Murallas
No es casualidad que una sólida fortaleza espere a los peregrinos a las puertas de Pamplona. No dispongo de más escudo que una mochila cubriéndome la espalda y siento incomodidad entre tanta gente, pero pasear por su bullicioso casco antiguo me distrae de una inesperada inquietud que se convierte en desasosiego a medida que atravieso la ajetreada ciudad moderna. Aturdida por el ruido y obligada a un quita y pon constante de ropa, por los continuos cambios de temperatura de este extraño verano, ya no voy tan despejada como en campo abierto. Mi vista ha sido invadida por volúmenes geométricos que estorban y ponen en guardia mi atención, porque tengo que medir cada paso que doy. Todo se mueve tan rápido alrededor que tengo que parar de vez en cuando para concentrarme en el plano que tengo delante, demasiado abstracto para mi mirada, poco acostumbrada en los últimos días a apuntar a objetos cercanos. Al desviarme para hacer unas compras me he desorientado y eso -poco común en mí- me añade unas buenas dosis de desconcierto. Una amable señora ha reparado en ello y con su atención me veo forzada a aceptar una ayuda que no he pedido. Aún me cuesta admitir que, a veces, yo también me siento perdida.
Me detengo a reponer fuerzas bajo un tilo, sobre el cuidadísimo e impecable césped del campus de la Universidad de Navarra, mientras veo pasar a curas con sotana y libros en la mano. Aprovecho para hacer balance de daños, la simple sospecha de lo que parece la sombra de una incipiente ampolla me obliga a procurar a mis pies un cuidado extra. Al levantarme y antes de cubrirme con el sombrero veo salir disparada una avispa con ganas de guerra. Con la vista del lujoso edificio del rectorado delante de mis ojos, pienso que tanto obstáculo debe tratarse de una prueba para mi erosionada fe que, por hoy, creo que ya ha tenido bastante.
A las tres de la tarde, después de días sin dejarse caer, el sol aprieta con rabia y mi cabeza camina nublada y cuesta arriba porque no sé cuánto queda hasta Cizur Menor. Antes de que mi confianza empiece a cuestionar su temerario atrevimiento y falta de previsión, un viento seco, anárquico y mandón me lleva a empujones hasta el primer albergue que encuentro. Aunque hay otro en la siguiente esquina, no puedo dar un paso más y me quedo aquí. Me gustaría coincidir con Laura, la peregrina francesa que conocí ayer pero no le pregunté a qué albergue se dirigía. Mi obstinada y deliberada voluntad de no depender de nadie ha dejado al descubierto una posición difícil de mantener para unas debilitadas defensas que hoy amenazan derribo.
