sábado, 7 de noviembre de 2015

Camino de Santiago (III)



La puerta abierta

En el albergue de la Real Colegiata de Roncesvalles amanece bruscamente a las seis de la mañana pero yo llevo despierta desde ronquidos antes. No ha sido fácil dormir; juraría que he pasado toda la noche en la misma posición. No he descansado lo suficiente y eso es un motivo más de preocupación. Otro más. Las instalaciones son nuevas, todo está impecable pero he extrañado la cama, el saco y hasta el silencio. Los dormitorios están divididos en pequeñas estancias para cuatro personas, en dos literas. Me ha tocado en una de abajo, junto a dos amigos que viajan con la novia de uno de ellos. De Barcelona, los tres. Me mantengo distante, nos damos los buenos días, nada más.
Poco acostumbrada a manejarme con mis pocas pertenencias me resultan demasiadas; voy y vengo a los mismos bolsillos, tomando y dejando las mismas cosas. La mochila aún es un objeto extraño para mí. Una vez de pie y de camino al baño, me atrevo a mirar por la estrecha ventana del dormitorio. Noche cerrada. Lluvia. Incertidumbre. El manual indica que toca pantalón largo, chubasquero, gorro. Si las cosas van a peor, no dispongo de nada más con que protegerme. Vuelvo a comprobar que mi confianza sigue donde la guardé. Una vez lista, desayuno pero nada más que por aligerar la mochila, la cremallera del estómago está atascada. Tomo un chocolate caliente que se me hiela en las manos. Me miro en el cristal de un microondas aunque no me veo. Estoy preparada pero no encuentro el momento de salir. Hay mucho movimiento a mi alrededor, todo el mundo parece tener muy claro lo que tiene que hacer. Todos menos yo. Como si todavía estuviera a tiempo de echarme atrás, me lo repienso y me lo vuelvo a repensar, mientras pierdo el tiempo repasando mi indumentaria, apretando los cordones de las botas, esperando a que, por piedad, deje de llover 

Cubro la mochila y a la espalda. Hay peregrinos indecisos en la puerta del albergue, observo, mientras la atravieso. Por un instante yo también dudo pero sólo por un instante. Despego detrás de una pareja a la que les gritan: han tomado equivocadamente el camino en dirección contraria, hacia Francia. Atrás queda lo que creo seguro. Todo el silencio se ha colado entre mis cosas. Ya estamos solos, el Universo y yo.


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