sábado, 24 de octubre de 2015

La tienda

Para mi mirada de niña de ciudad todo resultaba extraordinario. Cuando aún no había llegado ese invento del supermercado, comprar no era sólo ir a comprar, era "ir a la tienda", con todo lo que ello implicaba. Primero había que acercarse, después de parar infinidad de veces a saludar a familiares y conocidos. Una vez allí, esperar y esperar entre mujeres vestidas de medio luto que hablaban muy rápido y usando palabras desconocidas para mí como "aviar", "hondear" o expresiones como "cuarta y mitad". Si iba sola, se me quedaban mirando con descaro o directamente me preguntaban de quién era yo. En ese momento, siempre había alguna que se abalanzaba a clavarme dos besos, o más.  

La dependienta iba atendiendo y el resto esperaba su turno. Si la persona a la que estaba "despachando" le contaba algo y la conversación se ponía lo suficientemente interesante, abandonaba la tarea para escuchar con más atención. Con las manos apoyadas en el mostrador y a veces los codos, se enfrascaba de tal modo en el asunto que olvidaba a los que estábamos esperando. Pero lo más curioso es que a nadie parecía molestarle. Como si, en realidad, no les importara estar allí o en cualquier otra parte. La paciencia, eso sí, tenía premio: un polo casero en envase de "yoplait", si el palillo aguantaba, claro está. 

El tiempo pasa. La tecnología ha puesto a nuestro alcance herramientas y recursos que permiten, entre otras muchas cosas, poder compartir estos recuerdos.Pero todavía -que yo sepa- no se ha inventado nada que reproduzca lo que yo echo de menos de las tiendas que frecuentaba durante aquellos veranos de mi infancia y adolescencia. Es algo que no he encontrado en ningún otro lugar. El explorador que uso no admite establecer ese motor de búsqueda predeterminado. Ni palabra clave, ni URL, ni App, ni nada. Es imposible porque no está registrado en ninguna parte salvo en mi memoria y que ni siquiera puedo explicar, porque las palabras no desprenden olor. En la tienda había de todo y el olor de ese todo sé que no lo voy a hallar porque la fórmula secreta del perfume se ha perdido para siempre.Y aunque lo intento, apenas puedo distinguir las fragancias una a una: a fruta madura, cartuchos de escopeta, chorizo y morcilla, chanclas de goma, jabón, pan caliente...y el guiso del día, porque, además de establecimiento de venta al público, la tienda era también domicilio particular. Un ejemplo más del sentido práctico de unas gentes que para qué andar complicándose, si a las cosas se las puede llamar por el nombre que tienen.

- ¿Qué te pongo, niña?
- Queso
- ¿Del bueno o del corriente?