miércoles, 25 de noviembre de 2015

Camino de Santiago (V)


Al otro lado

Algunos de los nombres propios que se cruzan durante el Camino están tendidos hacia un profundo significado. Los puentes siempre llevan a alcanzar otro lugar. Una parte de la persona que yo era se quedó a una orilla del río. La que atravesó el puente lo ignoraba. Ha sido labor del tiempo mostrarme dónde y cuándo se desprendieron algunas partes viejas e inservibles. No se trata de nada trascendente ni extraordinario. Son cosas que ocurren a menudo, pero nos pasan desapercibidas entre la rutina diaria.  

Encontrar este río de aguas tranquilas al fondo del barranco es algo que no esperaba. Me veo sorprendida continuamente; no me he preparado las etapas, no sé cuál es la distancia entre poblaciones ni al albergue que tengo que ir. Dejo que me guíe la intuición o me voy detrás de otros peregrinos. A pesar de que ayer mismo estaba saliendo de mi casa, la sensación es de haber transcurrido siglos. En sólo un día de Camino me he familiarizado con unas nuevas maneras y cada vez me siento más cómoda en ellas. En este nuevo territorio me resulta mucho más fácil desenvolverme, porque no hay que aprender códigos de circulación. Sólo hay que seguir unas señales, unas indicaciones mínimas que, con total seguridad, te llevan en la dirección correcta. Y saber, sin margen para la duda, a dónde vas, facilita las cosas enormemente. 

El albergue municipal de Zubiri es muy básico; austero, sencillo, usado, suficiente. Nada que ver con Roncesvalles. Para mis ojos de ayer, aquello era agradable y ésto no. Hoy veo un techo, una cama y un baño, y no reparo en las condiciones pues hace un rato no tenía nada. Sigo sin tener nada, únicamente siento como mía la sensación de un orden sobrecogedor en lo que no se ve. En lo que no puede ser explicado con palabras que no son útiles.  
En el patio delantero hay fiesta hoy. Los peregrinos, con elegantes diseños de Quechua y Salomon, se van situando en las soleadas escaleras del ala sur, donde la comodidad es ofrecida en bandejas de chispeantes sonrisas con un chorrito de satisfacción en la mirada cómplice. La cena será servida en el comedor principal y se ruega a los comensales que tomen asiento para degustar unas confidencias tibias a la crema de dulce atardecer. Los caldos han sido seleccionados para enjugar desamparos en copas de cristalino presente. De postre, ilusión. En el salón de fumadores echan humo las condecoraciones que, en forma de tiritas, son mostradas como señal de valor. Toca la orquesta peregrina para guitarra y armónica. Canciones de siempre. Baila bajo la emoción cuando aplaudimos con nuestro agradecido pero maltrecho entusiasmo. Damas y caballeros: sus habitaciones están listas y deben retirarse, pues en este reino no está permitido hacer esperar a los sueños.

Mi recuerdo más entrañable para Cécilia , francesa de mirada y ojos claros. Roger, belga y de todos los sitios. Miguel, sevillano guasón y su mujer, Cris, de la que recuerdo su emoción al despedirnos. Las dulces Rosa y Marisa, madrileñas, siempre con una cálida sonrisa. Michele, el paparazzi italiano. David, valenciano de palabras transparentes. Quni, el atleta cántabro. Joan, catalán, que me hizo una foto en Puente la Reina. Ana, de Toledo, que también había dejado a su hijo. María José, de Murcia y su camino interruptus. Tom, holandés de vuelta. Fernando, toledano y de Irache. Una chica de Boston de la que no recuerdo el nombre y a la que no vi más. Alex, alemán pegado a una guía del Camino para singles. Brigitte, francesa, que durmió a mi lado. Y muchos más. Pero muy especialmente para Laura, de corazón francés y sangre española, mi compañera de camino, mi alma gemela, mi Luga, mi amiga.



Anteriores:

I. Con lo puesto
II. Roncesvalles
III. La puerta abierta
IV. Y sin llaves