miércoles, 11 de noviembre de 2015

El río

EL RÍO (1951), de Jean Renoir

                                                                 "Ésta             es la
                                             historia         de mi  pri
                                           mer amor.      En  ella  
se 
                                           cuenta  lo que es crecer 
                                            orillas de un río salvaje,
                                               aunque   el   primer 
                                                  amor   debe   ser 
                                                     igual en todas 
                                                          partes".


Así, con la voz en off de Harriet, empieza "El río", algo más que una película, un poema en imágenes, un lienzo en movimiento, una deliciosa joya de belleza sutil y una obsesión personal.

Construida al ritmo lento, majestuoso e imparable del río Ganges, narra el crecimiento de tres adolescentes que descubren y sufren su primer amor. Viven a orillas del río, "que todo lo trae y todo se lleva". Y un día, aparece un joven oficial que busca en la India una forma de olvidar heridas que vemos y otras que no vemos. Sumergido en su propio mundo interior, no se sensibiliza con la ternura de sus jóvenes admiradoras. Encerrado en sí mismo, no advierte que con su aparición la vida se transforma, pero la existencia sigue fluyendo, como la de ese río que permanece al margen de las pasiones, melancólico y silencioso.

La historia impregna de sencillez la complejidad de la existencia, mediante una simplicidad formal que contrasta con la universalidad de lo que narra. En unas imágenes que poseen música, sonidos, palabras, silencios y miradas. Todos se miran continuamente y son mirados. Con un color extremadamente cuidado hasta el último detalle, en un paisaje en el que los tonos son puros y, al mismo tiempo, están llenos de sugerencias, que traspasan como un velo los azules del río, los verdes del césped y los rojos del cabello de sus protagonistas. Presentando unos instantes concretos de esas vidas, ni los más trascendentes ni los menores, unos momentos en los que se cambia, se muere, para volver a nacer, siendo los mismos, pero distintos. Porque el amor es una nueva experiencia para ellas y no saben muy bien cómo hacerle frente. Melanie, de padre inglés y madre hindú, desconcertada, perdida entre dos partes de sí misma, Valerie, decidida y obstinada, y Harriet, apasionada, soñadora, que escribe como refugio a su amor desesperado. Las tres tratan de llamar la atención del Capitán John, cada una a su manera y simbolizan, sin duda alguna, el conjunto de emociones con que ha de luchar toda mujer que está enamorada.

El Capitán, atormentado, decide que el río le lleve con sus dudas a otra parte y con su marcha pone fin a los sueños de unas niñas que han dejado de serlo, dejando tras de sí un rastro de realidad. Valerie llora.


 -¿Lloras por qué me voy" -pregunta él-.
- No, no lloro porque te vas. Lloro porque se va todo.

Ha descubierto que ese primer amor dejará una melancolía que no será sino el principio de otra mayor que durará ya toda la vida, porque, como dice Harriet, "el crecimiento duele". Y que sin amor, la vida era menos dolorosa, pero más vacía. Y el río que lo trajo se lo llevará, una corriente que no es sino el símbolo del paso del tiempo, donde el amor, el feliz y el desdichado, y la muerte, todas las muertes, son arrastrados, vida abajo.

De "El Río" se ha dicho mucho pero no todo. Como de toda gran obra maestra, ya sea de cine, de literatura o de cualquier arte, nunca se puede decir suficiente, porque pertenece a todos aquellos que intentamos acercarnos a su grandeza y comprenderla, como sólo con el corazón se alcanza a comprender. Sin complicarse con preguntas, alivia, de forma sencilla, el desasosiego de vivir, con una respuesta que calma.

Porque ese río exterior está trazado en paralelo a otro interior; el de la vida que nos recorre que, como agua en nuestras manos, bebemos, pero no podemos retener. Que se desliza entre un presente huidizo, resbaladizo y que, como agua, nos deja el sabor fugaz de un instante que se hace recuerdo.

Hay películas que entran por los ojos, por los oídos o por las lágrimas. Yo no sé mucho de cine. Sólo soy una apasionada de "mis películas", de aquéllas que me entran por las tripas, que una vez tras otra puedo saborear, masticar y digerir, aquéllas que me permiten ver lo que quiero ver, oír lo que deseo oír y llorar lo que necesito llorar.


"El río" me entró por el alma.