martes, 29 de diciembre de 2015

Camino de Santiago (IX)


Dime por qué caminas

Laura me cuenta la historia de Roger en una improvisada terraza al pie de las escaleras del albergue, mientras ella toma café y yo chocolate. Nada más verme ha dejado sus cosas para invitarme a charlar y, de alguna forma, yo esperaba que lo hiciera. Esta mañana salí detrás de algunos peregrinos entre los que ella se encontraba y, en medio de un prado sembrado de flores silvestres, me la tropecé, sentada entre la hierba. Al llegar yo, me contó cómo una anciana fruncía el ceño en la puerta de su caserío, al descubrir su nacionalidad. Me hizo gracia su forma de explicarlo, fingiendo un enfado que me hizo reír. Luego les perdí de vista hasta hace un rato y me siento feliz de habernos reencontrado. Me confiesa que ayer por la tarde, en Zubiri, se dirigió a mí cuando observó que era española, porque quiere mejorar su castellano. A pesar de que su nivel es muy aceptable me pide que le corrija. Y yo estoy encantada de tener una alumna tan inquieta y con tantas ganas de aprender. No para de hablar y me seduce con su naturalidad y simpatía. Por eso, ante su pregunta de por qué hago el Camino, no dudo en contestarle con la misma confianza que ella ha depositado en mí. En otro contexto me hubiera mostrado más reservada ante una cuestión tan íntima pero con su inocencia y verdadero interés consigue que no tenga reservas a la hora de expresar las razones de mi aventura. Porque de algún modo sé que ya no es una desconocida para mí y, sobre todo, porque desde las primeras palabras que crucé con ella supe que quería ser su amiga. Me captura su desenvoltura, luego sabré que lleva ya bastantes jornadas caminando y eso, sin duda, hace que se muestre abierta y acogedora a la vez. Yo, a pesar de llevar menos etapas, comienzo a revelar signos de estar impregnada del mismo espíritu que la ha cautivado a ella porque pregunto sin temor a incomodarla. Hablamos del Camino con entusiasmo y no necesitamos más tema de conversación aunque eso nos lleva, inevitablemente, a otros aspectos de nuestra vida. Me cuenta lo que la ha traído hasta aquí y mi mirada hacia ella se viste de ternura, aún más ternura porque no sabe cuánto, cuánto la comprendo. La siento tan cercana que las únicas palabras que logro articular para expresar esa sensación resuenan en mi interior antes de ser pronunciadas. Yo te conozco -le digo-. Sé que te conozco. Ella ladea la cabeza. Y sonríe.

Entonces no sabía que ese gesto, tan característico suyo, lo vería repetido muchas veces, ni que llegaría a añorarlo tanto, cuando, entre cigarrillos, risas y confidencias pasamos parte de la tarde. Recuerdos que guardo entre los más dulces de aquellos días, mientras un viento feroz arreciaba y nos enredaba el pelo, alborotaba los vasos de plástico sobre la mesa y mecía al sol la ropa en los tendederos.