jueves, 17 de diciembre de 2015

Camino de Santiago (VIII)


Es una orden

Mientras me acerco al albergue de Cizur, observo de reojo el majestuoso edificio de piedra blanca que hay enfrente, del que ondea con orgullo una hermosa bandera roja con su cruz blanca, que reconozco por haberla visto antes en algún otro lugar. Luego sabré que se trata de la iglesia de San Miguel, perteneciente a la Encomienda de la Soberana Orden de Malta, entidad religiosa y militar dedicada a fines humanitarios. Dedicada, desde el siglo XI, a la ayuda a refugiados, desplazados, emigrantes y peregrinos en todas partes del mundo, en una milenaria misión. La construcción es impresionante, emana paz y su cálida serenidad arrulla el ánimo pero mi cansancio es tan mayúsculo que no puedo recrearme. Una vez restaure algunas de las características propias de mi género humano le haré una visita.
El albergue es una casa de dos plantas construida sin mucho gusto y a la que se accede tras un tramo de escaleras con macetas en los peldaños. El interior rezuma ambiente hogareño; tres estancias más baño y cocina, decorado de forma sencilla e impregnado de un olor mezcla de comida recalentada, Réflex y ropa polvorienta, pero yo me acomodo con el abandono propio de un hotel de lujo. Porque cuatro estrellas me alojarán en este despejado páramo, sirviéndome en bandeja una luminosa enseñanza sobre lo que significa el altruismo y la generosidad para con el prójimo. Cécilia y Laura, francesas, hallaron a Roger perdido en la dura etapa de Saint Jean Pied de Port y desde entonces caminan juntos. El anciano belga se ha quedado en Pamplona porque no puede con su mochila y Nerea, amiga de Cécilia y que viene a verlas desde San Sebastián, le recogerá de camino con su coche para traerle hasta el albergue. El hombre podría tomar un tren, un bus, un taxi, un vuelo a su casa, podría abandonar la idea, darse por vencido. Pero no, él es un peregrino que necesita llegar a Santiago porque ha hecho una promesa y esa razón, sólo esa, es suficiente para que tres mujeres, sin comprometer la esencia de su viaje, movilicen su corazón y todos los recursos disponibles simplemente porque hay alguien necesitado.
Y yo, que salí sola y quiero seguir caminando sola o, por decirlo de otro modo, sin más lastre que mi propia carga, comienzo a verme implicada en desventuras ajenas y a entender que hay que dejarse guiar por este sabio camino que no deja de enseñarme cosas, mostrándome a su vez lo pequeña que soy. De alguna forma he comprendido que hoy tenía que estar en este lugar para ser testigo de cómo la piedad y la compasión humanas son dictados que figuran escritos en las más remotas credenciales de nuestra naturaleza.