| AVATAR (2009), de James Cameron |
Jake Sully ha soñado que volaba entre las nubes de otro mundo. A pesar de su limitación física, ha sobrevolado cielos mientras dormía. La función que va a desempeñar estaba destinada para su hermano gemelo, un hombre de ciencia entrenado para una misión que requería estar preparado con conocimientos específicos. Pero su hermano ha muerto y él ha sido designado para sustituirle porque comparten una genética común. El cerebro de Jake está vacío de ese tipo de saber. Es un militar. Un hombre de acción. Posee un corazón pletórico de fuerza y carente de miedo, aunque muy herido.
Él no sabe mucho de las razones e intereses que le han depositado en las selvas de Pandora. Sólo quiere lo que le falta para sentirse humano y será en otro cuerpo encarnado donde descubrirá verdadera plenitud tras sus ojos cerrados. Su avatar es un regalo. Su dolor, una oportunidad. El deber, una costumbre. Porque sólo alguien verdaderamente desesperado está dispuesto a cambiar nada por nada. Quedarse sólo, perdido en una desafiante oscuridad no es mucho peor que hallarse acompañado, cuando la plena luz no es menos amenazadora.
Son los espíritus del bosque los que le señalarán para ser indultado por una flecha que sólo hará diana en su corazón. Porque aunque él aún no lo sabe, ya está escrito en su sangre que busca nacer en otro, el mismo que ignoran los Na'vi que andan buscando también. Tendrá que aprender a mantener el equilibrio sobre el abismo que separa el vértigo del sueño del precipicio de la realidad, entre lianas que aparecerán cuando necesite agarrarse. Sólo tiene coraje y voluntad, no necesita más para entender que mejorar es también dejarse ayudar y corregir por los que más saben. Poco a poco irá vaciándose de lo que fue, para llenarse de lo que es.
Descubrirá que la soledad es la pesadilla del que toma sin entregar nada a cambio, del que destruye sin pedir perdón, de aquel que recibe sin expresar su agradecimiento. En el momento decisivo, deberá elegir y ser elegido por lo que intentará destruirle, porque no es posible lanzarse a volar sin antes haber domado el miedo a ser derrotado, el más feroz de entre todos los temores. Enfrentado a la sombra de las últimas dudas, comprenderá que el amor es un haz de luz que a todos alumbra sin tomar parte. Que la verdadera traición es una piedra en el sentimiento. La Responsabilidad, cuidar de las infinitas ramas del árbol de todos. Las órdenes del alma, la única obediencia.
Acogido por una maleza inhóspita sólo en su superficie, arrullado por la raíces del bien común, sumará su voz a todas las voces que merecen ser escuchadas, aquéllas que dicen que se permanece dormido a la auténtica realidad; aunque son los ojos los que miran, se ve con el corazón. Y alguna vez hay que despertar.