravesados por la penumbra, los sillares del muro, rugosos y opacos, destilan una vieja y hermosa imperfección. Cualquier sonido resulta ensordecedor y hay que medir todo gesto para no perturbar un sosiego construido con retazos de silencio. Entre las rendijas, luz y oscuridad parecen derramarse en un diálogo de contrastes imposibles. Lo visible es pura belleza. Bajo la cúpula enervada, un firmamento invisible habla de lo que no está al alcance del entendimiento. El aire habla. Hablan las losas de Eunate y el tiempo se detiene. Y no hay camino ni cansancio ni dolor. Ni ausencia. Todo es plenitud. Presencia.
Eunate no es un lugar corriente y me costó abandonarla. Muchas, muchas veces me detuve y me di la vuelta mientras me alejaba. Como si necesitara asegurarme de que existía, era real y seguía todavía cerca, todavía al alcance, todavía allí… hasta que me giré y ya no estaba. Ni me di cuenta cuando, en algún momento, tras algún recodo, desapareció.