sábado, 17 de octubre de 2015

Camino de Santiago (I)


Este es el primer capítulo de una serie de textos que publicaré sobre mi experiencia en el Camino de Santiago. No lo he recorrido del tirón sino en varias fases, durante los veranos de 2011, 2012 y 2013. La primera parte estará dedicada al año 2011 y, como introducción, AQUI, el artículo que envié a "La Vanguardia" y que fue publicado. Me faltan unas pocas etapas para completarlo y aunque el proyecto está ahí, todavía no he encontrado el momento. Pero todo se andará.




Con lo puesto

El día 19 de Julio de 2011 salgo en tren hacia Pamplona, que me recibe con lluvia y frío. Me cuesta abandonar el pequeño y abarrotado vestíbulo de la estación y salir a la calle, no tanto por soltar el último asidero que me ata a mi vida ordinaria sino porque afuera llueve intensamente. Son casi las doce y el autobús hacia Roncesvalles, desde donde mañana empezaré a caminar, sale a las seis. Dispongo, pues, de prácticamente todo el día para conocer la ciudad.
Después de comprar mi billete y seguir la sugerencia de unos peregrinos de Lleida, dejo la mochila en una consigna de la estación de autobuses y me dirijo al centro. Hace frío, demasiado para el mes de julio y eso me inquieta. Tantos días dudando sobre qué ropa traer para acabar sin estar segura. No todo se puede controlar.
Voy pensando que necesito un chocolate caliente de esos de máquina y mientras, observo que en la esquina hay mucho bullicio de gente entrando y saliendo de lo que parece un edificio oficial. Es la Dirección General de la Seguridad Social. En estos sitios suele haber lo que busco. Entro decidida, tomo una escalera a la derecha, llego a una sala y…ahí está, como imaginaba, mi máquina de cafés. Genial. A veces basta con desear algo para que aparezca delante de tus ojos.
Después de entrar en calor todo se ve diferente. Por momentos, sale el sol entre las densas nubes de tormenta, el escenario cambia y eso me anima. Me dejo llevar y pateo las calles húmedas, vagabundear es una de mis aficiones favoritas y mucho más cuando desconozco el lugar. A ratos chispea, a ratos diluvia, a ratos sobra la ropa. Entro en El Corte Inglés para ir al baño y compro un capricho dulce en la pastelería. Como suelo orientarme bastante bien y mis niveles de confianza están a tope, me adentro en el casco antiguo. Disfruto con los lugares conocidos, la plaza del Ayuntamiento, la calle Estafeta, la Cuesta de Santo Domingo. Hay poca gente a mediodía, cuando cierran los comercios y me iría bien descansar un poco así que me dirijo a la antigua estación de autobuses, un espacio habilitado como parque infantil y otras actividades. Es como una gran nave y está a cubierto, aunque al tener varias puertas y muy amplias, una violenta corriente de aire me obliga a buscar un rincón protegido. Me acomodo en un banquito, dispuesta a pasar la sobremesa y a la espera de volver a la estación a por mis cosas, antes de salir hacia Roncesvalles.
Es la hora de comer y me extraña que todavía haya niños correteando y jugando entre las construcciones de madera, columpios y toboganes. Mi pensamiento vuela lejos, lejos en el tiempo y en el espacio y una leve sensación de desamparo se apodera de mí cuando las mamás se levantan para llevarse a sus hijos. Me he quedado sola y probablemente sea el único ser en esta ciudad que no tiene a dónde ir en esta desapacible primera hora de la tarde. Las manecillas avanzan lentamente en el reloj de la antigua estación y el espacio se me antoja demasiado grande para cobijo de una sola persona mientras fuera, en la calle, no se oye más que el ruido de la lluvia sobre las aceras.