¿Quién necesita palacios?
No sé si dejo de pensar antes o después de cruzar el Puente de la Rabia para retomar el camino. Eso no entraba en mis planes y ellos mismos deciden deshacerse de la pesada carga de mis cálculos inútiles. Desde ese momento, la parte de mí que está tomando las decisiones, sólo permite que me apoye en el análisis para los terrenos más llanos y que tienen que ver con llevar un ligero control sobre mis pertenencias y las necesidades para pasar la jornada, porque mañana está a un día de aquí. Todo lo demás lo manosea el corazón, que ha tomado el mando con descaro. Y lo sé porque desde el primer pie que he puesto hoy en el camino voy persiguiendo el contacto humano. Sigo caminando sola, pero a poca distancia de gente a la que me siento atada por un hilo que hace demasiado tiempo que no tiraba tanto de mí.
Y mis pasos se nublan, y como un descorrer de cortinajes, a mi alrededor van descubriéndose ventanales por los que entra la luz de otras voces. Entre intrincados corredores, las ramas han dibujado una galería de arcos sobre risas tan inocentes como las amapolas que decoran ambos lados del sendero. Bajo cornisas en sombra, jardines encantados, con cancelas que se abren y se cierran, delimitando las delicadas estancias por las que hoy toca transitar. A través de pasadizos y canales, el agua brinca piedra abajo, cincelando frescura en tantos labios y tan sedientos. Mosaicos de polvo, esfuerzo y raíces se elevan hasta la sala de trofeos, al final de la escalinata, y el premio consiste en alzar una sonrisa descorchada.
Donde son breves las victorias, en la parte de atrás del muro, siempre en la parte de atrás, un pequeño camposanto protege, con verja y candado, el reposo de los de dentro de la curiosidad de los que aún podemos escapar. Las puertas entreabiertas del gran salón de la vida invitan a no quedarse en el vestíbulo de uno mismo. Un corazón, si viste de etiqueta, no requiere presentación, ni zapatos lustrados, ni guantes de seda. Cuando lo compartido camina descalzo, los pies no se cambiarían ni por un carruaje de oro y plata.
