sábado, 10 de octubre de 2015

El Chorrito


Andaría yo por los diez años. Mis primas mayores y sus vecinas solían ir al lavadero público. Aquellas labores no iban conmigo así que me dedicaba a jugar entre latas oxidadas y botes tirados por el suelo, a brincar sobre los regueros, a escuchar las conversaciones. De tanta agua derramada, alrededor del pozo se formaban charcos sobre los que zumbaban las avispas, de las que huía aterrorizada.

No he conocido otro lugar que desprendiera aquel olor, una mezcla de jabón "Flota", lejía y añil. Me costaba entender que el color azul no dejase rastro en el lienzo sino que contribuyera a su blancura. Observaba cómo frotaban la pastilla sobre las prendas. Cómo dominaban la técnica del aclarado, sumergiendo y levantando las piezas de ropa, una a una, en un gesto que ellas tenían tan automatizado. Y yo me preguntaba cómo sabían cuándo parar. O cuándo cambiar el agua usada. Y aquel olor. Luego, entre dos, retorcían y retorcían la ropa para escurrirla una y otra vez, una y otra vez. Y al final; una vez acabada la colada, las mujeres más mayores se hacían el "roete" y, con la ropa en la panera sobre la cabeza, un cántaro en el cuadril y el cubo en la mano, se marchaban a sus casas caminando en un equilibrio casi imposible que a mí me parecía asombroso. 


Pero nada era comparable al placer de acercar los labios al cubo que, con tanto cariño, mis primas sacaban del pozo para que yo bebiese. Dicen que el agua no tiene sabor. No sé. Ha pasado algún tiempo y, desde entonces, he sido acariciada por muchas sensaciones pero pocas como la de aquel cristalino y delicioso néctar que saciaba la sed de la niña que fui.


A mis primas, María Sampedro y Rosa. Y a Juana Pacheco

Gracias