He tenido que comprobar que lo había escrito bien y entonces he pensado en la de veces que lo pronuncié, que lo tuve en las manos o a la vista. Durante unos años, todo lo que ocurría de ocho y media a dos y de lunes a viernes tenía que ver con ese nombre, hasta que un día dejó de formar parte de lo cotidiano. La palabrita era un motivo de cachondeo entre nosotras, por su difícil grafía y pronunciación para los no iniciados. No lo hacíamos mejor aquellos que la manejábamos a diario; si no eras o sabías alemán, siempre iba a estar mal dicha. Incluso llegamos a coleccionar etiquetas, de cartas o paquetes recibidos, con el nombre mal escrito. Muchos se inventaban una nueva palabra, añadían más consonantes de las que tocaban o lo acortaban. Parece difícil que, con sólo siete letras, pudiesen salir tantas combinaciones diferentes. Pues siempre había alguna que volvía a sorprendernos.
El tiempo que uno pasa en el trabajo a veces se hace pesado. Está lleno de obligaciones, problemas y la sensación de estar privado de libertad. Hay momentos complicados, básicamente cuando se mete la pata o se cometen errores de consecuencias irreparables, y más cuando se trata de dinero. Un dinero que, en primer lugar, no es tuyo y en segundo, que se convierte con el tiempo en un elemento más, como la hora del desayuno, la moqueta gris o alguien hablando solo en el despacho de al lado. Y no siempre mantienes la concentración. Y te equivocas. Y lo pasas mal.
Pero los buenos momentos son tan buenos...y han sido tantos los buenos momentos junto a mis compañeras, de tantas risas, tan enriquecedores que, como me ocurre a mí, sé que deben estar echando de menos algunas cosas. Estoy segura de que, de vez en cuando, como un rayo de luz, un pensamiento las atraviesa para alumbrar una sonrisa. Y probablemente sea un detalle que en aquel momento pasaron de largo o al que no dieron importancia. Puede ser aquella anécdota divertida, algún comentario o una mirada cómplice en la peor y más tensa de las situaciones. O quizás la hiedra roja que, al llegar el otoño, decoraba las paredes del edificio y casi, casi...casi llegaba hasta mi ventana.
MfG
