viernes, 2 de octubre de 2015

La mañana


Anduve por los alrededores del camino. Aromas intensos, largamente añorados; a jara y eucaliptus, entre vetas de pizarra recalentada. Piedra y roca y pasto abrasado. Arbustos de un verde desesperadamente agarrado a la tierra seca. Un almendro exhausto al borde del sendero. Un paisaje cualquiera, de una parte cualquiera de un pequeño lugar puede ser grande y extraordinario para un corazón que le pertenece. Ni siquiera mis pasos consiguen romper un silencio tan quieto, tan hondo y tan vasto como para detener el tiempo, eternamente, entre el cielo y el canto del gallo, el lamento de las ovejas, el ladrido lejano de los perros.

A lo lejos, el Cerro del Águila despierta entre la neblina de este perezoso amanecer. Unas palabras acuden a mi rescate. Gastadas y antiguas, me recorren como si las descubriera, relucientes, por primera vez. Madre. Tierra. Una parte de mí se siente en casa.