sábado, 12 de diciembre de 2015

I knew these people...


PARIS, TEXAS (1984), de Wim Wenders

Anduvo durante días. Y tenía sed, mucha, hasta que cayó desvanecido. Cuando despertó estaba tumbado en una camilla y un doctor le examinaba. Alguien le había encontrado pero nadie sabía quién era. Y no hablaba. Avisaron a su hermano, que vino a recogerle pero él sólo mostró indiferencia, no decía nada porque nada tenía que decir. Escuchaba a los demás pero no respondía. Intentó escapar, seguir caminando. Su hermano quiso llevarle a su casa y él subió al coche pero sólo tuvo fuerzas para sacar del bolsillo la foto de un trozo de desierto. Y la primera vez que habló fue para ponerle un nombre a ese lugar.

Y cuando se hizo de noche se detuvieron en el bar de un motel y sentados, frente a frente, su hermano volvió a hablar. Y él escuchaba, con la mirada fija, sin apartar la vista de quien le decía tanto de lo que había querido olvidar. Y al oír el nombre de su hijo lloró, pero sólo con una lágrima.

Porque durante cuatro años nadie supo de él, ni él de nadie. Y cuando llegaron a casa de su hermano vio a su hijo pero casi no se atrevió ni a mirarle. Cuatro años que eran la mitad de su vida. Sus padres habían desaparecido, eso le dijeron. Que lo habían traído en coche hasta esa puerta, era todo lo que el niño sabía. Y su hijo le miró con indiferencia, como se mira a un desconocido.

Y vieron imágenes grabadas de unas vacaciones, de cuando estaban todos juntos, riendo, bromeando, y entonces recordó que habían sido muy felices. Su hijo le observaba y le sonreía y él se esforzaba por corresponderle aunque en el fondo sólo sentía tristeza. Y entonces la vio...a ella. Y sus ojos se cerraron en un gesto de dolor y tuvo que retirar la vista de aquella imagen y agachó la cabeza. Y sus piernas temblaron pero él no se dio cuenta.





Y por la mañana limpió todos los zapatos y desde lo alto de la colina vio aviones que despegaban y otros que sobrevolaban la ciudad y muchos nudos de carreteras, nudos como los que él sentía en el estómago. Y entonces quiso volver a ser un padre para su hijo pero no sabía cómo.

Y pensó en ir a esperarle al colegio y el niño huía de él pero sólo al principio. Y esperó, pacientemente, a que desapareciera la desconfianza que ambos sentían porque los dos estaban heridos y porque los dos sentían miedo. Y sin prisas, pasearon. Caminando empezaron a conocerse y comprobaron que aún se querían.

Y él supo entonces que tenía que hacer algo más, que tenía que encontrar a la madre de su hijo pero no sabía dónde estaba. Sólo sabía que iría a buscarla y el niño quiso ir con él. Y, mientras iban en el coche, su hijo le contó la creación del universo y a él pareció tan hermoso que, por un momento, soñó.


Ella llevaba un jersey rojo tras el espejo y él sólo era uno más. Uno de muchos, de todos los que pasaban por allí. Pero él no quería lo mismo que los demás y a ella eso le extrañó pero estaba acostumbrada a disimular y fue lo que hizo. A él le costaba hablar y a ella no le importó porque sólo tenía que escucharle y porque eso era todo lo que él quería. Él comenzó a hacerle preguntas y ella contestaba con dulzura y él, volvió a hacerle más preguntas y ella, volvió a contestar con más dulzura y, entonces, él empezó a cambiar el tono de su voz que se hizo más grave, más exigente, más posesivo, más duro, más violento y más y más feroz. Y él entonces, sólo entonces, comprendió.



Le dejó una grabación a su hijo para decirle que le traería a su madre pero que él no podía quedarse porque, aunque quizá eso era muy difícil de entender para un niño de ocho años, había heridas que nunca llegarían a cicatrizar: las que había hecho a quien más amaba. Pero eso no se lo dijo. 



Ella llevaba puesto un vestido negro pero él, esta vez, no quiso mirarla. Y se dio la vuelta. Le dijo que quería contarle una historia, sólo quería contarle algo...sobre alguien, alguien que conocía. Ella escuchaba con atención, sin sospechar que era el mismo hombre del día anterior, el que dejó descolgado el teléfono de la cabina. Él empezó a hablar, a contar un relato que a ella le pareció uno más, de los muchos que había tenido que oír, situaciones tan comunes que hasta le resultaban familiares. Algunas, incluso, le hacían sonreír. Hasta que de pronto un detalle la llenó de inquietud; todo empezaba a ser demasiado conocido. 
Y ella empezó a mirar al espejo de otro modo, a escuchar con más atención, a querer saber más, a reconocerse en esa historia. Al principio fue sólo una sospecha y a medida que él hablaba y hablaba, ella más sospechaba, hasta que una lágrima le resbaló por la mejilla y entonces tuvo la certeza de que el hombre que le hablaba era él y ya no pudo más que llorar, de la misma forma que él no podía más que hablar, hablar de todo lo que había ocurrido entre ellos. De cómo él empezó a tener una idea sobre ella y cómo esa idea se hizo más y más grande en su cabeza. Y ya sólo pensaba en su idea y esos pensamientos le llenaron de dudas y esas dudas le llenaron de angustia y esa angustia le llenó de rabia. Y no supo que hacer con la rabia que sentía porque entonces, porque para entonces, ya no sentía nada. Y cuando se dio cuenta de que no sentía nada, supo que había enloquecido y no sintió nada tampoco. Y ya no supo qué sentía en realidad y eso le volvió aún más loco. Tan loco como para desear salir huyendo, corriendo, sin descanso, sin mirar atrás, lejos, hasta llegar a un lugar sin nombre, sin calles, donde ya no quedase rastro humano.



Entonces él se giró tras el espejo y encendió la luz para que ella le viera y fue ella la que empezó a hablar, y mientras hablaba, sin darse cuenta, se dio la vuelta y otra vez no pudieron verse. Después de cuatro años sólo pudieron hablarse tras un cristal y sin mirarse a los ojos. 

Y él la escuchó, igual que ella le había escuchado. Y antes de irse, él dijo que su hijo la esperaba en la habitación de un hotel y que la necesitaba. Y cuando ella y su hijo se encontraron, se abrazaron. Se abrazaron como si nunca antes lo hubieran hecho. Y él, que observaba desde la calle, supo que ya más nada podía hacer.

Y otra vez deseó estar lejos, en un lugar perdido, tan solitario y vacío como su alma. Y en un silencio inmenso pronunciar un nombre y escuchar tan sólo el sonido de su propia voz...


..."Paris, Texas".