Nunca caminarás solo
Tengo el sueño adaptado a la costumbre de levantarme pronto pero esta mañana he querido quedarme en la cama un rato más. Hoy es mi último día en el Camino y una parte de mí no quiere despertar. Pronto me doy cuenta de que voy a ser arrollada por un vendaval de sentimientos encontrados. Me encantaría poder seguir pero también tengo ganas de volver a casa y ver a mi familia, compartir lo vivido. Preparo la mochila como todos los días, con la misma ilusión, con las mismas ganas de pisar tierra y hierba, piedras y monte. Pero hoy no es un día como los demás, hoy todo va a estar teñido de un color diferente, el de las cosas que se acaban, de lo que sabemos irrepetible, aquello que no se podrá olvidar. Hoy es un día precioso pero difícil. Porque difícil es manejar penas y alegrías a la vez cuando ambas crecen con la misma fuerza pero en direcciones opuestas.
Nada más poner un pie en el suelo, las emociones que este viaje me ha ido sembrando han empezado a florecer y siento que hoy tengo dos caminos por recorrer. El de fuera es sencillo, sólo hay que mover un pie después del otro. El de dentro me va a costar algo más. Callada y pensativa, observo a los peregrinos sentada en la terraza del albergue, las conversaciones triviales de cada mañana hoy no son tan triviales. Cada vez que miro a Laura se me hace un nudo en la garganta.
Salimos de Torres del Río al amanecer. Michele nos acompaña y nos filma mientras dejamos atrás las últimas casas. Mejor no pensar, me repito. No pienses porque pararse a pensar es dejar de vivir y aún queda mucho. Porque un día es mucho en este asombroso Camino donde todo encaja; donde, del mismo modo que a la noche sigue el día, al esfuerzo sigue la recompensa y al dar el tomar. Donde, lo que parece acabarse en el fin, es sólo el principio de un nuevo comenzar.
Camino junto a mis compañeros Roger, Cécilia y Laura y percibo, en pequeños detalles, que hoy me prestan una atención especial. Están más pendientes de mí, me esperan si me paro, me siento cuidada. A veces me asalta un pensamiento y los ojos se me llenan de lágrimas. Quiero y no quiero llorar pero es algo que no está bajo mi control. Intento, inútilmente, que no me vean. Ellos lo ven todo y, aunque no me gusta, tengo que aceptar que estén tristes por mi tristeza. Roger canta como en otras ocasiones, pero nosotras no le seguimos. Laura va muy concentrada en sus pasos, pensativa, muda. Sé lo que le pasa y me duele verla así y al suyo sumo mi propio dolor. Hoy nos pesa la mochila, hoy la mochila pesa como nunca, el pensamiento pesa, pesa como nunca. Una de las veces que se pone a mi lado le pregunto si quiere contarme algo para practicar un poco más de castellano. No resulto convincente con la excusa, mis palabras son poco creíbles porque en su expresión veo un "Gracias pero no cuela, Cati, ¿No ves que si hablamos me voy a poner a llorar?". Eso es lo que escucha mi corazón aunque de sus labios sólo brota una simple y no forzada negativa. Yo no me rindo y le enseño mis piedras recogidas del Perdón. Parece salir de su ensimismamiento y, encantada con la idea, toma dos piedras del suelo y se las guarda en el bolsillo para volver e meterse dentro de sí misma, sin compartir conmigo sus pensamientos. Lleva buen ritmo. Me gustaría ir más lenta porque yo no quiero llegar pero sacrifico mi interés por estar a su lado un poco más. A cada paso quisiera hundir mis pies en la tierra para alejar el destino, alargar, estirar, prolongar lo que no quiero que llegue. Quiero quedarme siempre en el Camino, siempre peregrina, siempre aquí.
Llegamos a Logroño concientes de estar dando nuestros últimos pasos juntas y ya en el albergue disfrutamos de nuestro último rato de charla. El escenario, un estrecho balcón y la escena, una declaración entre amigas del alma. De su silencio durante la etapa surgen las palabras más hermosas que le haya podido escuchar y, del mío, la torpe traducción a letras de todo el afecto y el cariño que puedo, emocionada, recopilar. Me abre la mano y coloca las dos piedras que recogió hace un rato. Una para separarnos -me dice-. Otra para unirnos. Nos miramos. Nos abrazamos. Nos besamos. Reímos. Lloramos. No nos separamos en toda la tarde, vamos a dar una vuelta por Logroño y volvemos a decirnos una y otra vez las mismas cosas, a recordar las mismas anécdotas, a mirarnos de la misma forma. Cuando llega la hora de decirnos adiós, Laura y yo nos fundimos en un abrazo interminable en el rellano de la escalera bajo la atónita y dulce mirada de Cécilia.
Ella fue testigo de lo que ocurrió y podrá contarlo mejor. Mi querida amiga y yo íbamos a separarnos quizás para siempre y no puedo decir más, porque las lágrimas inundan mi voz cada vez que recuerdo su mirada en el instante mismo en que empecé a descender cada uno de aquellos peldaños.
CONTINUARÁ...

1 comentario:
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