jueves, 15 de octubre de 2015

Aquí mismo

E.T. EL EXTRATERRESTRE (1982), de Steven Spielberg

Hay seres en este mundo que parecen llegados de otra galaxia. En noches despejadas es posible ser hallado por uno o ninguno. Nunca aparece por la puerta principal, donde a menudo se le espera sino que suele colarse por la parte de atrás, terminando por desmontar cuanto cachivache y arrinconado desorden allí encuentra. Puede llegar a dejarnos sin hambre, a quitarnos el sueño y hasta a enfermarnos, pero desde el primer instante sabemos que ha venido para quedarse. Pero no se le convence de cualquier modo, hay que sembrar el camino de golosinas que acabamos recogiendo siempre, porque esa es su forma de decir lo que de las palabras desconoce. 

Y aprovechamos para contarle nuestras cosas como nunca antes las contamos a nadie y nos escucha como nunca antes fuimos escuchados.Y aunque le cueste guardar un secreto, le dé a la cerveza y suspire pendiente del teléfono, le adoramos porque se deja embriagar por los mismos atrevidos besos que quisiéramos dar y, ya ebrios de besos, abandonados recibir. Podemos vestirle con cualquier disfraz, hasta de señora con sombrero de plumas y ni aún así necesita sostener la dignidad perdida porque sabe pedir lo que quiere. Si alguna vez se pierde puede acabar hundido en el barro, pero es siempre por su afanosa curiosidad y porque no persigue más búsqueda que la iluminada por su encendido corazón.

Nos enseña a confiar en estrellas en las que no habíamos reparado. Nos descubre el misterio que habita en cielos invisibles. Consigue, con muy poco, que un deseo se sienta, al fin, cumplido. Y acaba llevándose como regalo la vida que su vuelo nos trajo.