El albergue es una casa de dos plantas construida sin mucho gusto y a la que se accede tras un tramo de escaleras con macetas en los peldaños. El interior rezuma ambiente hogareño; tres estancias más baño y cocina, decorado de forma sencilla e impregnado de un olor mezcla de comida recalentada, Réflex y ropa polvorienta, pero yo me acomodo con el abandono propio de un hotel de lujo. Porque cuatro estrellas me alojarán en este despejado páramo, sirviéndome en bandeja una luminosa enseñanza sobre lo que significa el altruismo y la generosidad para con el prójimo. Cécilia y Laura, francesas, hallaron a Roger perdido en la dura etapa de Saint Jean Pied de Port y desde entonces caminan juntos. El anciano belga se ha quedado en Pamplona porque no puede con su mochila y Nerea, amiga de Cécilia y que viene a verlas desde San Sebastián, le recogerá de camino con su coche para traerle hasta el albergue. El hombre podría tomar un tren, un bus, un taxi, un vuelo a su casa, podría abandonar la idea, darse por vencido. Pero no, él es un peregrino que necesita llegar a Santiago porque ha hecho una promesa y esa razón, sólo esa, es suficiente para que tres mujeres, sin comprometer la esencia de su viaje, movilicen su corazón y todos los recursos disponibles simplemente porque hay alguien necesitado.
Y yo, que salí sola y quiero seguir caminando sola o, por decirlo de otro modo, sin más lastre que mi propia carga, comienzo a verme implicada en desventuras ajenas y a entender que hay que dejarse guiar por este sabio camino que no deja de enseñarme cosas, mostrándome a su vez lo pequeña que soy. De alguna forma he comprendido que hoy tenía que estar en este lugar para ser testigo de cómo la piedad y la compasión humanas son dictados que figuran escritos en las más remotas credenciales de nuestra naturaleza.
